La realidad, la verdad y sus submundos

Lo incierto permite la posibilidad de todas y cada una de las cosas. Y ahí radica el secreto. Hay que creer en la posibilidad de todas y cada una de las cosas (Duane Michals)

Llevo años acercándome al trabajo asambleario y cooperativo, creando o participando en iniciativas de reflexión y acción libertaria. En ocasiones me pregunto qué ocurriría si mañana, por fin, apareciera la Libertad. Nuestra manera personal de relacionarnos, hasta el momento, ha sido bastante más civilizada que la que mostramos en nuestras relaciones virtuales. Pero el caso es que somos tantos y tan distintos que…¿cómo podríamos hacer respetar esa “posibilidad de todas y cada una de las cosas”? Atendiendo, sobre todo, al cuidado. Al reconocimiento del derecho a ser particular de cada cual dentro de lo comunitario.

En estos días analizaba uno de los capítulos de la serie Contacts que muestra el proceso creativo de algunos destacados artistas visuales, concretamente el dedicado a Duane Michals, para un colectivo fotográfico con el que trabajo. En estos días, se han acentuado mis dudas con respecto al concepto de verdad y realidad y mi miedo con respecto a la lejanía de una sociedad libre.

Este texto en origen se centraba en el desarrollo del proyecto fotográfico en torno a los temas “cuerpo e identidad” y “territorio y sociedad”, pero, con ocasión de orientarlo hacia la captura fotográfica de esa realidad que vivimos, como herramienta de distracción durante el confinamiento, para aprovechamiento de mi alumnado y compañeros de las múltiples convocatorias fotográficas existentes, no he podido evitar reflexionar entre líneas, conforme lo iba escribiendo, sobre algunas inquietudes propias, sociales y personales, en este Estado de Alarma.

De alguna manera, esta pandemia y mi estado de ánimo se han mezclado con el análisis realizado ya que, conforme veía el vídeo en el que Michals explicaba la relación de sus trabajos con sus inquietudes y pensamientos, se iban conectando en mí algunas conclusiones acerca de lo pensado y lo sentido en estos días. El surrealismo ha sido, sin duda, una herramienta creativa de pensamiento y revolución. En estos momentos, es casi lo único que me salva de la realidad de fuera.

La manera de acercarse de Michals al concepto de realidad me ha servido de mucho en un momento en el que derivo entre hablar o permanecer callada con respecto a mi propia verdad de este asunto de la Pandemia. Exponerme u ocultarme es una diatriba habitual propia para sobrevivir en esta sociedad de artistas famélicos de ego. Pero es también un ejercicio de autoafirmación existencial del mío propio. Hablo, luego existo. Me expongo, luego existo. Como si ese poner el dedo en la llaga me afirmara mi propia existencia a partir de la experiencia del dolor. Duelo, luego soy.

En estos momentos sociales, además, todo el mundo es creador, creador de razones con las que convencer a otros. Y yo me encuentro de repente intentando explicar mi realidad, no para que prevalezca sobre otra, sino para sentir que tengo, al menos, derecho a vivirla. El cuestionamiento de la propia existencia, el cuestionamiento del derecho a existir como ser que piensa y que siente, que vive y crea su propia realidad, es verdaderamente lo que nos hace tratar tan visceralmente los asuntos de opinión. Defender la propia realidad como si la mirada de afirmación del otro fuera el único medio para legitimarla.

Observo el ostracismo al que estamos sometidos quienes osamos poner en duda el paradigma médico y científico actual. En estos días hemos pasado a ser considerados de estúpidos analfabetos a peligrosos delincuentes, lo que es peor, por nuestros propios compañeros. Y todo eso sin salir de casa. Afincados en la imagen de la imagen que proyectamos a través de esa única ventana que nos han permitido utilizar para las relaciones sociales. Situados en un entorno que es una réplica de la realidad que se ha convertido en submundo. Donde el concepto de verdad debería ponerse en cuarentena.

Después de oír a Michals, no hago más que pensar acerca de la irrealidad, la estrepitosa irrealidad de la imagen fabricada con la que trabajo cada día, de la que conozco sus características como conoce la arcilla el alfarero. Y siento así, también, la certeza de que el arte es un canal de expresión vital que sirve de bálsamo al que, solitario, se identifica con él en su submundo. Eso me hace querer crear, exponerme, dolerme. Para saber que existo y que otros que dudan de su existencia se reconozcan al mirarse en mi espejo.

