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Comunicado del Frente Cultural contra el fascismo

Publicado en ¿Qué pasa aquí?, Difusión

El viernes 31 de mayo se reunieron en el Instituto Do It Yourself de Puente de Vallecas una serie de personas convocadas vía email vinculadas al ámbito de la producción cultural en todas sus facetas.

El objetivo de la reunión era plantear algún tipo de respuesta común frente a la amenaza cierta de que una extrema derecha declarada, abiertamente xenófoba, machista, clasista y homófoba, no sólo entre en las instituciones madrileñas, cosa que ya ha sucedido, sino que participe en pactos de gobierno con otras fuerzas que les permitan asumir determinadas funciones que nos afectarían seriamente.

Pese a que se constató que la posibilidad de que esto ocurra no está confirmada, se vio conveniente en cualquier caso crear algún tipo de herramienta preventiva mediante la que poder articular respuestas urgentes a situaciones que ya se vienen dando con demasiada frecuencia desde que entró en vigor la Ley Mordaza, así como llegado el caso ejercer presión sobre ciertas decisiones políticas.

En consecuencia se acordó constituir una plataforma abierta e inclusiva bajo la denominación Frente Cultural, capaz de dejar de lado nuestras diferencias políticas y estéticas para poder plantear una barricada defensiva frente al avance de los que pretenden aniquilar la libertad de pensamiento y de creación y “pasar” por encima de los derechos de todas.

Acto seguido se procedió a la redacción de su primer comunicado.

COMUNICADO

Tras las pasadas elecciones del 26 de mayo en Madrid estamos viendo cómo se baraja la posibilidad de que el partido de ultraderecha VOX entre a formar parte del gobierno municipal y regional.

La presencia del fascismo y más concretamente de VOX en las instituciones madrileñas marca una línea roja inadmisible. Hacemos un llamamiento a todas las personas que trabajan en el mundo de la cultura para crear un frente amplio que lo impida.

Pensamos que es imprescindible dar una respuesta clara y efectiva ante esta amenaza, desarrollar espacios de encuentro, desactivar la deriva represiva y ganar sus guerras culturales.

Aquellos colectivos o trabajadores culturales que desean suscribir este comunicado pueden mandar un mail a frentecultural@riseup.net y expresar su adhesión.

El día 13 de junio convocamos la primera primera Asamblea de los firmantes del comunicado para plantearnos próximos pasos, que tendrá lugar en el Instituto Do It Yourself en la calle Manuel Laguna 19, a las 19 horas.

FRENTE CULTURAL

Madrid a 6 de junio de 2019

Hablar en Arte/Todo Por la Praxis/Carmen Hidalgo/Hola Por Qué/Sistema de Monos/Luis Navarro/Democracia/Daniel Villegas/ABM Confecciones/Gloria G. Durán/Ruth Montiel Arias/Paula Rubio Infante/Javier Montero/Dos Jotas/JACA

