Un mundo no muy agradable

“Estaba naciendo un nuevo mundo. Sin duda un mundo que no era muy agradable y parece que nadie quería enfrentarse a eso, pareciera algo invisible, en el sentido de que era algo que la gente filtraba, que fingía no ver”

[Este artículo es una reseña del trabajo fotográfico de Lewis Baltz contado por el mismo autor. En el comienzo del vídeo documental de la serie Contacts en el que me baso para este análisis, Baltz hace hincapié en esa desconfianza hacia la imagen y su objetividad. En los siguientes la desconfianza hacia el mundo tecnológico y sus tres patas principales (urbanismo, vigilancia y medicina) se convierte en un discurso claro y potente. Aprovecho para comparar sus reflexiones con las mías en este mundo de pandemia en el que vivimos. Los fotogramas son fragmentos de ese vídeo.]

En la exposición retrospectiva de 2017 en la Fundación Mapfre de Madrid se habla de Lewis Baltz como un autor centrado en el paisaje marcado por la huella humana. Vinculado a la Nueva Topografía, solemos estudiar la obra de este autor tomando como referencia sólo su primera época, en la que, como el mismo Baltz explica en este capítulo de Contacts, se limitaba a anotar visualmente para dejar constancia de algo de la manera más simple y directa. Se define así Baltz al principio de este vídeo como un mero observador que no se siente fotógrafo. Pero un mero observador que piensa. Que es crítico con la sociedad que le rodea. Y que tiene claro, una vez más, que la fotografía no es, de ninguna manera, objetiva.

Sus palabras: “todos los paisajes humanos tienen un significado cultural, y por muy ordinarios que resulten esos paisajes, son una autobiografía inconsciente que refleja nuestros gustos, nuestros valores, nuestras aspiraciones e incluso nuestros temores de forma tangible”, de hecho, parecen calcadas del geógrafo y urbanista David Harvey: “Cada forma de actividad social define su propio espacio. La forma que toma el espacio en la ciudad es un símbolo de nuestra cultura, del orden social existente, de nuestras aspiraciones, necesidades y temores.”

En los años 60 y 70 el arte era un revulsivo de la conciencia social. El conceptualismo partía de ideas y críticas contra la sociedad tecnologizada, aburguesada y falta de democracia en la que hoy nos hemos convertido. El supuesto progresismo, el supuesto desarrollo, nos ha vaciado de contenido el arte, el alma y la memoria. Como ya dijera el holandés Constant Nieywenhuys, en la primera etapa de la Internacional Situacionista: “La cultura, en su individualismo, ha reemplazado la creación por la “producción artística”. La sección inglesa de este mismo movimiento, nos alertaba poco antes de mayo del 68: “Los artistas han sufrido una pérdida de coraje colectivo”.

Mientras la Fundación Mapfre nos presenta el trabajo de Baltz descafeinado y descontextualizado: “Las singulares imágenes de Baltz resultan sorprendentemente frías y carentes de emotividad, por lo que su apariencia es técnica, fina y casi inmaterial”, Urs Stahel, comisario de esta exposición, resume la obra del autor de la siguiente manera: “En la fotografía de Lewis Baltz hay una idea activista de la realidad donde el sueño americano se convierte en pesadilla”

Por todo esto creo que hay que pararse a pensar profundamente en la necesidad de trabajos fotográficos como los de Lewis Baltz en un momento, el actual, en el que la Globalización ha convertido ya nuestra sociedad en el gran sueño distópico americano. Y que hay que aprender a leer, pensar y construir sociedad a través de la fotografía.

No es este un momento para mirar hacia otro lado y alienarnos alineándonos en la categoría recreativa de la fotografía. Es momento de despertar la cualidad de observador del fotógrafo con los ojos bien abiertos por si acaso Susan Sontag no tuviera razón cuando decía que la fotografía no es capaz de cambiar el mundo porque no lleva a la acción. Es momento de soñar que nuestros proyectos fotográficos, igual que los que describe Lewis Baltz en este vídeo, pueden servir realmente de revulsivo social y como herramienta para despertar a las consciencias adormecidas por esta pesadilla que estamos viviendo. Me gustaría pensar que no soy la única a la esta obra ha dejado huella.

 1. Crítica del encierro industrial y elogio de las afueras

Esta muestra, dice la reseña de la Fundación Mapfre, “supuso la presentación de una nueva generación de fotógrafos que por primera vez deja de mirar a la naturaleza intacta, a los parques nacionales, volviendo la mirada hacia las ciudades, al paisaje usado, gastado, transformado, capitalizado, a los suburbios que crecían con rapidez y proliferaban en las ciudades estadounidenses.”

Esa manera de mirar, sobre todo tras releer este documental una o dos veces, me ha recordado a la forma en la que abordan los compañeros del Grupo Surrealista de Madrid su “Crisis de la exterioridad. Crítica del encierro industrial y elogio de las afueras”. Al igual que ellos, Baltz es crítico con el urbanismo industrial que despoja de su aura a la obra de arte que es el paisaje, que es nuestra vida en el territorio. Al igual que ellos, también Baltz se interesa por las “cosas marginalizadas”, que califica de “obscenas”, precisamente por estar “mantenidas fuera de la escena”.