INVENTAMOS NUESTRO UNIVERSO MIENTRAS AVANZAMOS

Duane Michals habla en uno de sus trabajos de la relación de indeterminación de Heisenberg. Le llama “El espejo mágico de la incertidumbre de Heisenberg”. Como fotógrafa, así como también como ser que vive en una realidad interpretable, siento que, de alguna manera, todo lo que somos está condicionado por el sesgo del observador.

Hoy hay tantos gritos sobre certezas basadas en imágenes verosímiles que ¿son veraces?. Desde las de un microscopio, pasando por ecografías, la imagen periodística o la del meme, el bulo o el viral. Todas están hechas de la misma materia. Todas son interpretadas desde un punto de vista en su lectura, como así fueron producidas en su origen. Todas conducen a esta distopía retransmitida en multimedia como si fuera real. Pero ¿y si no lo fuera?, ¿y si no tuviéramos la posibilidad de “conocer el mundo en toda su magnitud”?

Michals se sabe a sí mismo como reflejo “fotografiando otros reflejos en un reflejo”. Nos avisa de que, al mirarnos dentro, no sabemos nunca a ciencia cierta qué reflejo propio veremos en el espejo. Reflexiona acerca de que la realidad, la que vemos ahí fuera, está hecha de contradicciones y que es importante contradecir lo que se cree estar viendo.

Me es curioso cómo entre fotógrafos y periodistas, a pesar de los conocimientos que adquirimos en nuestra formación reglada, y los que experimentamos, como Duane Michals, a través de la propia práctica fotográfica, sigue existiendo una resistencia a reconocer que sí, que -como dice Joan Fontcuberta- “el buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”.

En estos días enseño a mis alumnos de Estudios Superiores de Diseño a hacer fotografía de moda profesional de catálogo con sus móviles y en casa. Y al mismo tiempo explico a mis alumnos de 2º de Bachillerato la diferencia entre Publicidad Institucional y Propaganda. Estudiamos el decálogo de Goebels. Y yo me miro en el espejo de la sociedad que me refleja cuando me asomo al balcón o a la ventana de la televisión o de las redes sociales y pienso. Pienso en el principio de incertidumbre de Heisenberg. Pienso en la mirada de los fotógrafos que mienten bien la verdad. Pienso en cómo miro yo mi propia realidad. Hacia afuera y hacia adentro.

FOTOGRAFIAR LA VERDAD

En mi tesina de Doctorado investigué el tratamiento informativo que dio la televisión a la también llamada “Crisis de los refugiados” del año 2000. Analizaba la estructura narrativa de las noticias, y cómo había evolucionado desde el paradigma de Lasswell (las 6 W) hasta la misma construcción semiótica que advirtió Vladimir Propp a partir de los cuentos maravillosos en “Morfología del cuento”.

En estos momentos creo que a todos nos es evidente que las noticias nos las cuentan con una estructura narrativa bien calculada, con sus arquetipos binarios bien polarizados. El problema es que trasladamos esa estructura semiótica de la imagen, que al fin y al cabo es una creación humana, y por tanto más simple e imperfecta que quienes las creamos, a nuestras propias vidas, a nuestras propias relaciones, realidades y submundos. De manera que, de tanto consumir esquemas mentales sencillos, simplificamos la imagen que tenemos de la sociedad y la realidad cuando verdaderamente los matices de la existencia de ambas son mucho más complejos y no podríamos asimilarlos ni controlarlos nunca. Ni en ciencia, ni en medicina, ni en información, ni en modos de organizar y entender la sociedad.

A pesar de la imagen de héroes de políticos y sanitarios como demiurgos creadores de la paz social y la salud mundial que vemos cada día en los telediarios (en esos informativos con narraciones arquetípicas e irrealidades fabricadas que acabamos por creer que conforman nuestra vida, esa que ahora queda al otro lado de la otra ventana) la realidad es inabarcable y el ser humano incompleto.

En estos días, multitud de fotógrafos se afanan en explicar en redes la relación entre punto de vista y focal en las imágenes virales de la ocupación de las calles por padres y niños en la “desescalada”. A favor o en contra, los hooligans de uno y otro equipo, manipulan argumentos con los que explicar sus propias verdades. Sin darse cuenta de que todas la teorías son válidas. Todas son verdaderas para aquel que la sostiene.