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Historia de Helbling

Publicado en Sin categoría

Me llamo Helbling y cuento aquí mi historia personal, pues de lo contrario es posible que nadie lo haga. Hoy en día, cuando la humanidad se ha vuelto refinada, no puede provocar especial curiosidad que alguien como yo se siente y comience a escribir su propia historia. Una historia breve, porque todavía soy joven, y no se escribirá hasta el final, pues previsiblemente viviré mucho tiempo aún. Lo más destacado es que soy una persona del todo corriente, hasta extremos inconcebibles. Soy uno más, y eso es precisamente lo que se me antoja extraño. Yo encuentro extraños a los más, y pienso siempre: “¿Qué hacen, a qué se dedican todos estos?”. Yo desaparezco prácticamente entre la masa de esos muchos. A mediodía, cuando dan las doce y me apresuro a dirigirme a casa desde el banco donde trabajo, todos se apresuran conmigo, uno intenta adelantar al otro, otros quieren dar pasos más largos que los demás, y sin embargo mientras tanto piensas: “Si todos van a casa”. De hecho todos van a casa, porque no hay entre ellos ninguna persona singular que no sea capaz de encontrar el camino a casa. Soy de estatura media, por lo que me alegro de no ser ni llamativamente bajo ni explosivamente alto. Tengo la altura justa, como se dice en alto alemán. Cuando estoy comiendo a mediodía, pienso siempre que en realidad podría comer igual de bien, o tal vez mejor, en otro lugar donde quizá reinara un ambiente más alegre a la mesa, y luego pienso dónde podría acontecer eso, dónde hallar la conversación más animada y una comida mejor. Recorro con la memoria todos los barrios y edificios que conozco para descubrir algo adecuado para mí. En general, tengo en alta estima mi persona, bueno, en realidad solo pienso en mí, y siempre procuro darme la mejor vida que cabe imaginar. Como soy de buena familia, mi padre es un respetado comerciante de provincias, encuentro con facilidad todo tipo de objeciones que hacer a las cosas que pretenden abordarme, y a las que debo enfrentarme, por ejemplo: todo me parece demasiado poco selecto. Siempre tengo la sensación de que hay algo en mí valioso, sensible y frágil que hay que tratar con cuidado, y no considero a los demás ni mucho menos tan valiosos y delicados. ¡Por qué sucederá eso! Es justo como si uno fuera demasiado refinado para esta vida. En cualquier caso, es una limitación que me impide destacar, porque cuando, por ejemplo, tengo que cumplir un cometido, siempre necesito meditar primero media hora, ¡a veces incluso una entera! Reflexiono y me entrego a mis ensoñaciones: “Pongo manos a la obra, o lo demoró”. Y entretanto, eso lo noto, algunos de mis colegas se habrán dado cuenta ya de que soy una persona indolente, mientras solo cabe considerarme demasiado sensible. Ay, qué mal lo juzgan a uno. Un cometido que siempre me asusta, me induce a pasar la palma de la mano de un lado a otro por la tapa del escritorio, hasta que descubro que me están observando con sorna, o me acaricio las mejillas con la mano, me toco por debajo de la barbilla, me paso la mano por los ojos, me froto la nariz y me aparto el cabello de la frente, como si mi trabajo estuviera allí, y no en el pliego de papel extendido ante mis ojos en el escritorio. A lo mejor me he equivocado de profesión, y, sin embargo, estoy seguro de que me sucedería lo mismo con cualquier otra, haría lo mismo y lo estropearía. Debido a mi supuesta indolencia, gozo de escasa consideración. Me llaman soñador y dormilón. ¡Oh, cuánto talento posee la gente para colgarle a uno títulos irrespetuosos! No obstante, es verdad: no me gusta mucho el trabajo, porque siempre me figuro que entretiene y apenas estimula mi inteligencia. Y aquí llegamos a otro punto crucial. No sé si tengo inteligencia, y me resisto a creerlo, porque ya me he convencido con frecuencia de que me hago el tonto siempre que me encargan algo que exija juicio y sagacidad. Esto, de hecho, me deja perplejo y me induce a preguntarme si no seré una de esas personas raras que solo son inteligentes cuando se lo figuran, y dejan de serlo en cuanto tienen que demostrar que lo son de verdad. Se me ocurre un sinnúmero de cosas inteligentes, hermosas, sutiles, pero tan pronto he de aplicarlas, me fallan y me abandonan, y yo quedo como un aprendiz torpe. Por eso no me gusta mi trabajo, porque por una parte se me antoja muy poco intelectual, y por otra me supera en cuanto adquiere visas de intelectual. Pienso siempre cuando no debo pensar, y cuando estaría obligado a hacerlo, no soy capaz. Por esta razón disonante también abandono siempre la sala de la oficina unos minutos antes de las doce y siempre llego unos minutos más tardes que los demás, lo que ya me ha acarreado una fama bastante mala. Pero me resulta indiferente, tan indeciblemente indiferente, lo que digan de mí. Por ejemplo, sé muy bien que me consideran un burro, pero siento que si tienen derecho a suponerlo, yo no puedo impedírselo. Además, lo cierto es que hay algo asnal en mi rostro, en mi conducta, en mis andares, en mi habla y en mi carácter. No hay duda, por mencionar algún ejemplo, de que tengo en los ojos una expresión algo estúpida que confunde con facilidad a la gente proporcionándole una pobre opinión de mi inteligencia. Mi carácter posee muchos rasgos de puerilidad amén de vanidad, mi voz tiene un sonido peculiar, como si ni yo mismo, el hablante, supiera que hablo cuando hablo. Tengo un no sé qué de somnoliento, de no-totalmente-despabilado, y ya he señalado que se nota. Siempre me aliso del todo el pelo sobre la cabeza, eso acaso aumente la impresión que doy de obstinada y desvalida mentecatez. Luego me quedo parado junto al escritorio, y puedo pasarme media hora mirando la sala o por la ventana. Sostengo en la mano inactiva la pluma con la que debería escribir. Parado, me apoyo ora en un pie, ora en otro, ya que no me está permitida una movilidad mayor, observo a mis colegas sin darme cuenta de que a sus ojos, que me miran de reojo, soy un vago deplorable carente de escrúpulos, sonrío cuando alguno me mira y sueño sin pensar. ¡Soñar! Ojalá pudiera hacerlo, no tengo ni idea de lo que es. ¡Ni la más mínima! Siempre pienso que si tuviera un montón de dinero no trabajaría, y me alegro como un niño de haber podido pensar eso cuando la idea ya está imaginada. El salario que percibo me parece demasiado parco, y no me pasa por las mientes decir que ni siquiera eso me gano con mi trabajo, a pesar de saber que no hago prácticamente nada. Curioso, no tengo talento para sentir un ligero sonrojo. Si alguien, un superior por ejemplo, me echa una reprimenda, me enfado sobremanera, pues me ofende que me reprendan. No lo soporto, a pesar de decirme que me he merecido la regañina. Creo que me resisto al reproche del superior para poder alargar un poco la conversación con él, quizá media hora, después ha transcurrido otra media hora en cuyo transcurso al menos no me he aburrido. Si mis colegas creen que me aburro, desde luego tienen razón, porque me aburro como una ostra. ¡No hay ni la menor distracción! Aburrirme y meditar sobre cómo podría frenar el aburrimiento: en eso consiste mi única ocupación. Rindo tan poco que me digo: “¡La verdad, no rindes nada!”