Bruno Jacobs habla en el libro citado de la presencia “metafísica” de algunos lugares, por su quietud, silencio, incluso cierta desolación: “La fotografía salva del tiempo esos elementos, al inmortalizarlos.” En “Las mercancías mueren, las cosas despiertan” habla Noé Ortega con sus fotografías de “objetos suicidas» de objetos que duermen hechizados por la Economía: “Sólo el deseo y la imaginación pueden convocarles.”

Estos surrealistas van más allá, queriendo buscar otras vidas posibles y liberar a estos objetos (y de paso a nosotros mismos) de esta manipulación capitalista que vivimos. Pero ya el simple hecho de que el objetivo de una cámara como la de Baltz se pose sobre lo marginal para actualizarlo supone ya mucho para esas cosas de las que no se habla nunca: “porque son muy corrientes y cotidianas, muy banales, y de cierta manera también repugnantes”.

Visibilizar lo marginal, lo que nos repugna porque no es aséptico, minimalista, de diseño, ordenado, normativizado, higienizado, en nuestros proyectos fotográficos, entiendo, es dar categoría de existencia a algo que, si no sale en la foto, está muerto, borrado de nuestras consciencias. Y eso incluye a las personas.

En este primer trabajo analizado, referente a la primera etapa de la que hablábamos, muy influenciado por la Nueva Topografía, Baltz reflexiona sobre lo que observa:

“Estaba naciendo un nuevo mundo. Sin duda un mundo que no era muy agradable y parece que nadie quería enfrentarse a eso, pareciera algo invisible, en el sentido de que era algo que la gente filtraba, que fingía no ver”

Si extrapolo las reflexiones de este artista fotógrafo al momento actual de alarma que vivimos, no puedo sino quedarme atrapada en esas palabras. Observar cómo desaparece el mundo, la sociedad, tal y como la conocíamos. Observar cómo aparece poco a poco una nueva sociedad que no nos parece muy agradable. Y pasar, sin embargo, sobre esa idea con la resignación con la que estamos pasando me parece mayor enfermedad que esa a la que tememos.

Sobre el efecto de ese modo de vida que se vislumbraba en los 60 con las primeras construcciones industriales de lo que hoy son las megalópolis que sufrimos, se preguntaba Baltz: 

“¿Qué tipo de gente iba a salir de ahí?, ¿qué tipo de nuevo mundo estaba naciendo ahí?, ¿sería un mundo en el que la gente podría realmente vivir?”

En un artículo que escribí para una conferencia sobre Fotografía y Ciudad, “Fotografía y ciudad: el documentalismo al servicio de las comunidades y el problema del elitismo en el diseño”, mostraba mi inquietud ante la extinción de modos de vida barriales tras la desaparición de estos territorios a causa de los procesos de gentrificación y aburguesamiento de las capitales céntricas y turistizadas.

Baltz capta esas escenas en las ciudades europeas, no por casualidad: “en ciudades que no son cualquier tipo de ciudades”. Las que se han ido despojando de su autenticidad y personalidad, las que se han ido homogeneizando en torno al gris del cemento y de la tristeza.

Si a esto sumamos el impacto de esta pandemia de miedo que nos han inoculado en la homogeneización de costumbres que nos alejan y nos convierten en seres aún más individualizados y separados, al mirar al paisaje urbano desde detrás de nuestras cámaras de fotos, nos distinguiremos cada vez menos de esos videojuegos a los que se enganchan nuestros adolescentes. Hasta que llegue el momento en el que se confunda la realidad real con la virtual, si es que eso no ha sucedido ya.

2. Ensayos contra la sociedad tecnológica

A partir de 1989 Baltz introduce la fotografía en color en su obra, y trabaja sobre una nueva forma de materialización del poder: aquella que ejercen los medios y la tecnología sobre nuestra vida.Aunque no ha sido una decisión tomada a priori, he fragmentado este artículo con epígrafes que reproducen títulos de libros de ensayo escritos por compañeros que reflexionan sobre esta sociedad que habitamos. Con los hastags #sinoquieressercomoelloslee #losfotografostambienleemos hace tiempo que difundo en redes sociales los textos que distribuimos desde Ediciones Fantasma con la intención de dar herramientas de pensamiento crítico a los fotógrafos para el desarrollo de proyectos de calado social. Herramientas como lecturas y contenidos teóricos que, conforme vamos analizando estos proyectos, se evidencia que los fotógrafos más destacados ya tienen en sus manos y que les sirven para fundamentar sus reflexiones como creadores de proyectos artísticos de autor.

En “Los límites de la conciencia. Ensayos sobre la sociedad tecnológica”, el sociólogo Juanma Agulles aborda la “crítica de aquello que nos destruye” de una manera similar a como lo hace Baltz en estos proyectos presentados en el documental. “Revestidas de una capa de alta tecnología -explica Agulles- nuestras sociedades contemporáneas siguen inmersas en el proceso de industrialización acelerada que se inició hace dos siglos. Los problemas de la desposesión social creciente, la organización burocrática, el expolio de la naturaleza, la violencia y la represión, no sólo no se han resuelto, sino que se han agudizado hasta el punto de poner en duda la supervivencia de gran parte del mundo que conocemos”. “Es necesario -concluye- reconocer primero los límites de la conciencia para intentar establecer los límites al desarrollo de unas sociedades tecnológicas que caminan, sonámbulas, hacia el desastre.”