LA IMAGEN MANCHA

Sobran análisis acerca de cuestiones técnicas, estructurales y políticas. Pero, por otro lado, está la contaminación y sobresaturación de imágenes. Desde las videoconferencias del teletrabajo, a la atención continuada al NODO con el temor o la esperanza del deshielo, el “momento bar” de las discusiones telemáticas o la búsqueda de información veraz. Todo está contaminado de imágenes, ilusiones de realidad interpretables a modo de correspondencia electrónica que un emisor ha lanzado para que yo la coteje.

«Creo que mis emociones, mis sueños, mis miedos, -explica Michals- todo esto es más real que lo que solemos fotografiar». Y nos muestra un ejemplo que podría representar también simbólica y metafóricamente el estado de ánimo de muchos en este confinamiento. 

«El desdichado» es una persona a la que el Gobierno ha prohibido amar. Y al que «nunca se le pasó por la cabeza infrigir la ley». Convirtiéndose por ello en un ser deforme. Fotografiar la angustia a Michals le parece algo imposible, sin embargo a través de sus imágenes logra transmitirla.

La imagen mancha. Yo he tenido que apartarme de la imagen del miedo estos días porque soy hipersensible a pesar de estar expuesta a ella de continuo. Aunque la ira y el desprecio manchan aún más. También he tenido que apartarme de la ansiedad del otro luchando contra mi propia verdad para poder hacer existir la suya.

Y es que, en realidad, todos necesitamos consumir verdades fabricadas a nuestra medida. La que sintonice con la calma que mi ansiedad necesita, la que me diga que puedo estar tranquila porque lo que pienso es verdad, que es la verdad más verdadera de todas, y que por eso tengo derecho a pensarla y a existir dentro de ella.

FOTOGRAFIAR COMO AUTOCUIDADO

“Las apariencias –dice Michals- nos muestran lo que esperamos ver y no lo que somos. Con ellas intentamos tranquilizarnos, pero no conocernos”

Ir desnudando, como por capas de cebolla, esa rigidez de las apariencias con las que nos vestimos para estar tranquilos. Al ritmo y voluntad de quien quiera profundizar en ellas. Llegar a la esencia, a la autenticidad del sentimiento guardado. Esa es otra de las funciones de la fotografía como testimonio de la realidad.

Acercarme una realidad de fuera que es verosímil, pero que puede no ser verdadera (el instinto, en realidad, me hace interpretarla inconscientemente como falsa) supone un tipo de uso de la imagen, pero acercarme mi propia verdad a través de la misma, o incluso acercarles a otros la que quisieran que tuvieran al verme, es otro, que me hace ser consciente de qué rol elijo como creador de la imagen de mí mismo.

En estos momentos en los que la vida se para, desde muchos frentes nos animan a ocultar la emoción, a dejarla escondida y mostrar la alegría, sólo la alegría compartida se considera solidaria. Sin embargo, sobre todo porque llevo años trabajando con emociones y comprendiendo las consecuencias psicosomáticas que tiene la represión emocional en el cuerpo físico, me parece inadecuado que se enfrente un estado de salud como el que vivimos potenciando hábitos insaludables.

Reir, compartir la belleza, mantener la energía y el ánimo en nosotros y en los nuestros por supuesto que es lo que debemos hacer para estar sanos. Pero por supuesto que también debemos permitirnos mirar al espejo, cara a cara, cuando estamos tristes, siendo conscientes de la melancolía que nos causa la lluvia, la nostalgia que sentimos ante la lejanía de los otros, la preocupación, el miedo, ante la enfermedad de los nuestros o la propia, la incertidumbre, incluso, que causa la idea de la muerte.

Verbalizar las preocupaciones, sin quedarnos anclados a ellas ni hundirnos en el gris que pesa, es darles alas para ir fuera, para no quedarse doliendo dentro. Decir lo que hay que decir, ya sea mediante el enfrentamiento o el abrazo, dejar ser al conflicto, al desorden, a la exultante (para algunos a veces incluso insultante) espontaneidad del entusiasmo. A la pasión del amor y de la guerra. Es, la mayoría de las veces, un antídoto contra cualquier contagio.

En estos momentos de manifestaciones políticas e intelectuales varias, de deshacernos y rehacernos amistades virtuales, de masticar silencios en las conversaciones telefónicas con la familia, crear y decir a través de nuestras creaciones también puede ser una buena terapia.