. A menudo, tengo que bostezar, de manera totalmente involuntaria, abriendo la boca hacia el techo de la habitación, y después me paso la mano para tapar despacio la boca abierta. Luego me parece oportuno retorcerme el bigote con la punta de los dedos y quizá tamborilear sobre el escritorio con la superficie interna de uno de mis dedos, igual que en un sueño. A veces todo se me antoja un sueño incomprensible. Entonces siento lástima de mí mismo y me gustaría llorar. Pero cuando la ensoñación se disipa, querría tirarme al suelo cuan largo soy, desplomarme, hacerme mucho daño contra el borde de la mesa, para poder experimentar el divertido disfrute del dolor. Mi alma no está del todo libre de dolor por mi situación, porque a veces, si aguzo bien la oreja, percibo dentro un leve tono lastimero de reproche, parecido a la voz de mi madre aún viva, que siempre me ha considerado una persona recta, al contrario que mi padre, que posee principios mucho más rígidos que ella. Pero mi alma me parece demasiado oscura y carente de valor como para que yo aprecie lo que expresa. No estimo demasiado su tono. Pienso que solo por aburrimiento escucha uno el murmullo del alma. Cuando estoy en la oficina, mis miembros se convierten despacio en madera a la que uno desearía prender fuego para que se queme: mesa y hombre se hacen uno con el paso del tiempo. El tiempo, eso siempre me da qué pensar. Pasa deprisa, pero a pesar de la celeridad, parece encorvarse de pronto, romperse, y entonces es como si ya no existiera el tiempo. A veces se lo oye murmurar como una bandada de pájaros alzando el vuelo, o por ejemplo en el bosque: allí siempre oigo el murmullo del tiempo, y eso te reconforta mucho, porque entonces la persona ya no tiene que pensar. Pero casi siempre es diferente: ¡reina un silencio sepulcral! ¡Puede ser una vida humana que uno no perciba su avance, su proximidad al final! Hasta ese momento mi vida me parece bastante vacía, y la certeza es que seguirá siéndolo, transmite algo interminable. Algo que te ordena dormirte y hacer únicamente lo más indispensable. Así me comporto yo: solamente finjo que trabajo con ahínco cuando noto detrás de mí el aliento maloliente de mi jefe, que se acerca sigiloso para sorprenderme en la indolencia. El aire que exhala lo delata. El buen hombre siempre me procura una pequeña variación, por eso todavía siento un gran aprecio por él. ¿Pero qué me induce en realidad a respetar tan poco mis obligaciones y mis instrucciones? Soy un hombrecillo insignificante, pálido, tímido, débil, elegante, remilgado, lleno de sensiblerías inútiles para enfrentarse a la vida y, si alguna vez me fuera mal, no podría soportar la dureza de la existencia. ¿No puede infundirme temor alguno pensar que me despedirán de mi empleo si continuó así? Al parecer, no, más por otra parte, ¡sí! Me asusto un poco, y luego vuelvo a no asustarme. A lo mejor soy muy poco inteligente para asustarme, sí, casi me parece como si la terquedad pueril que empleo para vengarme de mis congéneres es una prueba de imbecilidad. Pero encaja de maravilla en mi carácter, que siempre me ordena comportarme de un modo extraordinario, aunque sea en perjuicio mío. Así por ejemplo llevo a la oficina, lo que tampoco está permitido, libros pequeños, que abro cortándolos, y los leo sin sentir auténtico placer por la lectura. Pero parece la refinada rebeldía de una persona culta, más que los otros desean ser. Porque yo siempre aspiro a más, tengo una tenacidad de perro de caza por sobresalir. Si estoy leyendo el libro y un colega se me acerca con la pregunta, que quizá sea totalmente oportuna, “¿Qué está leyendo, Helbling?”, me enfado, porque en este caso está indicado mostrar un carácter colérico que ahuyente a los preguntones que se arriman. Soy enormemente engreído cuando leo, miro a todas partes en busca de personas que se fijen en mí, en la inteligencia con la que formo mi mente y mi ingenio, corto con espléndida lentitud una página tras otra, ya ni leo, sino que me basta con haber adoptado la actitud de una persona enfrascada en la lectura. Así soy yo: farsante e interesado en hacer efecto. Soy vanidoso, pero la satisfacción de mi vanidad es singularmente barata. Mis ropas son de aspecto basto, pero me afano cambiando de traje, porque me complace demostrar a los colegas que poseo varios y que tengo cierto gusto en la elección de colores. Me gusta venir de verde, porque me recuerda al bosque, y también voy de amarillo en días ventosos, frescos, porque armoniza con el viento y el baile. Puede ser que me equivoque en esto, no lo dudo en absoluto, porque me reprochan bastante mis numerosas equivocaciones al día. Al fin y al cabo, uno mismo piensa que es un mentecato. Pero qué importa ser un necio o un hombre respetable, cuando la lluvia cae igual tanto sobre un burro como sobre una persona respetable. ¡Por no hablar del sol! Yo me siento feliz, cuando dan las doce, de poder ir a casa al sol, y cuando llueve abro mi amplio y panzudo paraguas sobre mi cabeza, para que no se me moje el sombrero que tanto aprecio. Trato a mi sombrero con mucha delicadeza, y siempre me parece que si puedo tocarlo con la delicadeza que acostumbro, sigo siendo una persona muy feliz. Lo que más me gusta es ponérmelo con cuidado sobre la coronilla cuando termina la jornada laboral. Eso siempre me indica la adorada terminación de la jornada. Porque mi vida se compone de meras pequeñeces, me repito una y otra vez, y me parece extraordinario. Nunca he creído oportuno entusiarmarme por los grandes ideales que conciernen a la humanidad, porque en el fondo soy más crítico que entusiasta, de lo que me felicito. Soy alguien que considera denigrante encontrarse a una persona ideal con pelo largo, sandalias en las piernas desnudas, mandil de cuero alrededor de las caderas y flores en el pelo. En semejantes ocasiones sonrío con timidez. Preferiría con creces reír a carcajadas, pero es imposible, en realidad también es más para enfadarse que para reír, vivir entre personas que no gustan de una coronilla lisa como la que lucía. Por eso me gusta enfadarme por eso me enfado siempre a la menor oportunidad. Suelo hacer comentarios maliciosos, y sin embargo apenas necesito descargar mi malicia sobre los demás, puesto que sé de sobra lo que significa padecer el sarcasmo ajeno. Pero de eso se trata: no hago el menor comentario, ni acepto lecciones, sigo procediendo igual que el día que salí de la escuela. Sigo teniendo muchas cosas de colegial, que a buen seguro me acompañarán durante toda la vida. Hay personas que carecen de aptitud para enmendarse y de talento para formarse con la conducta ajena. No, yo no me formo, pues me parece indigno de mí entregarme al afán de cultura. Además, ya he recibido la educación suficiente para llevar un bastón en la mano con cierta distinción y anudarme un lazo alrededor del cuello de la camisa y coger la cuchara con la mano derecha y decir, contestando a una pregunta pertinente: “Sí, gracias, la velada de ayer fue encantadora”. ¿Qué más podría sacar de mí la educación? Con la mano en el pecho: creo que la educación llegaría a la persona equivocada. ¡Yo ambiciono dinero y cómodas dignidades, ese es todo mi interés por la educación! Me siento muy superior a un peón, aunque él, si quisiera, podría arrojarme con el índice de su mano izquierda a un hoyo en la tierra, donde me ensuciaría. La fuerza y la belleza en personas pobres y de atuendo modesto no me impresionan. Cuando veo a una persona así, pienso siempre en la suerte que tiene la gente como yo con la superior posición en el mundo, comparado con uno de esos bobos cansado de trabajar, y ninguna compasión sobrecoge mi corazón. ¿Dónde tendría yo un corazón? He olvidado que lo tengo. Esto es sin duda triste, pero dónde me parecería indicado sentir tristeza. La tristeza solo se siente cuando uno sufre una pérdida económica, o no acaba de sentarle bien el sombrero nuevo, o cuando, de improviso, se desploman los valores de la Bolsa, y entonces todavía tiene que preguntarse si eso es tristeza o no, y bien mirado no lo es, sino un simple pesar pasajero que se disipa como el viento. Es algo, no, cómo podría expresarlo: es asombrosamente extraño carecer de sentimientos, no saber en absoluto lo que es sentir. Sentimientos sobre la propia persona los tiene cualquiera, y en el fondo se trata de sentimientos reprobables, insolentes para con la colectividad. ¿Pero sentimientos a todos? Acaso uno tenga a veces ganas de plantearse esa pregunta, note algo parecido a una ligera añoranza por convertirse en una persona buena, complaciente, pero ¿cuándo tendría tiempo de hacerlo? ¿A eso de las siete de la mañana o cuándo si no? Ya el viernes y después durante todo el sábado siguiente me pregunto qué podría hacer el domingo, porque en domingo siempre hay que hacer algo. Pocas veces salgo solo. Suelo unirme a un grupo de gente joven; como uno se une, es muy sencillo, uno se limita a acompañarlos, a pesar de saber que es un compañero bastante aburrido. Cruzo el lago en un vápor, por ejemplo, o paseo por el bosque, o viajo en tren a parajes preciosos más alejados. Con frecuencia acompaño a bailar a chicas jóvenes, y he vivido la experiencia de que gusto a las chicas. Tengo una cara pálida, manos bonitas, un elegante frac ondeante, guantes, anillos en los dedos, un bastón guarnecido de plata, zapatos bien lustrados y un carácter delicado, dominical, una voz muy singular y cierta desgana alrededor de la boca, algo para lo que yo mismo no tengo palabras, pero