Historia de Helbling

Me llamo Helbling y cuento aquí mi historia personal, pues de lo contrario es posible que nadie lo haga. Hoy en día, cuando la humanidad se ha vuelto refinada, no puede provocar especial curiosidad que alguien como yo se siente y comience a escribir su propia historia. Una historia breve, porque todavía soy joven, y no se escribirá hasta el final, pues previsiblemente viviré mucho tiempo aún. Lo más destacado es que soy una persona del todo corriente, hasta extremos inconcebibles. Soy uno más, y eso es precisamente lo que se me antoja extraño. Yo encuentro extraños a los más, y pienso siempre: “¿Qué hacen, a qué se dedican todos estos?”. Yo desaparezco prácticamente entre la masa de esos muchos. A mediodía, cuando dan las doce y me apresuro a dirigirme a casa desde el banco donde trabajo, todos se apresuran conmigo, uno intenta adelantar al otro, otros quieren dar pasos más largos que los demás, y sin embargo mientras tanto piensas: “Si todos van a casa”. De hecho todos van a casa, porque no hay entre ellos ninguna persona singular que no sea capaz de encontrar el camino a casa. Soy de estatura media, por lo que me alegro de no ser ni llamativamente bajo ni explosivamente alto. Tengo la altura justa, como se dice en alto alemán. Cuando estoy comiendo a mediodía, pienso siempre que en realidad podría comer igual de bien, o tal vez mejor, en otro lugar donde quizá reinara un ambiente más alegre a la mesa, y luego pienso dónde podría acontecer eso, dónde hallar la conversación más animada y una comida mejor. Recorro con la memoria todos los barrios y edificios que conozco para descubrir algo adecuado para mí. En general, tengo en alta estima mi persona, bueno, en realidad solo pienso en mí, y siempre procuro darme la mejor vida que cabe imaginar. Como soy de buena familia, mi padre es un respetado comerciante de provincias, encuentro con facilidad todo tipo de objeciones que hacer a las cosas que pretenden abordarme, y a las que debo enfrentarme, por ejemplo: todo me parece demasiado poco selecto. Siempre tengo la sensación de que hay algo en mí valioso, sensible y frágil que hay que tratar con cuidado, y no considero a los demás ni mucho menos tan valiosos y delicados. ¡Por qué sucederá eso! Es justo como si uno fuera demasiado refinado para esta vida. En cualquier caso, es una limitación que me impide destacar, porque cuando, por ejemplo, tengo que cumplir un cometido, siempre necesito meditar primero media hora, ¡a veces incluso una entera! Reflexiono y me entrego a mis ensoñaciones: “Pongo manos a la obra, o lo demoró”. Y entretanto, eso lo noto, algunos de mis colegas se habrán dado cuenta ya de que soy una persona indolente, mientras solo cabe considerarme demasiado sensible. Ay, qué mal lo juzgan a uno. Un cometido que siempre me asusta, me induce a pasar la palma de la mano de un lado a otro por la tapa del escritorio, hasta que descubro que me están observando con sorna, o me acaricio las mejillas con la mano, me toco por debajo de la barbilla, me paso la mano por los ojos, me froto la nariz y me aparto el cabello de la frente, como si mi trabajo estuviera allí, y no en el pliego de papel extendido ante mis ojos en el escritorio. A lo mejor me he equivocado de profesión, y, sin embargo, estoy seguro de que me sucedería lo mismo con cualquier otra, haría lo mismo y lo estropearía. Debido a mi supuesta indolencia, gozo de escasa consideración. Me llaman soñador y dormilón. ¡Oh, cuánto talento posee la gente para colgarle a uno títulos irrespetuosos! No obstante, es verdad: no me gusta mucho el trabajo, porque siempre me figuro que entretiene y apenas estimula mi inteligencia. Y aquí llegamos a otro punto crucial. No sé si tengo inteligencia, y me resisto a creerlo, porque ya me he convencido con frecuencia de que me hago el tonto siempre que me encargan algo que exija juicio y sagacidad. Esto, de hecho, me deja perplejo y me induce a preguntarme si no seré una de esas personas raras que solo son inteligentes cuando se lo figuran, y dejan de serlo en cuanto tienen que demostrar que lo son de verdad. Se me ocurre un sinnúmero de cosas inteligentes, hermosas, sutiles, pero tan