Vamos a ir desgranando estos límites de nuestra consciencia sobre la manipulación de la imagen y la capacidad de manipulación de la tecnología, aspecto sobre el que ya he reflexionado en mi blog , con Andreas Gursky y su inclinación a las herramientas tecnológicas que eliminan personas (de la imagen) para embellecimiento del paisaje espectacular.

Alguna opinión, alguna noticia, hemos visto de soslayo en estos dos meses de pandemia. Desde distintos puntos de vista, hemos, al menos, pensado alguna vez en la necesidad de hacerlo. De sentarnos a pensar en esos límites de nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestra naturaleza. Y de nuestras propias consciencias para no continuar al servicio de las estructuras sociales que nos llevan a la extinción de manera inexorable. ¿Seguiremos mirando para otro lado mientras disfrutamos de nuestro modelo de cámara de última generación o pondremos, esta vez, las máquinas al servicio del verdadero bien común?

Esas máquinas “no se parecen a nada, son poco excitantes visualmente”, “pero son ellas las que dominan realmente el mundo”

Ronda de noche” podría ser uno de los pioneros en el uso de imágenes de cámaras de vigilancia en un proyecto fotográfico para evidenciar el control al que estamos sometidos.

Desde la inteligencia artificial a las Smart Cities, pasando por el teletrabajo y toda la burocracia informatizada que nos gobierna, hasta llegar a los Smart Contracts (documentos legales inteligentes capaces de identificar y aplicar cláusulas a través de etiquetas de metadatos), o el control que Facebook o Youtube ya tienen de los contenidos que publicamos en redes, actualmente directamente censurados cuando no se cumplen una serie de cláusulas informatizadas, y sin opción a debatir ni argumentar, ni derecho a pleito incluso a pesar de reconocer su error. 

“Me volví más consciente de su utilización para la manipulación social”, explica Lewis Baltz al hablarnos de este trabajo que reflexiona sobre la “vigilancia ininterrumpida de la población”.

Pretende poner de relieve de modo metafórico el papel de vigilante y vigilado, mediante la disposición de grandes paneles de 2 metros con diferentes resoluciones que obligan al espectador a separarse y acercarse, adelantar y retroceder, para contemplar la obra, evidenciando que el espectador se deja manipular por la obra, igual que se deja manipular por la máquina, dejando su inteligencia y criterio superior al servicio de las cosas.

En momentos como éste que vivimos, en el que el miedo anula cualquier atisbo de sentido común y superioridad moral, el ser humano se repliega para dar su poder a las cosas: artefactos informáticos que identifican supuestos bulos en base a premisas insertadas a través de logaritmos, para no ejercitar el músculo del criterio propio que es el más sano de ejercitar; artefactos legales contractuales reducidos a normativa obtusa no consensuada ni reflexionada por la comunidad de ciudadanos que se rinden a sus premisas practicando el delegacionismo para no ejercitar el músculo del riesgo de las decisiones propias; artefactos cotidianos como guantes, mascarillas, pantallas, burbujas o respiradores, elementos que funcionan como fetiches al depositar en ellos la fe y esperanza de la propia integridad física e incluso moral. Que nos salvaguardan en su parapeto como los escudos de los Cruzados ante la sensación de vulnerabilidad que causa el habernos desconectado de nuestro instinto individual y gregario, hace ya tanto tiempo. Qué decir de la ansiada vacuna a la que nos rendiremos pidiendo incluso mano dura contra quienes no comulguen con la religión del cientificismo y pretendan llevar sus vidas por otro camino.

“Nada es seguro- explica Baltz-. Al final ya no se sabe quién es la víctima y quién es el verdugo. Quién es el vigilado y quién el vigilante”, en una reflexión necesaria sobre el poder y quién lo detenta, como ya lo hiciera el mismo Flusser (“Hacia una filosofía de la fotografía”) al presentarnos al fotógrafo como un funcionario-máquina que dispone un programa pre-concebido y limitado de acciones que desarrollar al servicio de la misma.   

De ahí hay poco que andar para llegar a seres humanos-máquina como los que describen Hannah Arendt en su texto “Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal” o Günter Anders en “El piloto de Hiroshima. Más allá de los límites de la conciencia”. Cumplir órdenes, hoy más que nunca, deja a expensas de la simplicidad de las máquinas (o de la mente-máquina) la capacidad de discernimiento e interpretación tan necesaria en un mundo que pueda llamarse humano. 

3. La expropiación de la salud

La medicina institucionalizada ha llegado a ser una grave amenaza para la salud. El impacto del control profesional sobre la medicina, que inhabilita a la gente, ha alcanzado las proporciones de una epidemia.

La discusión de la enfermedad del progreso médico ha cobrado importancia en las conferencias médicas, los investigadores se concentran en los poderes enfermantes de la diagnosis y la terapia, y los informes sobre el paradójico daño causado por curas contra enfermedad ocupan cada vez mayor espacio en los prontuarios médicos.