El proceso de duelo en estos momentos de pandemia y encierro, cualquiera que sea el duelo que atravesamos, pasa por identificarlo, ritualizarlo, de alguna manera, porque esa fase es imprescindible para sanarnos. El tiempo y el espacio son buenas herramientas para poner distancia en un entorno y momento en el que todo se ha comprimido de manera artificial.

La fotografía, en definitiva, es una herramienta para escenificar el miedo y enfrentarse a él. Para imponer verdades desde el miedo, propio o contagiado. Para compartir nuestra verdad o nuestra realidad. O para construir nuestro propio mundo donde escondernos, mientras pasa la tormenta.

“Me equivocaba -dice Michals- al pensar que la apariencia de las cosas era su realidad. Creía que una foto de esas apariencias era una foto de la realidad. La triste verdad es que nunca podemos fotografiar la realidad”.

El vídeo de la serie Contacts al que se refiere este artículo se puede ver aquí:
https://lalulula.tv/documental-2/contacts/contacts-%c2%b7-duane-michals

Infección/Defección

El enemigo está dentro: el individuo autosuficiente contemporáneo tiene un pasajero dentro de su cuerpo. Un giro en la percepción de lo trascendente nos ha llevado de lo infinitamente grande y separado a lo inconcebiblemente pequeño y adquirido. Nuestro concepto de individuo separado está en crisis no sólo por razones políticas, sociales, culturales o psicológicas. Tampoco en sentido biológico podemos hablar de un sistema orgánico autosostenido mediante interacción con un entorno inanimado; tal sistema sería estable y se limitaría a consumar su destino. Innumerables microorganismos nos habitan, completamente adaptados a nuestros procesos fisiológicos y reproductivos, entregados como oferta en el mismo pack consumible de la vida. Algunos son a veces molestos, otros pasan simplemente inadvertidos y muchos resultan imprescindibles para consumar los procesos vitales a que estamos adaptados; ni siquiera seríamos sin ellos.

Pensemos en una comunidad tan heterogénea que una parte de sus miembros ignora qué percepción del mundo se da en la otra, o desconocen mutuamente su existencia porque la desarrollan dentro del mismo soporte, pero en contextos totalmente diferentes. No están hechos para percibirse, y sin embargo interactúan de forma simbiótica. En esta comunidad de especies que han alcanzado un estado de equilibrio dentro del sistema compartido se infiltran permanentemente elementos invasores. Hacia fuera, este sistema inestable forma parte de otro(s) sistema(s) inestable(s) con los que se relaciona, buscando siempre su posición y su equilibrio. Sería difícil establecer una jerarquía en este juego de equilibrios y derivas: los planos separados tienden a mezclarse, ‘lo desconocido’ siempre llega como una noticia de esos otros planos de realidad, se produjo en ellos como un desarrollo autónomo que ahora interfiere el nuestro, trascendencia que hoy se concibe como producción: el virus que llega del espacio exterior.

El Virus sería un elemento simple cuyo único objetivo es la propia reproducción en otros seres. El elemento invasor no es esencialmente maligno ni busca destruir el sistema que empieza a parasitar, sino todo lo contrario, ya que sus propias posibilidades de reproducción dependen por completo de las posibilidades de reciclaje de dicho sistema, tanto como su propia existencia no se manifiesta sino como un cambio en la forma del mismo. Sin embargo tiende a provocar siempre un desajuste cuando esta forma de existencia no ha sido plenamente adaptada. Si el elemento ya ha sido procesado el sistema dispondrá de anticuerpos que desactivarán el mensaje desequilibrante, pero este mecanismo no está garantizado, ya que los microorganismos, en función de su simplicidad, son capaces de una gran plasticidad, y consiguen transmitir con frecuencia los mismos síntomas bajo codificaciones siempre nuevas. Es conocida la dificultad enfrentada por los virólogos a la hora de detectar y tratar el SIDA, debido a la enorme “astucia” planteada por el virus responsable de esta constelación difusa de “enfermedades”, capaz de mutar constantemente y de alcanzar formulaciones de sí mismo que burlan todas las vigilancias. Cada año se detectan nuevas formulaciones del virus de la gripe, muchas de ellas provocadas por los desafíos lanzados por la medicina a través de las vacunas y de la medi(c)ación paranoica, dándose el resultado paradójico de que la propia lucha contra el virus puede fomentar la aparición de especies adaptadas a las nuevas condiciones.