pronto he de aplicarlas, me fallan y me abandonan, y yo quedo como un aprendiz torpe. Por eso no me gusta mi trabajo, porque por una parte se me antoja muy poco intelectual, y por otra me supera en cuanto adquiere visas de intelectual. Pienso siempre cuando no debo pensar, y cuando estaría obligado a hacerlo, no soy capaz. Por esta razón disonante también abandono siempre la sala de la oficina unos minutos antes de las doce y siempre llego unos minutos más tardes que los demás, lo que ya me ha acarreado una fama bastante mala. Pero me resulta indiferente, tan indeciblemente indiferente, lo que digan de mí. Por ejemplo, sé muy bien que me consideran un burro, pero siento que si tienen derecho a suponerlo, yo no puedo impedírselo. Además, lo cierto es que hay algo asnal en mi rostro, en mi conducta, en mis andares, en mi habla y en mi carácter. No hay duda, por mencionar algún ejemplo, de que tengo en los ojos una expresión algo estúpida que confunde con facilidad a la gente proporcionándole una pobre opinión de mi inteligencia. Mi carácter posee muchos rasgos de puerilidad amén de vanidad, mi voz tiene un sonido peculiar, como si ni yo mismo, el hablante, supiera que hablo cuando hablo. Tengo un no sé qué de somnoliento, de no-totalmente-despabilado, y ya he señalado que se nota. Siempre me aliso del todo el pelo sobre la cabeza, eso acaso aumente la impresión que doy de obstinada y desvalida mentecatez. Luego me quedo parado junto al escritorio, y puedo pasarme media hora mirando la sala o por la ventana. Sostengo en la mano inactiva la pluma con la que debería escribir. Parado, me apoyo ora en un pie, ora en otro, ya que no me está permitida una movilidad mayor, observo a mis colegas sin darme cuenta de que a sus ojos, que me miran de reojo, soy un vago deplorable carente de escrúpulos, sonrío cuando alguno me mira y sueño sin pensar. ¡Soñar! Ojalá pudiera hacerlo, no tengo ni idea de lo que es. ¡Ni la más mínima! Siempre pienso que si tuviera un montón de dinero no trabajaría, y me alegro como un niño de haber podido pensar eso cuando la idea ya está imaginada. El salario que percibo me parece demasiado parco, y no me pasa por las mientes decir que ni siquiera eso me gano con mi trabajo, a pesar de saber que no hago prácticamente nada. Curioso, no tengo talento para sentir un ligero sonrojo. Si alguien, un superior por ejemplo, me echa una reprimenda, me enfado sobremanera, pues me ofende que me reprendan. No lo soporto, a pesar de decirme que me he merecido la regañina. Creo que me resisto al reproche del superior para poder alargar un poco la conversación con él, quizá media hora, después ha transcurrido otra media hora en cuyo transcurso al menos no me he aburrido. Si mis colegas creen que me aburro, desde luego tienen razón, porque me aburro como una ostra. ¡No hay ni la menor distracción! Aburrirme y meditar sobre cómo podría frenar el aburrimiento: en eso consiste mi única ocupación. Rindo tan poco que me digo: “¡La verdad, no rindes nada!”. A menudo, tengo que bostezar, de manera totalmente involuntaria, abriendo la boca hacia el techo de la habitación, y después me paso la mano para tapar despacio la boca abierta. Luego me parece oportuno retorcerme el bigote con la punta de los dedos y quizá tamborilear sobre el escritorio con la superficie interna de uno de mis dedos, igual que en un sueño. A veces todo se me antoja un sueño incomprensible. Entonces siento lástima de mí mismo y me gustaría llorar. Pero cuando la ensoñación se disipa, querría tirarme al suelo cuan largo soy, desplomarme, hacerme mucho daño contra el borde de la mesa, para poder experimentar el divertido disfrute del dolor. Mi alma no está del todo libre de dolor por mi situación, porque a veces, si aguzo bien la oreja, percibo dentro un leve tono lastimero de reproche, parecido a la voz de mi madre aún viva, que siempre me ha considerado una persona recta, al contrario que mi padre, que posee principios mucho más rígidos que ella. Pero mi alma me parece demasiado oscura y carente de valor como para que yo aprecie lo que expresa. No estimo demasiado su tono. Pienso que solo por aburrimiento escucha uno el murmullo del alma. Cuando