Los límites a la asistencia profesional a la salud son un tema político que crece con rapidez. A qué intereses servirán dichos límites dependerá en gran parte de quién tome la iniciativa de formular que son necesarios: gente organizada para una acción política que desafíe el poder profesional cimentado en el status quo, o las profesiones de la salud decididas a expandir más aún su monopolio.

Con estas contundentes palabras se expresa el humanista Ivan Illich, en un libro, “Némesis médica. La expropiación de la salud”, surgido en el ámbito de los seminarios sobre “La necesidad de un techo común; el control social de la tecnología” que se llevó a cabo en el Centro Intercultural de Documentación de Cuernavaca, México, de 1970 a 1976. Describe Illich en esos seminarios “el impacto del sistema industrial sobre el medio ambiente, sobre las relaciones sociales y el carácter social sucesivamente, en el espejo de las grandes instituciones que este sistema excretó: la escuela, la empresa internacional, el transporte, la medicina.”, dando lugar a cuatro libros imprescindibles para pensar con profundidad la sociedad actual.

Que la medicina actual «expropia el poder del individuo para curarse a sí mismo y para modelar su ambiente», negando las capacidades y recursos que históricamente los pueblos del mundo han tenido para tratar la enfermedad de sus individuos es una premisa que al parecer comparte Lewis Baltz al abordar en “Cuerpos dóciles” su investigación fotográfica sobre la tecnología médica.

Si bien Ivan Illich presenta el concepto de Iatrogenia “como el “error fundamental” de la profesión médica” ya en los años 70, este no ha dejado de investigarse y actualizarse, aunque los ciudadanos de a pie no tengamos fácil acceso a esa información, por ejemplo a través del Cuaderno 42 “Iatrogenia y medicina defensiva” del Congreso de Bioética convocado por la Fundación Víctor Grifols i Lucas cuyas actas se publicaron en 2017 con el aval de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria. Un documento que recomiendo leer en estos momentos de desinformación en los que los gabinetes de comunicación y las agencias de noticias de supuesto “periodismo de investigación sobre bulos” nos quieren hacer creer que la medicina es infalible y los periodistas honestos. Para darse cuenta de que los profesionales que sostienen diferentes teorías sobre la deriva de esta crisis sanitaria no son curanderos enajenados como los presentan de manera denostada nuestros políticos y nuestros medios.

Baltz se basa, no obstante, en la “Historia de la medicalización”, una de las conferencias dictadas por Michel Foucault en el curso de medicina social que tuvo lugar en 1974 en el Centro Biomédico de la Universidad Estatal de Río de Janeiro, Brasil. Habla Foucault de la Biohistoria como efecto, “a nivel biológico, de la intervención médica; la huella que puede dejar en la historia de la especie humana la fuerte intervención médica que comenzó en el siglo XVIII”.

Según Foucault, hay que buscar el origen de la medicina social (y del control social del cuerpo) en la sucesión y confluencia de tres fenómenos, que se dan alrededor del origen del capitalismo: el desarrollo del estado, de la urbanización y finalmente, la necesidad de controlar a las nuevas masas de pobres y obreros urbanos (a la vez que se aseguraba una fuerza laboral sana):

El control de la sociedad sobre los individuos no se opera simplemente por la conciencia o por la ideología sino que se ejerce en el cuerpo, con el cuerpo”.

«Es algo que suscita ciertas preguntas muy interesantes» 

Baltz se centra con su proyecto fotográfico en la relación entre el paciente “y el que dispensa la salud”, en la “condición de dependencia de vulnerabilidad total, de la docilidad total del paciente ante el poder absoluto de la ciencia y de la tecnología médica”.

“Todo esto es benigno porque se salvan vidas y se cura a la gente” -reflexiona Baltz- “pero al mismo tiempo y hasta que no encontremos un medio directo de leer en el cerebro humano, es uno de los procedimientos más intrusivos que puedan imaginarse”.

Está al servicio de un bien, pero ¿podemos imaginar que esté al servicio de un fin menos benigno?

4. Conclusiones

Baltz cierra este capítulo hablándonos de la manera de afrontar un documento a través de la fotografía. Cómo contar la historia “Les Morts de Newport Beach” con un núcleo narrativo multidisciplinar, como un objeto artístico, como un reportaje periodístico, como un libro: “Y es muy interesante ver las diferentes maneras en las que puede tratarse la narración”.

Lewis Baltz es consciente del riesgo del artista, como el del escritor, al regalar su obra al mundo: “No creo que haya una sola manera de leer mi trabajo. Es el encuentro con el espectador lo que crea la obra”. Yo también soy consciente de ese riesgo al exponerme a vuestra interpretación de mis palabras, de mi lectura.

Lewis Baltz cita las palabras de Jean Nouvell: “No se da una misma respuesta a preguntas diferentes”. Yo también soy consiente de que esto que expongo no va a responder a todas las preguntas.