que parece gustar a las chicas jóvenes. Cuando hablo, parece como si hablase una personalidad. Lo presuntuoso gusta, de eso no hay duda. Por lo que se refiere al baile, bailo como alguien que acaba de recibir y aprovechar clases de baile: con garbo, sutileza, precisión, exactitud, pero con excesiva celeridad y rigidez. Mi baile es minucioso y ligero, pero sin donaire. ¡Cómo podría yo ser tan apto para el donaire! Sin embargo me encanta bailar. Cuando bailo, me olvido de que soy Helbling, porque entonces no soy más que una nube feliz. La oficina con sus diversos tormentos no me traería el menos recuerdo. A mi alrededor se ven rostros enrojecidos, perfume y esplendor de los vestidos de las chicas, ojos juveniles que me miran, y vuelo: ¿puede uno imaginar mayor felicidad? Ahora lo tengo: una vez a la semana puedo ser feliz. Una de las chicas a la que siempre acompaño es mi novia, pero me trata mal, peor que las demás. Además, como bien noto, tampoco me es fiel, casi no me quiere, y yo ¿la quiero? Tengo muchos defectos que he referido con franqueza, pero aquí creo que todos mis defectos y carencias se perdonan: la amo. Es mi sino amarla y desanimarme con frecuencia por su causa. En verano, me entrega sus guantes y su sombrilla de seda rosa para que se los lleve, y en invierno puedo trotar tras ella en la nieve honda para llevar sus patines de hielo. No comprendo el amor, pero lo percibo. El bien y el mal son inútiles contra el amor, que no conoce nada más que el amor. Cómo puedo decirlo: por indigno y vacío que soy siempre, no está todo perdido, pues soy realmente capaz de amar fielmente, a pesar de que he tenido sobradas ocasiones para la infidelidad. Navego con ella al sol, bajo el cielo azul, en un bote que hago avanzar remando por el lago, y le sonrío siempre, mientras ella parece aburrirse. Y es que también soy un tipo muy aburrido. Su madre tiene una taberna para obreros pequeña, miserable, con bastante mala fama, en la que paso los domingos sentado, callado, mirándola. A veces su rostro también se inclina hacia el mío, para dejar que estampe un beso en su boca. Tiene un rostro dulce, dulce. En su mejilla un antiguo rasguño cicatrizado deforma un poco su boca, pero para dulcificarla. Tiene ojos muy pequeños, con los que te mira entornándolos, como si quisiera decir: “¡Te voy a enseñar lo que es bueno!” A menudo se sienta a mi lado en el raído y sucio sofá de la taberna susurrándome al oído lo bueno que es estar prometidos. Yo rara vez sé qué decirle, porque siempre temo que sea inadecuado, así que me callo y, sin embargo, deseo vivamente contestar. Una vez acercó a mis labios su pequeña oreja perfumada: “¿No tendría nada que decirle que solo se pudiera musitar?” Contesté temblando que no, y entonces me propinó una bofetada mientras se reía, no con amabilidad, sino con frialdad. No se lleva bien con su madre y su hermana pequeña, por lo que no tolera que me muestre amable con su hermanita. Su madre, tiene una nariz colorada por la bebida, es una mujer menuda y vivaracha que gusta de sentarse a la mesa con los hombres. Mi novia también se sienta con los hombres. Una vez me dijo en voz baja: “Ya no soy casta”, con absoluta naturalidad, y no supe qué objetar. Qué habría podido decirle al respecto. Con otras chicas tengo cierto arrojo, incluso gracia verbal, pero con ella me quedo mudo y la miro y sigo con mis ojos cada uno de sus ademanes. Siempre me quedo allí sentado hasta que cierra la taberna, o todavía más, hasta que ella me manda a casa. Cuando la hija no está, su madre se sienta conmigo a la mesa e intenta difamar a la ausente. Yo me limito a rechazar con un gesto de la mano mientras sonrío. La madre odia a su hija y es palmario que ambas se odian porque son un obstáculo mutuo para sus respectivos propósitos. Ambas quieren tener un hombre, y ambas se envidian el hombre una a la otra. Cuando estoy por la noche sentado en el sofá, todo el mundo que frecuenta la taberna se da cuenta de que soy el novio, y todos desean dirigirme palabras amistosas, lo que me produce bastante indiferencia. La niña pequeña, que todavía va al colegio, lee sus libros a mi lado, o escribe en su cuaderno con letras grandes y largas y siempre me lo entrega para que revise lo escrito. Nunca he prestado atención a criaturas tan pequeñas, y ahora, de repente, me doy cuenta de lo interesante que es cualquier criaturita que está creciendo. De ellos tiene la culpa mi amor por la otra. Un amor sincero te vuelve mejor y más avispado. En invierno ella me dice: “Oye, qué bonito será en primavera pasear juntos por los senderos del jardín”. Y en primavera: “Me aburro contigo”. Quiere estar casada en una gran ciudad, porque desea disfrutar un poco de la vida. Los teatros y bailes de máscaras, vestidos bonitos, vino, conversación amena, personas alegres, acaloradas, le gustan, la entusiasman. En realidad, a mí también me entusiasman, pero ignoro cómo conseguir todo eso. “A lo mejor el próximo invierno pierdo mi empleo”, le conté. Ella me miró asombrada y me preguntó: “¿Por qué?” ¿Qué habría podido responderle? No puedo describirle todo mi carácter de un tirón. Ella me despreciaría. Hasta ahora cree que soy un hombre de ciertas prendas, un hombre, es verdad que algo ridículo y aburrido, pero que se ha labrado una posición en el mundo. Si ahora le dijera “Te equivocas, mi posición es extremadamente precaria”, ella no tendría motivo alguno para continuar deseando tener relaciones conmigo, ya que vería destruidas todas sus esperanzas relacionadas con mi persona. Yo lo dejo correr, soy un maestro en desentenderme de ciertos asuntos, como suele decirse. A lo mejor tendría suerte si fuera profesor de baile o propietario de un restaurante o director de cine, o tuviera cualquier otra profesión relacionada con la diversión de la gente, porque soy así, soy uno de esos seres bailoteantes, flotantes, pernivolteantes, frívolos, garbosos, callados, siempre reverenciosos y tiernos, que se sentiría afortunado de ser tabernero, bailarín, director de escena o algo parecido a sastre. Si tengo ocasión de hacer un cumplido, soy feliz. ¿No es revelador? Yo hasta hago reverencias, lo que no es nada común, o cuando solo lo hacen los obsequiosos y los tontos, tan enamorado estoy de ese asunto. Para un trabajo serio de hombre no tengo carácter, ni sentido común ni oído ni vista ni tacto. Es para mí lo más alejado que pudiera haber en el mundo. Quiero enriquecerme, pero solo ha de costarme un guiño de ojos, a lo sumo un perezoso extender la mano. Por lo general la aversión al trabajo no es del todo natural a los hombres, pero a mí me adorna, me va bien, aunque sea un vestido triste el que me sienta tan bien y aunque el corte sea lamentable; por qué no debía decir yo “Me sienta bien”, si todos los ojos ven que no me hace arrugas. ¡La aversión al trabajo! Ya no quiero añadir una palabra más al respecto. Dicho sea de paso, creo siempre que el clima, el aire húmedo del lago, tienen la culpa de que no empiece a trabajar y ahora, agobiado por esta certeza busco empleo en el sur, o en las montañas. Podría dirigir un hotel, o una fábrica, o administrar la caja de un banco pequeño. Un paisaje soleado, despejado, tendría que ser capaz de sacar a la luz talentos que hasta ahora han dormido en mi interior. Tampoco estaría nada mal una tienda de frutas tropicales. En cualquier caso, soy una persona que siempre cree ganar interiormente una barbaridad mediante los cambios externos. Otro clima también originaría otro almuerzo, y eso es quizá lo que me falta. ¿Estaré enfermo? Me faltan tantas cosas, en realidad carezco de todo. ¿Debería ser una persona infeliz? ¿Debería poseer predisposiciones extraordinarias? ¿Será una enfermedad plantearse continuamente tales preguntas? En cualquier caso, no es algo totalmente normal. Hoy he vuelto a llegar al banco diez minutos tarde. Ya no soy capaz de ser puntual, como otros. En realidad yo, Helbling, debería estar completamente solo en el mundo, sin ningún otro ser viviente. Ni sol ni cultura, yo desnudo sobre una roca alta, sin tempestades, ni siquiera una ola, sin agua, sin viento, sin calles, sin bancos, sin dinero, sin tiempo y sin aliento. En cualquier caso, entonces ya no tendría miedo. Sin miedo y sin preguntas, tampoco volvería ya a llegar tarde. Podría tener la idea de que yacía en la cama, durante toda la eternidad. ¡Eso quizá sería lo más delicioso!