estoy en la oficina, mis miembros se convierten despacio en madera a la que uno desearía prender fuego para que se queme: mesa y hombre se hacen uno con el paso del tiempo. El tiempo, eso siempre me da qué pensar. Pasa deprisa, pero a pesar de la celeridad, parece encorvarse de pronto, romperse, y entonces es como si ya no existiera el tiempo. A veces se lo oye murmurar como una bandada de pájaros alzando el vuelo, o por ejemplo en el bosque: allí siempre oigo el murmullo del tiempo, y eso te reconforta mucho, porque entonces la persona ya no tiene que pensar. Pero casi siempre es diferente: ¡reina un silencio sepulcral! ¡Puede ser una vida humana que uno no perciba su avance, su proximidad al final! Hasta ese momento mi vida me parece bastante vacía, y la certeza es que seguirá siéndolo, transmite algo interminable. Algo que te ordena dormirte y hacer únicamente lo más indispensable. Así me comporto yo: solamente finjo que trabajo con ahínco cuando noto detrás de mí el aliento maloliente de mi jefe, que se acerca sigiloso para sorprenderme en la indolencia. El aire que exhala lo delata. El buen hombre siempre me procura una pequeña variación, por eso todavía siento un gran aprecio por él. ¿Pero qué me induce en realidad a respetar tan poco mis obligaciones y mis instrucciones? Soy un hombrecillo insignificante, pálido, tímido, débil, elegante, remilgado, lleno de sensiblerías inútiles para enfrentarse a la vida y, si alguna vez me fuera mal, no podría soportar la dureza de la existencia. ¿No puede infundirme temor alguno pensar que me despedirán de mi empleo si continuó así? Al parecer, no, más por otra parte, ¡sí! Me asusto un poco, y luego vuelvo a no asustarme. A lo mejor soy muy poco inteligente para asustarme, sí, casi me parece como si la terquedad pueril que empleo para vengarme de mis congéneres es una prueba de imbecilidad. Pero encaja de maravilla en mi carácter, que siempre me ordena comportarme de un modo extraordinario, aunque sea en perjuicio mío. Así por ejemplo llevo a la oficina, lo que tampoco está permitido, libros pequeños, que abro cortándolos, y los leo sin sentir auténtico placer por la lectura. Pero parece la refinada rebeldía de una persona culta, más que los otros desean ser. Porque yo siempre aspiro a más, tengo una tenacidad de perro de caza por sobresalir. Si estoy leyendo el libro y un colega se me acerca con la pregunta, que quizá sea totalmente oportuna, “¿Qué está leyendo, Helbling?”, me enfado, porque en este caso está indicado mostrar un carácter colérico que ahuyente a los preguntones que se arriman. Soy enormemente engreído cuando leo, miro a todas partes en busca de personas que se fijen en mí, en la inteligencia con la que formo mi mente y mi ingenio, corto con espléndida lentitud una página tras otra, ya ni leo, sino que me basta con haber adoptado la actitud de una persona enfrascada en la lectura. Así soy yo: farsante e interesado en hacer efecto. Soy vanidoso, pero la satisfacción de mi vanidad es singularmente barata. Mis ropas son de aspecto basto, pero me afano cambiando de traje, porque me complace demostrar a los colegas que poseo varios y que tengo cierto gusto en la elección de colores. Me gusta venir de verde, porque me recuerda al bosque, y también voy de amarillo en días ventosos, frescos, porque armoniza con el viento y el baile. Puede ser que me equivoque en esto, no lo dudo en absoluto, porque me reprochan bastante mis numerosas equivocaciones al día. Al fin y al cabo, uno mismo piensa que es un mentecato. Pero qué importa ser un necio o un hombre respetable, cuando la lluvia cae igual tanto sobre un burro como sobre una persona respetable. ¡Por no hablar del sol! Yo me siento feliz, cuando dan las doce, de poder ir a casa al sol, y cuando llueve abro mi amplio y panzudo paraguas sobre mi cabeza, para que no se me moje el sombrero que tanto aprecio. Trato a mi sombrero con mucha delicadeza, y siempre me parece que si puedo tocarlo con la delicadeza que acostumbro, sigo siendo una persona muy feliz. Lo que más me gusta es ponérmelo con cuidado sobre la coronilla cuando termina la jornada laboral. Eso siempre me indica la adorada terminación