Pero una cosa es que un texto narrativo o una obra artística pueda ser interpretada o dar más o menos respuestas y otra muy distinta es la manipulación mediática y la desinformación. Hay que ser conscientes de la estructura narrativa de las noticias fabricadas, y no estoy hablando de fakes ni de bulos, sino de las que nos inoculan los medios oficiales, a sabiendas.

En 2013 di una conferencia por el día de la Libertad de Expresión con la Asociación de la Prensa de Almería (FAPE-APAL), “Apuntalar el conocimiento, el verdadero reto del periodismo digital” en la que hablaba de la responsabilidad del periodista en la web 2.0. En ella reflexionaba acerca de la pretendida democratización de saberes a través de la información en internet en los años 80 que auguraban algunos autores y profesores míos, tras el concepto de lecto-autor, pretendiéndose una libertad de expresión que hoy día no podríamos ni soñar.

No son herramientas coercitivas ni coactivas las que no nos permiten hoy en día el acceso a la información. Es la cortina de humo de la desinformación, del “y tú más” y del “lo que tú dices es mentira”. Es el propio sistema binario propagandístico en el que se ha convertido la misma en mano de los intereses de los poderosos.

En esa misma conferencia animaba a compañeros periodistas a ayudar a las colectividades a producir sus propias noticias para que éstas no cayeran bajo el sesgo de la información predominante. “Personalmente -decía en la conferencia- pienso que el verdadero reto de cualquier profesión al servicio de la sociedad es promover el criterio propio y la autenticidad”.

Cuando estudié y ejercí el periodismo me enseñaron a dar a conocer al ciudadano la información (que no la verdad) mostrando los diferentes puntos de vista de la noticia para que fuera él, en ejercicio de su raciocinio y libertad, quien construyera su propio criterio y realidad.

En estos momentos de dogma cientificista e histeria contra todo aquel que pretenda poner en duda el paradigma en el que se sustenta esta realidad que hemos tenido que asumir, yo sólo quiero invitar a pensar, a través de la fotografía, con Lewis Baltz como base, con sus lecturas de fondo y con las mías como apoyo, estos argumentos. Argumentos reales que se dan en la vida real y en una sociedad real.

Soy periodista, y, de la misma manera que cualquier periodista de “maldita.es” sólo que sin financiación pública ni privada que moldee mi intención a su favor, puedo comprobar la veracidad de las informaciones que leo, analizo y difundo. Es muy sencillo calificar como fakes o bulos toda la información disidente y reacia a creer la verdad única que nos vende el storytelling de los telediarios. Es muy sencillo crear corrientes mayoritarias de opinión. Pero la realidad es que hay científicos y pensadores que llevan décadas avisándonos de este mundo tan poco agradable que se nos venía encima y que son silenciados o ninguneados.

“La verdad, si es que la hay, es inaccesible y no puede conocerse”

Leo con bastante tristeza los artículos beligerantes de compañeros en diatribas de colores políticos en defensa de posiciones totalmente binarias. Asisto con gran tristeza al linchamiento en redes de quienes osamos contradecir el dogma oficial (incluso por parte de aquellos autoproclamados “antisistemas” y “revolucionarios”).

En esta sociedad, como en una sociedad libre, pienso que la gran responsabilidad de cualquier comunicador es reconocer que la objetividad no existe y explicar muy bien de dónde parte su subjetividad.

La gran responsabilidad de cualquier ser humano al servicio de una profesión es reconocer que no somos dioses ni héroes, que lo intentamos con todas nuestras fuerzas, que nos equivocamos, que no todo se reduce a una verdad absoluta y que hay que poner en común todos los saberes para dar respuesta a todas las preguntas y construir un mundo más agradable en el que quepamos todos.

La realidad, la verdad y sus submundos

Lo incierto permite la posibilidad de todas y cada una de las cosas. Y ahí radica el secreto. Hay que creer en la posibilidad de todas y cada una de las cosas (Duane Michals)

Llevo años acercándome al trabajo asambleario y cooperativo, creando o participando en iniciativas de reflexión y acción libertaria. En ocasiones me pregunto qué ocurriría si mañana, por fin, apareciera la Libertad. Nuestra manera personal de relacionarnos, hasta el momento, ha sido bastante más civilizada que la que mostramos en nuestras relaciones virtuales. Pero el caso es que somos tantos y tan distintos que…¿cómo podríamos hacer respetar esa “posibilidad de todas y cada una de las cosas”? Atendiendo, sobre todo, al cuidado. Al reconocimiento del derecho a ser particular de cada cual dentro de lo comunitario.

En estos días analizaba uno de los capítulos de la serie Contacts que muestra el proceso creativo de algunos destacados artistas visuales, concretamente el dedicado a Duane Michals, para un colectivo fotográfico con el que trabajo. En estos días, se han acentuado mis dudas con respecto al concepto de verdad y realidad y mi miedo con respecto a la lejanía de una sociedad libre.

Este texto en origen se centraba en el desarrollo del proyecto fotográfico en torno a los temas “cuerpo e identidad” y “territorio y sociedad”, pero, con ocasión de orientarlo hacia la captura fotográfica de esa realidad que vivimos, como herramienta de distracción durante el confinamiento, para aprovechamiento de mi alumnado y compañeros de las múltiples convocatorias fotográficas existentes, no he podido evitar reflexionar entre líneas, conforme lo iba escribiendo, sobre algunas inquietudes propias, sociales y personales, en este Estado de Alarma.