El virus no ataca al organismo globalmente, sino que lo infecta localmente. La misión de la partícula vírica que logra alcanzar la célula sin ser reconocida es modificar su código genético en un sentido que facilite su propia replicación. Pero este “fraude” de escritura, este detournement clandestino del espacio ocupado producirá en el organismo que lo soporta el “síntoma” mediante el que el virus se expresa, y únicamente a partir del cual será diagnosticada su existencia. El síntoma es la emergencia en un plano de realidad de algo que acontece en otro plano de realidad, la noticia de lo trascendente o la “novedad comunicable”. Sólo la esporádica afirmación del virus desarraigado y disconforme nos da algo que decir cuando alguien nos pregunta cómo estamos. Para el enfermo todo es sinónimo de su enfermedad, y él mismo no se define por otra cosa.

Ahora la célula expele partículas víricas capaces de contaminar otras células y reiniciar el proceso. Generalmente un virus es una escritura azarosa con pocas probabilidades de asentarse en el sistema: sus efectos virulentos suelen ser destructivos para el organismo que lo hospeda, por lo que son rechazados finalmente por el mecanismo inmunológico o agotan su ciclo sin asegurarse la reproducción. Así como todo ser vivo se adapta al medio, emigra o perece, el Virus se adapta al ser vivo, muta o es eliminado como una simple toxina. Por ello el virus que parasita temporalmente un organismo busca medios de transmisión a través de los cuales acceder a otros organismos y reiniciar allí el proceso, manifestándose cuando lo logra en forma de epidemia. También en el proceso de contagio muestran los virus una diversidad notable: todo tipo de fluidos corporales, objetos compartidos, alimentos ingeridos o el propio aliento según el tipo. En el caso improbable, pero posible en función del gran número de interacciones, de que el virus se estabilizase en un número de individuos, habría generado un factor transmisible de diversidad.

La dinámica descrita presenta grandes analogías con los procesos de interacción social que se condensan en la cultura. La cultura es la realidad formal que media la actividad humana. No podemos saber si nos posee o la poseemos. Cuando la concebimos como algo dado e indiscutible es probablemente ella quien se reproduce a nuestra costa. Cuando nos oponemos a algunos de sus contenidos lo hacemos siempre en función y a través de otros, de manera que no hay posibilidad de escapar a alguna dinámica de abstracción que nos haga reconocibles para los demás, a alguna formalización por tanto de algo que podríamos percibir, continuando con nuestro juego, como “el virus de la cultura”, o el concepto de cultura atravesando la historia, transmitiéndose bajo un proceso análogo y muy diversas formulaciones. Suponer aquí que la cultura es un virus que se reproduce de modo estable en el animal humano no implica sino la metáfora de un injerto orgánico que se ha impuesto en las dinámicas selectivas y se ha constituido en capacidad del animal viviente lanzado a una nueva etapa evolutiva: cultura, en vez colmillos, un olfato fino o piernas veloces. Cultura, en lugar de miedo.

La base para esta analogía la otorga el hecho de que ambos sistemas se estructuran como una escritura. Podemos comprender nuestra secuencia ADN como la escritura inmanente que determina la mayor parte de los rasgos externos del individuo viviente, y las fórmulas condensadas de la cultura (ritos, mitos, instituciones o costumbres) como escritura trascendente que determina la mayoría de las disposiciones prácticas del individuo humano. No porque en nuestra cultura occidental y judeocristiana el libro haya sido el medio de transmisión de cultura por antonomasia y haya heredado el prestigio de “objeto revelador” de su origen: esto más bien contribuye a sepultar y mistificar el tipo de escritura al que hago referencia, que no es sino la imagen que un grupo humano se hace de sí mismo. No es preciso ceñirse a la secuencia discursiva y si acaso sí concebir ya esa mediación que es el objeto transmisor de cultura como una emergencia que parasita la conciencia social y busca reproducirse en ella. A través del libro, al fin y al cabo, el conocimiento establecido se reproduce en las conciencias como un residente estable y estabilizador, es el aparecido que trae la noticia trascendente de la autoridad histórica, pero que en la modernidad se constituye también, al lado de las mediaciones que le suceden y muy influido entonces por ellas, en molécula responsable de nuevas apariciones, producciones que la dinamizan.