(1913)

Robert Walser

Traducción del alemán de Rosa Pilar Blanco

Liberad las fuentes (performance furtiva)

Publicado en ¿Qué pasa aquí?, Delincuentes

Cuando la temperatura ambiental supera la del cuerpo humano, ya no hace calor, sino fiebre. Las perspectivas se aplanan y la gente se evapora de las calles. La realidad sestea, gotea, se deshidrata sin poder evitarlo. No hay función, se suspenden los fenómenos hasta nuevo aviso.

Alfredo despierta a media tarde cocido en su propio caldo, con arena en los ojos y ganas de vomitar. Todavía aturdido da unos pasos en busca del barreño, antes de percatarse de que ya no quedan garrafas y de que los demás vecinos del bloque han huido hacia parajes más frescos.

Como mucha gente del barrio, el ex-albañil Alfredo habita en un edificio ocupado, sin agua corriente ni ventilación, mientras gestiona a través de la PAH una solicitud de alquiler social adaptado a sus ingresos (menos de 500 euros procedentes de la RMI y de alguna chapuza cobrada en negro). Si quiere limpiarse el sudor y tomar un trago de agua caliente, tendrá que recorrer más de dos kilómetros a pleno sol hasta llegar a la única fuente pública que hay en todo el distrito.

Hace poco se celebró en Vallecas la tradicional Batalla Naval. Ese día, cualquiera que sale a la calle se expone a recibir un involuntario chapuzón, que a finales de julio no deja de agradecerse. Es la única fiesta que he visto celebrar juntas a gentes de todas las razas y culturas: chinas, marroquíes, dominicanas, rumanas, congosteñas y neonumantinas se mestizan en un juego de todas contra todas, donde las víctimas no tienen derecho a ofenderse. Imagino el origen espontáneo de esta celebración una tarde como ésta, en que Alfonso empuja resignado por calles sin sombra un carrito de Carrefour lleno de garrafas de DIA.