De alguna manera, esta pandemia y mi estado de ánimo se han mezclado con el análisis realizado ya que, conforme veía el vídeo en el que Michals explicaba la relación de sus trabajos con sus inquietudes y pensamientos, se iban conectando en mí algunas conclusiones acerca de lo pensado y lo sentido en estos días. El surrealismo ha sido, sin duda, una herramienta creativa de pensamiento y revolución. En estos momentos, es casi lo único que me salva de la realidad de fuera.

La manera de acercarse de Michals al concepto de realidad me ha servido de mucho en un momento en el que derivo entre hablar o permanecer callada con respecto a mi propia verdad de este asunto de la Pandemia. Exponerme u ocultarme es una diatriba habitual propia para sobrevivir en esta sociedad de artistas famélicos de ego. Pero es también un ejercicio de autoafirmación existencial del mío propio. Hablo, luego existo. Me expongo, luego existo. Como si ese poner el dedo en la llaga me afirmara mi propia existencia a partir de la experiencia del dolor. Duelo, luego soy.

En estos momentos sociales, además, todo el mundo es creador, creador de razones con las que convencer a otros. Y yo me encuentro de repente intentando explicar mi realidad, no para que prevalezca sobre otra, sino para sentir que tengo, al menos, derecho a vivirla. El cuestionamiento de la propia existencia, el cuestionamiento del derecho a existir como ser que piensa y que siente, que vive y crea su propia realidad, es verdaderamente lo que nos hace tratar tan visceralmente los asuntos de opinión. Defender la propia realidad como si la mirada de afirmación del otro fuera el único medio para legitimarla.

Observo el ostracismo al que estamos sometidos quienes osamos poner en duda el paradigma médico y científico actual. En estos días hemos pasado a ser considerados de estúpidos analfabetos a peligrosos delincuentes, lo que es peor, por nuestros propios compañeros. Y todo eso sin salir de casa. Afincados en la imagen de la imagen que proyectamos a través de esa única ventana que nos han permitido utilizar para las relaciones sociales. Situados en un entorno que es una réplica de la realidad que se ha convertido en submundo. Donde el concepto de verdad debería ponerse en cuarentena.

Después de oír a Michals, no hago más que pensar acerca de la irrealidad, la estrepitosa irrealidad de la imagen fabricada con la que trabajo cada día, de la que conozco sus características como conoce la arcilla el alfarero. Y siento así, también, la certeza de que el arte es un canal de expresión vital que sirve de bálsamo al que, solitario, se identifica con él en su submundo. Eso me hace querer crear, exponerme, dolerme. Para saber que existo y que otros que dudan de su existencia se reconozcan al mirarse en mi espejo.

INVENTAMOS NUESTRO UNIVERSO MIENTRAS AVANZAMOS

Duane Michals habla en uno de sus trabajos de la relación de indeterminación de Heisenberg. Le llama “El espejo mágico de la incertidumbre de Heisenberg”. Como fotógrafa, así como también como ser que vive en una realidad interpretable, siento que, de alguna manera, todo lo que somos está condicionado por el sesgo del observador.

Hoy hay tantos gritos sobre certezas basadas en imágenes verosímiles que ¿son veraces?. Desde las de un microscopio, pasando por ecografías, la imagen periodística o la del meme, el bulo o el viral. Todas están hechas de la misma materia. Todas son interpretadas desde un punto de vista en su lectura, como así fueron producidas en su origen. Todas conducen a esta distopía retransmitida en multimedia como si fuera real. Pero ¿y si no lo fuera?, ¿y si no tuviéramos la posibilidad de “conocer el mundo en toda su magnitud”?

Michals se sabe a sí mismo como reflejo “fotografiando otros reflejos en un reflejo”. Nos avisa de que, al mirarnos dentro, no sabemos nunca a ciencia cierta qué reflejo propio veremos en el espejo. Reflexiona acerca de que la realidad, la que vemos ahí fuera, está hecha de contradicciones y que es importante contradecir lo que se cree estar viendo.

Me es curioso cómo entre fotógrafos y periodistas, a pesar de los conocimientos que adquirimos en nuestra formación reglada, y los que experimentamos, como Duane Michals, a través de la propia práctica fotográfica, sigue existiendo una resistencia a reconocer que sí, que -como dice Joan Fontcuberta- “el buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”.

En estos días enseño a mis alumnos de Estudios Superiores de Diseño a hacer fotografía de moda profesional de catálogo con sus móviles y en casa. Y al mismo tiempo explico a mis alumnos de 2º de Bachillerato la diferencia entre Publicidad Institucional y Propaganda. Estudiamos el decálogo de Goebels. Y yo me miro en el espejo de la sociedad que me refleja cuando me asomo al balcón o a la ventana de la televisión o de las redes sociales y pienso. Pienso en el principio de incertidumbre de Heisenberg. Pienso en la mirada de los fotógrafos que mienten bien la verdad. Pienso en cómo miro yo mi propia realidad. Hacia afuera y hacia adentro.