de la jornada. Porque mi vida se compone de meras pequeñeces, me repito una y otra vez, y me parece extraordinario. Nunca he creído oportuno entusiarmarme por los grandes ideales que conciernen a la humanidad, porque en el fondo soy más crítico que entusiasta, de lo que me felicito. Soy alguien que considera denigrante encontrarse a una persona ideal con pelo largo, sandalias en las piernas desnudas, mandil de cuero alrededor de las caderas y flores en el pelo. En semejantes ocasiones sonrío con timidez. Preferiría con creces reír a carcajadas, pero es imposible, en realidad también es más para enfadarse que para reír, vivir entre personas que no gustan de una coronilla lisa como la que lucía. Por eso me gusta enfadarme por eso me enfado siempre a la menor oportunidad. Suelo hacer comentarios maliciosos, y sin embargo apenas necesito descargar mi malicia sobre los demás, puesto que sé de sobra lo que significa padecer el sarcasmo ajeno. Pero de eso se trata: no hago el menor comentario, ni acepto lecciones, sigo procediendo igual que el día que salí de la escuela. Sigo teniendo muchas cosas de colegial, que a buen seguro me acompañarán durante toda la vida. Hay personas que carecen de aptitud para enmendarse y de talento para formarse con la conducta ajena. No, yo no me formo, pues me parece indigno de mí entregarme al afán de cultura. Además, ya he recibido la educación suficiente para llevar un bastón en la mano con cierta distinción y anudarme un lazo alrededor del cuello de la camisa y coger la cuchara con la mano derecha y decir, contestando a una pregunta pertinente: “Sí, gracias, la velada de ayer fue encantadora”. ¿Qué más podría sacar de mí la educación? Con la mano en el pecho: creo que la educación llegaría a la persona equivocada. ¡Yo ambiciono dinero y cómodas dignidades, ese es todo mi interés por la educación! Me siento muy superior a un peón, aunque él, si quisiera, podría arrojarme con el índice de su mano izquierda a un hoyo en la tierra, donde me ensuciaría. La fuerza y la belleza en personas pobres y de atuendo modesto no me impresionan. Cuando veo a una persona así, pienso siempre en la suerte que tiene la gente como yo con la superior posición en el mundo, comparado con uno de esos bobos cansado de trabajar, y ninguna compasión sobrecoge mi corazón. ¿Dónde tendría yo un corazón? He olvidado que lo tengo. Esto es sin duda triste, pero dónde me parecería indicado sentir tristeza. La tristeza solo se siente cuando uno sufre una pérdida económica, o no acaba de sentarle bien el sombrero nuevo, o cuando, de improviso, se desploman los valores de la Bolsa, y entonces todavía tiene que preguntarse si eso es tristeza o no, y bien mirado no lo es, sino un simple pesar pasajero que se disipa como el viento. Es algo, no, cómo podría expresarlo: es asombrosamente extraño carecer de sentimientos, no saber en absoluto lo que es sentir. Sentimientos sobre la propia persona los tiene cualquiera, y en el fondo se trata de sentimientos reprobables, insolentes para con la colectividad. ¿Pero sentimientos a todos? Acaso uno tenga a veces ganas de plantearse esa pregunta, note algo parecido a una ligera añoranza por convertirse en una persona buena, complaciente, pero ¿cuándo tendría tiempo de hacerlo? ¿A eso de las siete de la mañana o cuándo si no? Ya el viernes y después durante todo el sábado siguiente me pregunto qué podría hacer el domingo, porque en domingo siempre hay que hacer algo. Pocas veces salgo solo. Suelo unirme a un grupo de gente joven; como uno se une, es muy sencillo, uno se limita a acompañarlos, a pesar de saber que es un compañero bastante aburrido. Cruzo el lago en un vápor, por ejemplo, o paseo por el bosque, o viajo en tren a parajes preciosos más alejados. Con frecuencia acompaño a bailar a chicas jóvenes, y he vivido la experiencia de que gusto a las chicas. Tengo una cara pálida, manos bonitas, un elegante frac ondeante, guantes, anillos en los dedos, un bastón guarnecido de plata, zapatos bien lustrados y un carácter delicado, dominical, una voz muy singular y cierta desgana alrededor de la boca, algo para lo que yo mismo no tengo palabras, pero que parece gustar a las