No podemos culpar a nadie de que Madrid no tenga playa. Lo que resulta más cuestionable es que sea, además, una de las ciudades de Europa con menos fuentes públicas por kilómetro urbanizado. Esta desoladora estadística se queda sin embargo corta si acompañamos a Alfredo en su asolada travesía por Vallecas, donde casi todas las fuentes han sido cegadas e inutilizadas por ordenanzas municipales que apelan a la higiene y seguridad públicas. La vieja e infecciosa costumbre de reunirse los vecinos a tomar la fresca y conversar en torno a las fuentes, que lamen hasta los perros, ha sido sustituida por las asépticas y mucho más rentables “cañas” en las terrazas que Alfredo no puede permitirse.

Hasta ahora resultaba comprensible que los gobiernos conservadores castigasen de forma especialmente sádica a un barrio problemático y resistente. Pero ni las sucesivas “olas” de calor extremo que estamos soportando, subsahariano y nativo, ni el cambio político a nivel municipal, sirvieron para cambiar este escenario. Vallecas no sólo sigue llena de mierda, sino también sedienta. Y sin embargo subsiste allí una Cofradía Marinera que canaliza entre el hormigón caliente sueños de libertad y de aventura.

Negar el agua a todo un barrio es como prohibir la verdad o la alegría en todo su perímetro. El agua es también universal, pero además es concreta. Los antiguos consideraban a las fuentes lugares sagrados y les asignaban dioses y ninfas. Nuestros dioses sólo están disponibles cuando hay que celebrar algún éxito deportivo. Lo de menos es su condición de derecho básico o de bien común, o si tener agua es justo o bueno. Todo eso son abstracciones, y sin agua te mueres.

Alfredo no puede cambiar las cosas desde su precaria situación, pero siente la necesidad de realizar al menos un gesto, un simple acto expresivo para dejar constancia de su rabia y su frustración. Decide llevar a cabo una acción mínima, una performance de arte furtivo capaz de iluminar a otros, o cuando menos de llamar la atención, aunque sea por unos instantes y en una medida muy pequeña, acerca de una situación absurda que la administración no considera oportuno abordar.

El arte furtivo es una forma invisible de acción que no encuentra acomodo en los canales institucionales de producción y difusión cultural, aunque su existencia salta a la vista para cualquiera que dé un pequeño paseo por la ciudad. El arte furtivo no busca hacerse reconocer como tal, simplemente toma sus herramientas para otros usos. Suele ser portador de algún tipo de protesta, pero su pretensión es ir más allá de la mera visibilización para producir algún tipo de transformación del entorno. A menudo entraña el enfrentamiento con la autoridad o las costumbres, lo que lo aboca a la marginalidad. Ésta es su paradoja. El arte furtivo borra al autor en cuanto la acción se ha llevado a cabo, y desde ese momento resulta apropiable por cualquiera, lo que constituye su verdadera realización.

Las fuentes están llenas de agua, y el agua tiende a brotar cuando es liberada produciendo un placer inmediato. El contenido desborda la forma sin romper la armonía. El resultado de la acción cambiará el rostro del barrio, llenará de júbilo a las vecinas y pondrá de manifiesto la falta de voluntad política sobre este asunto. Alfredo solo necesita una llave inglesa, un rollo de teflón y un grifo de obra. El único problema es que acaba de entrar en vigor la “ley mordaza”, y el simple gesto de desamordazar las fuentes puede suponerle, aparte de una molesta noche en comisaría, una multa mínima de 600 euros por vandalismo.

Tres personas nos reunimos de madrugada para llevar a cabo la operación. Escogemos como objetivo una de las fuentes del Bulevar, junto a la estatua de la abuela rockera, sin duda uno de los entornos más frecuentados y evocadores del barrio. Uno de nosotros documentará la acción, y otro vigilará desde una esquina estratégica la posible llegada de la policía, que suele patrullar el bulevar a intervalos regulares. Una simple llamada perdida funcionará como la consigna que utilizan los vendedores ilegales que se reúnen en el extremo oeste de la calle… ¡agua! Y Alfredo dejará entonces de manipular la fuente y tirará las herramientas entre los arbustos para poder recuperarlas más tarde.



Tras algún incidente, más debido a nuestra torpeza que a los peligros objetivos que hubo que enfrentar, la operación concluye en apenas diez minutos. Una intervención cualificada no hubiera necesitado más de tres. Alfredo posa satisfecho junto a su obra, totalmente empapado. Es hora de desaparecer, pues las ropas mojadas y las herramientas en la mochila nos delatarían fácilmente.

Esperábamos encontrar al día siguiente a gente feliz llenando botellitas de plástico y niños jugando con globos de agua. Si había suerte y nadie consideraba necesario dar parte, la fuente podía integrarse como elemento recuperado del paisaje y permanecer así durante días. En el colmo de nuestro optimismo, podíamos esperar que alguien destapase el debate y hubiera que justificar políticamente la obstrucción de un recurso público disponible. Todo quedó, sin embargo, escrito en el agua. A la mañana siguiente los servicios de mantenimiento ya habían devuelto la fuente a su estado habitual, y ella parecía mirarnos suplicante con su ojo ciego.

Monte Perdido 60bis

¿Puede salvarnos la poesía?

Publicado en ¿Qué pasa aquí?

Ahora mismo, no estás leyendo mis palabras. Lo que estás leyendo son líneas sobre líneas de código. El código está en tu coche, tu televisor y en las fotos que tomas. Está inscrito en los termostatos, los sistemas de seguridad de las prisiones y las transacciones de Wall Street. En un nivel fundamental, el código es lenguaje. Pero para el filósofo italiano Franco ‘Bifo’ Berardi, no es tan sencillo. Para Berardi, el código y el lenguaje tienen una relación muy específica: ‘Código’, escribe Berardi en Respiración: Caos y Poesía, ‘es el lenguaje endeudado’.