Pero no se trata aquí de describir dos dinámicas paralelas, de las cuales una sería la alegoría más o menos mecánica de la otra y ésta el paradigma más o menos sesgado de aquélla. Ambos planos de realidad, naturaleza y cultura, no pueden entenderse en oposición ni sólo en relación de complementariedad formal, sino que están imbricados uno en el otro, resultan en última instancia indiscernibles y su conceptualización separada sólo obedece a una elección de perspectiva. El individuo humano está genéticamente dispuesto para ser un individuo cultural; nuestra escritura exterior del mundo condiciona la supervivencia de determinados rasgos sobre otros. Esta interactividad, que siempre ha funcionado de hecho naturalizando la cultura al tiempo que se cultivaba la naturaleza, mantenía bajos niveles de eficacia mientras seguía predominando una naturaleza indomable sobre la que se injertaban dolorosamente los rasgos de la cultura, mientras que unos pocos, apropiándose de lo que es común y de sus mediaciones, ponían en juego nuevos dinamismos selectivos. Los mecanismos por los que ese conocimiento resulta operable permanecían a disposición de una minoría, por lo que se presentaba como un flujo trascendente, dado e imperativo. Hoy transcurrimos la mayor parte de nuestra existencia en un entorno culturizado en el que la novedad constituye la norma y la única marca de trascendencia a que podemos aspirar. El paisaje de diseño (más o menos afortunado) que son nuestras ciudades aparcela y canaliza nuestra conciencia igual que lo hace con el territorio. Los vaivenes de la opinión pública siguen los dictados de la información. Se existe televisivamente, periodísticamente, informáticamente. Los eventos ya no son lo que sucede, ni la trascendencia que se expresa a través de ellos, sino la reconstrucción vírica que de ellos hacen los medios. El flujo incontinente de novedades se ha abstraído de toda noción de progreso y ya no tiende sino hacia sí mismo. La representación, que se materializa en la erección que provoca la chica del anuncio, termina absorbiendo a ésta y reconduciéndola hacia la abstracción extrema del flujo de capital, Representación Máxima. Retorno del Aparecido, de una forma de Trascendencia que se ha hecho indiscutible bajo su disfraz profano. La dominación capitalista, que tiene su origen en la revolución burguesa, se reproduce de nuevo y se refuerza con cada revolución virtualizada. Todas estas novedades han perdido su poder de innovación. El principio de placer y el principio de realidad, tradicionalmente enfrentandos como el sujeto a sus resistencias, han sido superados por la máquina del capital mediante la formulación de un principio de realidad virtual que mistifica toda realidad en su representación y permite el goce de la representación en sí misma.

El primer movimiento por el que la máquina capitalista se agencia cualquier impulso de transformación es el reconocimiento. A medida que la máquina procesa información y se hace más compleja resulta mucho más sencillo para ella incorporar novedades y adecuarlas a sus mecanismos de producción, e incluso aportar alguna modelización previa que reconduzca la novedad al campo glamouroso de los “remakes”. Aquí la máquina sale a la calle (el activista y el espía utilizan probablemente la misma marca y modelo) y recorre con su ojo divino las huellas de resistencia de lo humano, ensañándose en la mierda y en los cristales, buscando la proporción que produce la emergencia, allí donde aún queda algo que contar. A continuación se produce el aislamiento de la molécula emergente y sus propiedades: la máquina selecciona los accesos a esa realidad, abstrayéndola de sus relaciones, y se apropia de la trascendencia propia del suceso, de su alma o paradigma. De ella no quedan más que imágenes, y éstas no son todavía sino material en bruto. Siguiente paso: elaboración de contratipos. La máquina corta y pega a conveniencia de la máquina, construye su propia trascendencia, se autoproduce en el nuevo paradigma. Aunque documentase fielmente el paradigma originario, ya no es lo que fue, ni deja de serlo, lo que permite conjugar a conveniencia lo virtual y lo real en esa frontera ambigua. El proceso se culminará con la conversión en mercancía buscada desde el principio, momento en que se hace patente la conversión de lo otro en lo mismo y la reproducción de lo mismo a través de lo otro, es decir, el mecanismo básico de alienación con todas las matizaciones y extensiones que hoy comporta.