chicas jóvenes. Cuando hablo, parece como si hablase una personalidad. Lo presuntuoso gusta, de eso no hay duda. Por lo que se refiere al baile, bailo como alguien que acaba de recibir y aprovechar clases de baile: con garbo, sutileza, precisión, exactitud, pero con excesiva celeridad y rigidez. Mi baile es minucioso y ligero, pero sin donaire. ¡Cómo podría yo ser tan apto para el donaire! Sin embargo me encanta bailar. Cuando bailo, me olvido de que soy Helbling, porque entonces no soy más que una nube feliz. La oficina con sus diversos tormentos no me traería el menos recuerdo. A mi alrededor se ven rostros enrojecidos, perfume y esplendor de los vestidos de las chicas, ojos juveniles que me miran, y vuelo: ¿puede uno imaginar mayor felicidad? Ahora lo tengo: una vez a la semana puedo ser feliz. Una de las chicas a la que siempre acompaño es mi novia, pero me trata mal, peor que las demás. Además, como bien noto, tampoco me es fiel, casi no me quiere, y yo ¿la quiero? Tengo muchos defectos que he referido con franqueza, pero aquí creo que todos mis defectos y carencias se perdonan: la amo. Es mi sino amarla y desanimarme con frecuencia por su causa. En verano, me entrega sus guantes y su sombrilla de seda rosa para que se los lleve, y en invierno puedo trotar tras ella en la nieve honda para llevar sus patines de hielo. No comprendo el amor, pero lo percibo. El bien y el mal son inútiles contra el amor, que no conoce nada más que el amor. Cómo puedo decirlo: por indigno y vacío que soy siempre, no está todo perdido, pues soy realmente capaz de amar fielmente, a pesar de que he tenido sobradas ocasiones para la infidelidad. Navego con ella al sol, bajo el cielo azul, en un bote que hago avanzar remando por el lago, y le sonrío siempre, mientras ella parece aburrirse. Y es que también soy un tipo muy aburrido. Su madre tiene una taberna para obreros pequeña, miserable, con bastante mala fama, en la que paso los domingos sentado, callado, mirándola. A veces su rostro también se inclina hacia el mío, para dejar que estampe un beso en su boca. Tiene un rostro dulce, dulce. En su mejilla un antiguo rasguño cicatrizado deforma un poco su boca, pero para dulcificarla. Tiene ojos muy pequeños, con los que te mira entornándolos, como si quisiera decir: “¡Te voy a enseñar lo que es bueno!” A menudo se sienta a mi lado en el raído y sucio sofá de la taberna susurrándome al oído lo bueno que es estar prometidos. Yo rara vez sé qué decirle, porque siempre temo que sea inadecuado, así que me callo y, sin embargo, deseo vivamente contestar. Una vez acercó a mis labios su pequeña oreja perfumada: “¿No tendría nada que decirle que solo se pudiera musitar?” Contesté temblando que no, y entonces me propinó una bofetada mientras se reía, no con amabilidad, sino con frialdad. No se lleva bien con su madre y su hermana pequeña, por lo que no tolera que me muestre amable con su hermanita. Su madre, tiene una nariz colorada por la bebida, es una mujer menuda y vivaracha que gusta de sentarse a la mesa con los hombres. Mi novia también se sienta con los hombres. Una vez me dijo en voz baja: “Ya no soy casta”, con absoluta naturalidad, y no supe qué objetar. Qué habría podido decirle al respecto. Con otras chicas tengo cierto arrojo, incluso gracia verbal, pero con ella me quedo mudo y la miro y sigo con mis ojos cada uno de sus ademanes. Siempre me quedo allí sentado hasta que cierra la taberna, o todavía más, hasta que ella me manda a casa. Cuando la hija no está, su madre se sienta conmigo a la mesa e intenta difamar a la ausente. Yo me limito a rechazar con un gesto de la mano mientras sonrío. La madre odia a su hija y es palmario que ambas se odian porque son un obstáculo mutuo para sus respectivos propósitos. Ambas quieren tener un hombre, y ambas se envidian el hombre una a la otra. Cuando estoy por la noche sentado en el sofá, todo el mundo que frecuenta la taberna se da cuenta de que soy el novio, y todos desean dirigirme palabras amistosas, lo que me produce bastante indiferencia. La niña pequeña, que todavía va al colegio, lee sus libros a mi lado, o escribe en su cuaderno con letras grandes y largas y siempre me