FOTOGRAFIAR LA VERDAD

En mi tesina de Doctorado investigué el tratamiento informativo que dio la televisión a la también llamada “Crisis de los refugiados” del año 2000. Analizaba la estructura narrativa de las noticias, y cómo había evolucionado desde el paradigma de Lasswell (las 6 W) hasta la misma construcción semiótica que advirtió Vladimir Propp a partir de los cuentos maravillosos en “Morfología del cuento”.

En estos momentos creo que a todos nos es evidente que las noticias nos las cuentan con una estructura narrativa bien calculada, con sus arquetipos binarios bien polarizados. El problema es que trasladamos esa estructura semiótica de la imagen, que al fin y al cabo es una creación humana, y por tanto más simple e imperfecta que quienes las creamos, a nuestras propias vidas, a nuestras propias relaciones, realidades y submundos. De manera que, de tanto consumir esquemas mentales sencillos, simplificamos la imagen que tenemos de la sociedad y la realidad cuando verdaderamente los matices de la existencia de ambas son mucho más complejos y no podríamos asimilarlos ni controlarlos nunca. Ni en ciencia, ni en medicina, ni en información, ni en modos de organizar y entender la sociedad.

A pesar de la imagen de héroes de políticos y sanitarios como demiurgos creadores de la paz social y la salud mundial que vemos cada día en los telediarios (en esos informativos con narraciones arquetípicas e irrealidades fabricadas que acabamos por creer que conforman nuestra vida, esa que ahora queda al otro lado de la otra ventana) la realidad es inabarcable y el ser humano incompleto.

En estos días, multitud de fotógrafos se afanan en explicar en redes la relación entre punto de vista y focal en las imágenes virales de la ocupación de las calles por padres y niños en la “desescalada”. A favor o en contra, los hooligans de uno y otro equipo, manipulan argumentos con los que explicar sus propias verdades. Sin darse cuenta de que todas la teorías son válidas. Todas son verdaderas para aquel que la sostiene.

LA IMAGEN MANCHA

Sobran análisis acerca de cuestiones técnicas, estructurales y políticas. Pero, por otro lado, está la contaminación y sobresaturación de imágenes. Desde las videoconferencias del teletrabajo, a la atención continuada al NODO con el temor o la esperanza del deshielo, el “momento bar” de las discusiones telemáticas o la búsqueda de información veraz. Todo está contaminado de imágenes, ilusiones de realidad interpretables a modo de correspondencia electrónica que un emisor ha lanzado para que yo la coteje.

«Creo que mis emociones, mis sueños, mis miedos, -explica Michals- todo esto es más real que lo que solemos fotografiar». Y nos muestra un ejemplo que podría representar también simbólica y metafóricamente el estado de ánimo de muchos en este confinamiento. 

«El desdichado» es una persona a la que el Gobierno ha prohibido amar. Y al que «nunca se le pasó por la cabeza infrigir la ley». Convirtiéndose por ello en un ser deforme. Fotografiar la angustia a Michals le parece algo imposible, sin embargo a través de sus imágenes logra transmitirla.

La imagen mancha. Yo he tenido que apartarme de la imagen del miedo estos días porque soy hipersensible a pesar de estar expuesta a ella de continuo. Aunque la ira y el desprecio manchan aún más. También he tenido que apartarme de la ansiedad del otro luchando contra mi propia verdad para poder hacer existir la suya.

Y es que, en realidad, todos necesitamos consumir verdades fabricadas a nuestra medida. La que sintonice con la calma que mi ansiedad necesita, la que me diga que puedo estar tranquila porque lo que pienso es verdad, que es la verdad más verdadera de todas, y que por eso tengo derecho a pensarla y a existir dentro de ella.

FOTOGRAFIAR COMO AUTOCUIDADO

“Las apariencias –dice Michals- nos muestran lo que esperamos ver y no lo que somos. Con ellas intentamos tranquilizarnos, pero no conocernos”

Ir desnudando, como por capas de cebolla, esa rigidez de las apariencias con las que nos vestimos para estar tranquilos. Al ritmo y voluntad de quien quiera profundizar en ellas. Llegar a la esencia, a la autenticidad del sentimiento guardado. Esa es otra de las funciones de la fotografía como testimonio de la realidad.

Acercarme una realidad de fuera que es verosímil, pero que puede no ser verdadera (el instinto, en realidad, me hace interpretarla inconscientemente como falsa) supone un tipo de uso de la imagen, pero acercarme mi propia verdad a través de la misma, o incluso acercarles a otros la que quisieran que tuvieran al verme, es otro, que me hace ser consciente de qué rol elijo como creador de la imagen de mí mismo.

En estos momentos en los que la vida se para, desde muchos frentes nos animan a ocultar la emoción, a dejarla escondida y mostrar la alegría, sólo la alegría compartida se considera solidaria. Sin embargo, sobre todo porque llevo años trabajando con emociones y comprendiendo las consecuencias psicosomáticas que tiene la represión emocional en el cuerpo físico, me parece inadecuado que se enfrente un estado de salud como el que vivimos potenciando hábitos insaludables.