Este proceso, repetido una y otra vez, enfrenta siempre el problema del desgaste de lo conocido. La reproducción de la Máquina, no referida a ninguna trascendencia exterior que la justifique, necesita alentar su propia trascendencia, recrear siempre lo sorprendente, lo no visto, el lugar donde el miedo y el deseo todavía movilizan alguna transacción numérica. Esto le lleva a transgredir constantemente los códigos (hasta que el efecto de transgresión se vuelve contra sí mismo), a innovar y multiplicar permanentemente el campo de las mediaciones (hasta que la mediación sea comprendida por el ciudadano medio como un juguete sin más trascendencia), a hacer cada vez más visible lo que proliferaba gracias a su invisibilidad. Y aunque estamos todavía lejos de localizar, aislar y desactivar a nuestro propio “odiado pasajero”, el modelo y su puesta en práctica resultan hoy accesibles para cualquiera que desease estar verdaderamente informado.

Extraído de “Dinámica de virus. El principio de realidad virtual

Crapumenta 14

Crapumenta 14. ¿La crisis de una mercancía o la mercancía de la crisis?

Foto de Fiocho, Atenas.

15-M obedecer bajo la forma de la rebelión // Edición ampliada 5 años después

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El libro 15-M obedecer bajo la forma de la rebelión se editó en junio de 2012 y dimos aquí cumplida cuenta de su publicación, despertando un animado debate en los comentarios.

Se produjo también una respuesta al opúsculo que nos ocupa desde la comisión de Política a Largo Plazo del 15-M

Cinco años después Ediciones El Salmón nos trae una edición ampliada de aquel texto con un nuevo Prefacio (que básicamente vienen a decir “ya lo decíamos nosotros”) y un Epílogo (que recoge una selección de los insultos que se dedicaron a los autores del libro, algunos vertidos en este mismo blog por distintos comentaristas).

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La otra cara de la Documenta 14

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El siguiente texto es una denuncia por iniciativa de trabajadores en la exposición de arte contemporáneo Documenta 14. Fue publicado hace unos días en la página web www.attack.org.gr con la nota-petición de los trabajadores de difundirlo lo más posible.

La exposición Documenta, celebrada cada cinco años desde 1955 en Kassel, Alemania, es un hito en la historia del arte contemporáneo. Este año, Adam Szymczyk, director artístico de la exposición, ha tomado la decisión de trasladar la exposición por tres meses de Kassel a Atenas, así que la exposición aprenda algo de la situación económica y social en Grecia. Según parece, no le hizo falta mucho tiempo para aprender, así como para imitar al máximo a los peores de los patrones locales.

Documenta sostiene que su decisión de trasladarse a Atenas tiene que ver, entre otros motivos, con el hecho de que está interesada en aprender de la situación en nuestro país y de los resultados de las políticas neoliberales impuestas a Grecia por Europa. En este contexto, anda diciendo que reconoce que los trabajadores griegos viven en condiciones de indigencia, y que se solidariza con el pueblo griego. ¿Pero es esto cierto?

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Under the skin

Después de ver la película “Under the skin” no me ha quedado más remedio que escribir algo sobre ella. Esa pulsión por ordenar las ideas después de haber experimentado algo importante. Para mí, “aficionadillo” a la ciencia ficción, es una obra magna a la altura de “Stalker” de Tarkovsky. Lucidez y coherencia implacable. Ahí lo dejo.


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[Levantamientos] La revuelta no es una exposición de arte

Traducción del artículo [Soulèvements] La révolte n’est pas une expo d’art publicado en paris-luttes.info

Desde el 18 de octubre, y hasta el 15 de enero de 2017, la burguesía parisina podrá sentir escalofríos con la exposición “Soulèvements (Levantamientos)” en el Jeu de Paume, centro de arte institucional financiado por el Ministerio de Cultura y Comunicación y por ricos patrones privados no muy conocidos por su deseo de derrocar el sistema capitalista (el banco Neuflize OBC y la compañía de relojes de lujo Jaeger-LeCoultre).

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Escalofríos para la burguesía… La revuelta no es una exposición de arte

Esta exposición trata de “la cuestión del malestar social, la agitación política, de insumisión, insurrecciones, revueltas, revoluciones, agitación, alborotos,trastornos de todo tipo.” ¡Nada menos!

El “curador” Georges Didi-Huberman, filósofo e historiador del arte, no es muy conocido por su carrera de agitador. Sin embargo desde hace mucho tiempo es un referente del mundo del arte y la élite cultural. Por lo tanto, está en su lugar: el Jeu de Paume. Pero ¿Qué es lo que le lleva a hablar allí de revueltas y revoluciones? ¿Qué tiene que ver con esto?

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