lo entrega para que revise lo escrito. Nunca he prestado atención a criaturas tan pequeñas, y ahora, de repente, me doy cuenta de lo interesante que es cualquier criaturita que está creciendo. De ellos tiene la culpa mi amor por la otra. Un amor sincero te vuelve mejor y más avispado. En invierno ella me dice: “Oye, qué bonito será en primavera pasear juntos por los senderos del jardín”. Y en primavera: “Me aburro contigo”. Quiere estar casada en una gran ciudad, porque desea disfrutar un poco de la vida. Los teatros y bailes de máscaras, vestidos bonitos, vino, conversación amena, personas alegres, acaloradas, le gustan, la entusiasman. En realidad, a mí también me entusiasman, pero ignoro cómo conseguir todo eso. “A lo mejor el próximo invierno pierdo mi empleo”, le conté. Ella me miró asombrada y me preguntó: “¿Por qué?” ¿Qué habría podido responderle? No puedo describirle todo mi carácter de un tirón. Ella me despreciaría. Hasta ahora cree que soy un hombre de ciertas prendas, un hombre, es verdad que algo ridículo y aburrido, pero que se ha labrado una posición en el mundo. Si ahora le dijera “Te equivocas, mi posición es extremadamente precaria”, ella no tendría motivo alguno para continuar deseando tener relaciones conmigo, ya que vería destruidas todas sus esperanzas relacionadas con mi persona. Yo lo dejo correr, soy un maestro en desentenderme de ciertos asuntos, como suele decirse. A lo mejor tendría suerte si fuera profesor de baile o propietario de un restaurante o director de cine, o tuviera cualquier otra profesión relacionada con la diversión de la gente, porque soy así, soy uno de esos seres bailoteantes, flotantes, pernivolteantes, frívolos, garbosos, callados, siempre reverenciosos y tiernos, que se sentiría afortunado de ser tabernero, bailarín, director de escena o algo parecido a sastre. Si tengo ocasión de hacer un cumplido, soy feliz. ¿No es revelador? Yo hasta hago reverencias, lo que no es nada común, o cuando solo lo hacen los obsequiosos y los tontos, tan enamorado estoy de ese asunto. Para un trabajo serio de hombre no tengo carácter, ni sentido común ni oído ni vista ni tacto. Es para mí lo más alejado que pudiera haber en el mundo. Quiero enriquecerme, pero solo ha de costarme un guiño de ojos, a lo sumo un perezoso extender la mano. Por lo general la aversión al trabajo no es del todo natural a los hombres, pero a mí me adorna, me va bien, aunque sea un vestido triste el que me sienta tan bien y aunque el corte sea lamentable; por qué no debía decir yo “Me sienta bien”, si todos los ojos ven que no me hace arrugas. ¡La aversión al trabajo! Ya no quiero añadir una palabra más al respecto. Dicho sea de paso, creo siempre que el clima, el aire húmedo del lago, tienen la culpa de que no empiece a trabajar y ahora, agobiado por esta certeza busco empleo en el sur, o en las montañas. Podría dirigir un hotel, o una fábrica, o administrar la caja de un banco pequeño. Un paisaje soleado, despejado, tendría que ser capaz de sacar a la luz talentos que hasta ahora han dormido en mi interior. Tampoco estaría nada mal una tienda de frutas tropicales. En cualquier caso, soy una persona que siempre cree ganar interiormente una barbaridad mediante los cambios externos. Otro clima también originaría otro almuerzo, y eso es quizá lo que me falta. ¿Estaré enfermo? Me faltan tantas cosas, en realidad carezco de todo. ¿Debería ser una persona infeliz? ¿Debería poseer predisposiciones extraordinarias? ¿Será una enfermedad plantearse continuamente tales preguntas? En cualquier caso, no es algo totalmente normal. Hoy he vuelto a llegar al banco diez minutos tarde. Ya no soy capaz de ser puntual, como otros. En realidad yo, Helbling, debería estar completamente solo en el mundo, sin ningún otro ser viviente. Ni sol ni cultura, yo desnudo sobre una roca alta, sin tempestades, ni siquiera una ola, sin agua, sin viento, sin calles, sin bancos, sin dinero, sin tiempo y sin aliento. En cualquier caso, entonces ya no tendría miedo. Sin miedo y sin preguntas, tampoco volvería ya a llegar tarde. Podría tener la idea de que yacía en la cama, durante toda la eternidad. ¡Eso quizá sería lo más delicioso!