Reir, compartir la belleza, mantener la energía y el ánimo en nosotros y en los nuestros por supuesto que es lo que debemos hacer para estar sanos. Pero por supuesto que también debemos permitirnos mirar al espejo, cara a cara, cuando estamos tristes, siendo conscientes de la melancolía que nos causa la lluvia, la nostalgia que sentimos ante la lejanía de los otros, la preocupación, el miedo, ante la enfermedad de los nuestros o la propia, la incertidumbre, incluso, que causa la idea de la muerte.

Verbalizar las preocupaciones, sin quedarnos anclados a ellas ni hundirnos en el gris que pesa, es darles alas para ir fuera, para no quedarse doliendo dentro. Decir lo que hay que decir, ya sea mediante el enfrentamiento o el abrazo, dejar ser al conflicto, al desorden, a la exultante (para algunos a veces incluso insultante) espontaneidad del entusiasmo. A la pasión del amor y de la guerra. Es, la mayoría de las veces, un antídoto contra cualquier contagio.

En estos momentos de manifestaciones políticas e intelectuales varias, de deshacernos y rehacernos amistades virtuales, de masticar silencios en las conversaciones telefónicas con la familia, crear y decir a través de nuestras creaciones también puede ser una buena terapia.

El proceso de duelo en estos momentos de pandemia y encierro, cualquiera que sea el duelo que atravesamos, pasa por identificarlo, ritualizarlo, de alguna manera, porque esa fase es imprescindible para sanarnos. El tiempo y el espacio son buenas herramientas para poner distancia en un entorno y momento en el que todo se ha comprimido de manera artificial.

La fotografía, en definitiva, es una herramienta para escenificar el miedo y enfrentarse a él. Para imponer verdades desde el miedo, propio o contagiado. Para compartir nuestra verdad o nuestra realidad. O para construir nuestro propio mundo donde escondernos, mientras pasa la tormenta.

“Me equivocaba -dice Michals- al pensar que la apariencia de las cosas era su realidad. Creía que una foto de esas apariencias era una foto de la realidad. La triste verdad es que nunca podemos fotografiar la realidad”.

El vídeo de la serie Contacts al que se refiere este artículo se puede ver aquí:
https://lalulula.tv/documental-2/contacts/contacts-%c2%b7-duane-michals

La calle como objeto de creación

Sobre el taller de fotografía introspectiva, social y participativa “Barrio e Identidad”

«Cada forma de actividad social define su propio espacio. La forma que toma el espacio en la ciudad es un símbolo de nuestra cultura, del orden social existente, de nuestras aspiraciones, necesidades y temores.»

David Harvey, 1977

Soy fotógrafa, investigadora y profesora de fotografía. El inicio de mi interés sobre el valor antropológico de la fotografía en el documental etnográfico comenzó cuando estudiaba Comunicación Audiovisual en la Universidad de Málaga. Sin embargo no fue hasta 2015, cuando inicié el proyecto Foto Acción Almería con mis alumnos de Fotografía de la Escuela de Arte de Almería, cuando comencé a experimentar el poder de la Fotografía como herramienta para comprender el mundo. A partir de diversas experiencias, comencé a pensar también en el peligro de la cámara fotográfica como herramienta de poder.

El poder de producir significados simbólicos a partir de un material neutro y dúctil ha llevado a los artistas desde siempre a crear utopías y obras de arte. Cuando ese material ni es neutro ni tan flexible y a nuestra disposición como pretendemos, llegamos a pensar que esa figura demiúrgica que Platón relacionaba con Dios ha llegado hasta hoy en una actitud que, pudiendo ser bastante ingenua, acaba resultando totalitaria. ¿Cómo de autoritarios somos cuando tenemos una herramienta de creación y comunicación en nuestras manos? ¿Son la calle y los vecinos objetos de creación para nuestras comunicaciones?

En 2015 tuve ocasión de compartir con los compañeros del Grupo de Estudios Antropológicos “La Corrala” de Granada (muy vinculados a Solidarios Casa del Aire), y otros colegas docentes y artistas, en torno a la publicación “Capital y terruño” de Valeriano López y Susana Velarino, una actividad divulgativa respecto a la responsabilidad gentrificadora de los diseñadores urbanistas, dirigida a nuestro alumnado participante en un concurso de ideas para “embellecimiento” del Casco Histórico de Almería propuesto por el Ayuntamiento. La visión antropológica y sociológica, así como la experiencia social y de activismo, me da una visión acerca de la construcción de ciudad, comunidad y sociedad que me es difícil compartir cuando desarrollo mi labor docente o me relaciono con otros fotógrafos.

Es por eso que he ido creando una serie de talleres, que imparto con los colectivos que me los solicitan, en los que mi manera de abordar la calle y la fotografía pasa por la visión de apoyo y el respeto mutuo (si esto fuera posible tras la autocrítica y el análisis de las incoherencias).


En estas reflexiones abordo siempre tanto el papel de los artistas fotógrafos que abordan la calle como escena, como el de los diseñadores que participan en las estrategias urbanísticas de las instituciones y particulares, e incluso el de quienes, en ocasiones, nos planteamos el uso del artivismo en estos procesos de divulgación, comprensión y visibilización de lo precario y de sus luchas.

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