Para entender lo que significa Berardi, sólo tenemos que mirar cómo funcionan los códigos. El código, señala Berardi, es `la imposición de un límite performativo y productivo’. El código es la conexión de tensiones sintácticas predefinidas. En su funcionamiento, crea nuevas limitaciones, definiendo qué entradas están permitidas y qué salidas generan.

La poesía, en cambio, tiene un poder transformador:’reabre lo indefinido’. En lugar de una funcionalidad fluida, la poesía crea nuevos errores, provocando contradicciones deslumbrantes, ilustrativas e inquietantes, que amplían lo que significa ser humano. Mientras que el código opera en una lógica de intercambio directo (por ejemplo, la cadena'< i >’ en los intercambios HTML directamente con una fuente cursiva), la poesía ‘es el lenguaje de la no intercambiabilidad’.

Pero lo que está en juego es mucho más que el código y el lenguaje. Para Berardi, lo que está en juego es nada más y nada menos que la respiración continua de la humanidad, que él ve ahogada por el capitalismo financiero: pueblos y gobiernos del mundo incapaces de combatir un sistema que está en todas partes y en ninguna parte a la vez. La poesía, sugiere, es la única respuesta.

Tal vez todo suena un poco esotérico. Después de todo, ¿qué tiene que ver la poesía con las finanzas? En su libro de 2011, The Uprising, Berardi señala que las finanzas ya han sido afectadas por la poesía. El término’desregulación’, un punto de encuentro para los fanáticos de la economía de libre mercado, fue acuñado por primera vez por Arthur Rimbaud, cuyo’dérèglement des sens et des mots’, fue un llamado a la’desregulación de los signos y las palabras’. Es este mismo impulso, sugiere Berardi, el que está detrás del funcionamiento de las finanzas. En un sentido extraño, sin Rimbaud no existiría Paul Ryan.

Antes de ser un filósofo de renombre, Berardi fue una de las primeras figuras de la radio pirata, el fundador de la emisora milanesa Radio Alice, que a partir de mediados de los años 70 operaba desde una ex emisora militar secuestrada. Más tarde esa década, se mudó a Nueva York para cubrir el movimiento post-punk de una revista de música en Italia. Más recientemente, su trabajo se ha centrado en las finanzas y la tecnología, así como en los fenómenos de los tiroteos masivos, el suicidio por policías y el trumpismo.

El día que hablamos, niños y niñas de todo el mundo marcharon para protestar contra la inacción ante el cambio climático. Aunque no fue planeado, fue un telón de fondo apropiado para una conversación con uno de los pensadores más insurrectos de la filosofía.

Usted abre Respiración escribiendo sobre Eric Garner, quien en 2014 fue asfixiado hasta la muerte por la policía de Nueva York por vender cigarrillos sueltos. ¿Qué tiene que ver esto con la poesía?

En primer lugar, porque soy asmático como Eric Garner. Yo estaba en los Estados Unidos durante esos días para una conferencia. El día que el video sobre la muerte -el martirio- de Eric Garner llegó al público, yo estaba en California. Participé en manifestaciones que gritaban:’No puedo respirar, no puedo respirar’. Para mí, la expresión “no puedo respirar” significa algo especial porque de vez en cuando sufro de crisis respiratorias.

Pero al mismo tiempo, esta mañana, salí de mi casa, vivo en el centro de la ciudad de Bolonia. Oí algunos gritos afuera. Fue una manifestación de gente muy, muy, muy joven. La cruzada de los niños, como en muchos lugares del mundo. La gente está marchando, manifestándose contra la asfixia de la humanidad.

Greta Thunberg (que resulta ser una persona autista, diagnosticada como incapaz de distinguir matices – incapaz de distinguir grises), ha despertado la conciencia de la generación en un punto blanco y negro muy claro. Y este punto es: el capitalismo nos está sofocando. Veo cómo esta conciencia se ha extendido entre las decenas de millones de jóvenes que han estado marchando. Este es un movimiento que durará años. Y el verdadero enemigo de este movimiento es la asfixia. Pero si miras más allá de la asfixia, ves crecimiento, competencia y ganancias. Yo lo llamo “capitalismo”.

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El odio al nazismo es delito en España

Publicado en ¿Qué pasa aquí?, Delincuentes, Difusión

Ayer nos enterábamos por el blog de Jorge Luis Marzo de la Circular 7/2019 de la Fiscalía General del Estado, sobre pautas para interpretar los delitos de odio tipificados en el art. 510 CP. En la que se venía a decir que este delito también era aplicable a los casos en que la incitación al odio se dirigiera contra los nazis

Las consecuencias de esta circular han sido instantáneas ya que 7 compañeras antifascistas, que tuvieron ayer mismo un juicio por un “delito leve de amenazas” del que resultaron absueltas y al que los “amenazados” nazis del Hogar Social Madrid ni siquiera se presentaron, pasaron a ser acusadas de un “delito de odio” por la fiscalía que actuó de oficio.

Como apunta Izca: “El respaldo y la solidaridad ante el futuro juicio por delitos de odio anunciado por el fiscal serán nuevamente claves para ganar esta batalla a la entente formada entre los fascistas y ese sector de la policía y de la judicatura que los ampara y alimenta”.

No Pasarán!

Día del Orgullo Loco en Madrid

Publicado en ¿Qué pasa aquí?, Difusión

El sábado 19 de mayo fue el Día del Orgullo Loco en muchos lugares del Reino Español. El sábado 1 de junio se celebrará en Madrid.

Hacemos un llamamiento a colaborar en la difusión, visibilidad y participación del evento. Nos jugamos mucho. Es imprescindible el crecimiento de masa crítica en torno a la locura, el sufrimiento psíquico, lo que se conoce como “Salud mental” y que en el fondo es un claro reflejo del malestar social y las formas de vida que llevamos, inmersos como estamos en esta sociedad capitalista turboheteropatriarcal.

La denuncia básica es que la locura no es una enfermedad, es una expresión del dolor humano extremo, a veces la única forma de sobrevivir… Y que basta ya de desprecio, incomprensión, maltrato y vulneración de derechos.