(1913)

Robert Walser

Traducción del alemán de Rosa Pilar Blanco

¿Quién coño es Santi Ochoa?

Confesiones a tumba abierta sobre fotografía, matrimonio civil y animal, drogas, violencia y mucho más a cargo de nuestro colaborador Santi Ochoa.

Documental realizado por Ricardo Mena e Ignacio Cartón, que lo disfruten amigxs

Coches quemados

“En el automóvil acaban reflejándose y resumiéndose los prestigios del consumo. Espejo de una sociedad sin historia, salvo cuando arde”.

-Jean Baudrillard

Los 10 mandamientos de Saffiyah Kahn

Saffiyah Kahn es la protagonista de una imagen icónica de la lucha contra el racismo.

El 8 de abril de 2017 en Birmingham, Saffiyah de origen paquistaní y bosnio, se enfrentó en el transcurso de una manifestación de extrema derecha con  Ian Crossland, líder del grupo de la Liga de Defensa Inglesa (EDL, en sus siglas en inglés). Después de que la foto se hiciera viral, Crossland escribió en Facebook: “Tiene suerte de que todavía le queden los dientes”.

An English Defence League EDL protestor right clashes with a member of the public during a demonstration in the city of Birmingham England Saturday April 8 2017 in the wake of the Westminster attack Joe Giddens PA via AP

Recientemente , la mítica banda de ska Specials, acaba de lanzar una colaboración con Shafiyyah, titulada los “10 mandamientos”.

Una continuación de su compromiso político a través de la música. Ocasión ideal para recordar uno de sus grandes temas clásicos, “si tienes un amigo racista, ahora es el momento de acabar con una amistad…”

De Putas. Un ensayo sobre la masculinidad // Nuria Güell

Trailer del proyecto “De Putas. Un ensayo sobre la masculinidad” de Nuria Güell para la exposición Patria y Patriarcado que inaugura este sábado en el MUSAC

Según es presentado por la propia artista:

Decidí contratar los servicios de varias prostitutas para que me contasen, a través de su experiencia y conocimiento, cuál era su idea sobre la masculinidad. El resultado de estos encuentros se muestra mediante un video que se repite en loop una y otra vez. En el museo me han recomendado que advirtiese a los espectadores de que “el contenido de la obra puede herir la sensibilidad de las personas adultas”.

Obedece

Gran concierto el pasado lunes de El Coleta en las fiestas de San Isidro al grito de Salud y Anarquía