Masa crítica en crecimiento es lo que queremos para que cuanta más gente seamos, más presionemos y más hagamos para cambiar el estado de las cosas. Podemos actuar en nuestro entorno más inmediato, informándonos e informando, cambiando las propias actitudes en lo cotidiano hacia esta realidad. Para que cambie la concepción de la locura en la sociedad y de paso cambiar el sistema de atención en salud mental, completamente obsoleto y yatrogénico.

El motor del cambio es y debe ser el activismo loco, el activismo en primera persona. Con sus reivindicaciones, discursos y conocimientos propios. Con todos los apoyos posibles de todos los frentes de lucha que quieran sumarse.

Aquí publicamos un álbum de fotos de activistas de distintos ámbitos sumándose a la difusión de la campaña del #Orgullo Loco. Os invitamos a sumaros a ella subiendo a las redes vuestras propias fotos.

O mandándolas aquí para que las sumemos a este álbum 🙂

¡Derecho a ser libre, derecho a ser yo!

#OrgulloLoco

La PAH de la Pradera (Escrache en San Isidro)

Publicado en ¿Qué pasa aquí?, Delincuentes, Difusión

Ayer 15 de mayo, octavo aniversario del 15M y fiesta del “patrón de Madrid”, diversos colectivos de lucha por el derecho a la vivienda y afines llevaron a cabo un escrache contra los partidos que están bloqueando la propuesta de una Ley Integral de Vivienda para la Comunidad a pocos días de las elecciones municipales y autónomicas.

Aquí están escrachando a Casado, Ayuso y Almeida del PP. En este otro video se recoge el escrache a los líderes de Ciudadanos que tanto revuelo mediático ha causado por el hecho de que Begoña Villacís iba embarazada, es decir seguía utilizando electoralmente su embarazo hasta romper aguas.

La piel política se ha vuelto tan fina, y los partidos del “cambio” tan cobardes, que hasta la alcaldesa que fue aupada por los movimientos sociales ha condenado esta expresión legítima como si hubiese sido un acto de terrorismo, a la altura del perpetrado por aquellos titiriteros (:O Nadie es inocente.

Sin más comentarios, reproducimos el comunicado de la Coordinadora de Vivienda de Madrid tras los acontecimientos:

“Hace algo menos de dos años, con el aval de 77.000 firmas, presentamos una propuesta de Ley Integral de Vivienda a la Asamblea de Madrid que Ciudadanos y el Partido Popular votaron no debatir siquiera.

Este mediodía la Coordinadora de Vivienda de Madrid, junto con otros colectivos, realizamos un señalamiento de estos dos partidos políticos por su responsabilidad en que la Comunidad de Madrid no disponga todavía de una Ley Integral de Vivienda.

Entre las personas a las que señalamos se encuentra la candidata de Ciudadanos a la Alcaldía de Madrid. La señora Begoña Villacís, por razones que sin duda son perfectamente legítimas, ha decidido ampliar su presencia en la campaña electoral, y por lo tanto su exposición pública, hasta el último día de su embarazo. Dicha exposición pública supone, naturalmente, exponerse también a que sea increpada por las posiciones de su partido, igual que lo son otros candidatos políticos.

Desde que el partido de Begoña Villacís e Ignacio Aguado decidió que Madrid no se merecía siquiera debatir una Ley de Vivienda, en nuestra Comunidad se han desahuciado centenares de familias entre las que, naturalmente, se incluyen mujeres embarazadas así como menores de todas las edades. Cualquiera que se asome con algo de seriedad al problema de la vivienda sabe que uno de los traumas más importantes que puede vivir una persona es el de perder su techo; cuánto más si se trata de un menor o de una mujer embarazada.

Desde la Coordinadora de Vivienda queremos rechazar con firmeza la hipocresía del partido Ciudadanos y más especialmente la de los medios de comunicación que hoy han afeado el señalamiento de una embarazada sin haberse molestado jamás en afear a los grandes propietarios de la vivienda de madrid el desahucio de mujeres embarazadas. Para todas esas personas que siguen el juego electoral desde la comodidad de un sofá resulta más grave embarrarlo con unas increpaciones que dejar en la calle a personas vulnerables.

Gobierne quien gobierne, siempre lucharemos por el derecho de todo el mundo a tener un hogar. Una Ley Integral de Vivienda es un necesario primer paso.”

Bonus track: “La bruja y Don Cristóbal”, por Títeres desde Abajo http://titeresdesdeabajo.blogspot.com/

Jornada sobre Archivo.

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Jornada de Archivo 
Instituto Do It Yourself 
10 de mayo de 2019 18:00 horas

Calle Manuel Laguna 19, Madrid. Metro: Puente de Vallecas. Renfe: estación Asamblea-Entrevías

En 2018 se puso en marcha el Archivo de prácticas colaborativas del Instituto Do It Yourself, cuyo interés se sitúa en la confluencia entre arte, arquitectura y prácticas activistas. El archivo nace desde una inquietud de generar un contexto donde investigar sobre las prácticas colaborativas y que pueda constituirse como una suerte de “caja de herramientas” para propuestas de este tipo.

La primera motivación fue el detectar la ausencia de una iniciativa similar y las propuestas que hemos  encontrado que tratan el tema del trabajo colectivo nos parecen sesgadas y en su mayor parte instrumentalizadas institucionalmente. Sin muchos más argumentos nos planteamos desarrollar este proyecto, con muchas cuestiones abiertas pero con la intención de ir resolviéndolas desde la praxis con un planteamiento abierto y orgánico.Tras un proceso de autocrítica y revisión de los postulados que nos dimos, proponemos ahora una Jornada de Archivo, uno de los espacios que hemos articulado para seguir avanzando en la autodefinición del archivo. Planteamos este encuentro como una oportunidad en la que invitar a propuestas similares para conocer de primera mano otros procesos metodológicamente similares, si bien con distintos objetivos y finalidades, y que probablemente se hayan enfrentado a las mismas dudas.

¿Por qué hacer un archivo y para qué? ¿Quién controla un archivo? ¿Es posible un archivo desjerarquizado, horizontal y distribuido? ¿Es posible un archivo fuera de una institución que lo conserve y lo difunda? ¿Es el archivo patrimonio y de quién lo es? ¿Qué conflictos se pueden dar ente el archivo y el material archivado?…

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