Redes de apoyo mutuo vecinal. Somos Tribu

De lo poco bueno que nos ha dejado la pandemia, destacamos la generación espontánea de redes de apoyo mutuo que han cubierto las carencias del sistema asistencial. Somos Tribu VK surgió en Vallecas, un barrio con una larga tradición de lucha asociativa, pero en cada barrio han surgido iniciativas similares que han puesto de manifiesto la necesidad y la potencia de la autoorganización.

Contra la mascarilla obligatoria

Si eres de los que se da un baño en el mar con la mascarilla y los guantes puestos; o si eres de los que le encasqueta la mascarilla al crío de cuatro años; o si eres de los que considera que llevar la mascarilla ocho, diez, doce o catorce horas en el puesto de trabajo es un derecho de los trabajadores y no un atentado contra su salud y su dignidad; o si eres de los que piensa que llevar mascarilla es de ser buen ciudadano; o si eres de los que va a la manifa contra los recortes, contra el racismo o contra la ley mordaza con la mascarilla puesta; o si estás conforme con que entre en vigor en Cataluña la obligación de llevarla siempre, aunque haya distancia de seguridad; o si sencillamente eres de los que no entiende por qué hay que ponérsela a la fuerza y encima creerse que eso puede ser bueno para algo…  entonces tal vez te interese leer esta hoja, en la que se dan ALGUNAS RAZONES CONTRA LA MASCARILLA OBLIGATORIA.

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¿TE HAS PARADO A PENSAR EN SI LA MASCARILLA OBLIGATORIA DE VERDAD SIRVE PARA LO QUE NOS DICEN QUE SIRVE?

¿TE HAS PARADO A PENSAR EN QUE PARA LO ÚNICO QUE SEGURO QUE SIRVE ES PARA NO DEJARNOS HABLAR NI RESPIRAR, PARA ALIMENTAR EL CLIMA GENERALIZADO DE MIEDO, PARA QUE CADA CUAL MUESTRE SU OBEDIENCIA, PARA SEÑALAR AL QUE NO SE SOMETE?

¿TE HAS PARADO A PENSAR EN QUE, CUANDO UNA ORDEN ES TAN ESTÚPIDA Y TAN DAÑINA, SE PUEDE DESOBEDECER?

CONTRA LA MASCARILLA OBLIGATORIA,
¿TE HAS PARADO A PENSAR?

Desde la orden gubernamental del 19 de mayo, confirmada y retocada por Real Decreto el 9 de junio (es decir, en pleno estado de excepción), y hasta que el gobierno tenga a bien declarar «finalizada la situación de crisis sanitaria» (es decir, hasta no se sabe cuándo), «las personas de seis años en adelante» están obligadas a llevar mascarilla.

Son muchos los estudios que muestran que las mascarillas no sirven para impedir el contagio de enfermedades respiratorias del tipo del virus corona.* La propia OMS reconoce que «no hay suficientes pruebas a favor o en contra del uso de mascarillas (médicas o de otro tipo) por personas sanas».** ¿Qué sentido tiene entonces imponer su uso por ley, y encima a enfermos y sanos por igual?

Por otra parte, se nos ha obligado a usar mascarilla justo cuando lo peor de la epidemia ha pasado. Los hospitales ya no están saturados. Y no tiene sentido querer frenar a cualquier precio una enfermedad que sólo resulta peligrosa en unos pocos casos. Siempre ha habido enfermedades de transmisión similar y nunca se nos ha obligado a llevar mascarilla. Ahora mismo hay menos peligro que en plena temporada de gripe en otros años.

Pero no es sólo que haya muchas dudas, y muy razonables, sobre la capacidad de la mascarilla para evitar contagios. Es que además puede ser perjudicial para la salud. Cualquiera sabe que llevar mascarilla es un incordio y una guarrería que no puede sentar bien a nadie. Pero si alguien necesita que se lo confirme la ciencia, que sepa que no faltan científicos que avisan de que el vapor que exhalamos y se va acumulando en la mascarilla es un caldo de cultivo perfecto para virus, bacterias, hongos y parásitos presentes en el aire, y de que las mascarillas impiden que eliminemos correctamente el anhídrido carbónico que exhalamos, haciendo que ese desecho nocivo vuelva a entrar en la sangre a través de los pulmones, de modo que, en lugar de nutrir las células con el oxígeno que necesitan, se les devuelve una sustancia tóxica, lo que puede hacer enfermar de maneras mucho más graves que las que se pretenden impedir con la mascarilla.*** ¿Cómo puede ser que en nombre de la salud se nos impida respirar correctamente?

Si no sirve para lo que dicen lo que sirve, ¿para qué sirve entonces la mascarilla obligatoria?

Utilizar correctamente una mascarilla exige el cumplimiento constante de una serie de instrucciones bastante engorrosas que nadie o casi nadie observa. Cada cual lleva la mascarilla como buenamente puede. O sea, mal. Y no pasa nada, porque lo único que está mandado es que la lleve. Esta imposibilidad de usar correctamente la mascarilla, y la palmaria indiferencia de las autoridades al respecto, demuestra que la función de la mascarilla no es sanitaria, sino política y religiosa: no se trata de recomendaciones más o menos razonables, sino de una imposición legal, de un acto de fuerza; no se trata de mirar por la salud, sino de que se cumpla el ritual mágico de adhesión y de obediencia, que es la manera, única y obligatoria, de conjurar la amenaza abstracta y de evitar el castigo concreto.

Pero cualquiera se da cuenta de que el efecto principal que tiene esta imposición legal y este ritual supersticioso es el de separar (en el doble sentido de aislar y clasificara la gente: la mascarilla hace que sea muy difícil hablar, oculta la mitad de la cara o más y alimenta así la idea de que somos peligrosos los unos para los otros, dejando señalado como «egoísta» (y quién sabe qué más) a quien no se somete, de forma que los obedientes puedan volverse contra él. La agresividad, los malos modos y la intimidación contra quienes se resisten más o menos a llevar la mascarilla, y el desprecio absoluto por las razones que puedan asistirles, están ya a la orden del día.

Pues bien, contra una norma tan estúpida y tan dañina, o sea, tan irracional, cabe desobedecer, o al menos no obedecer más de lo que manda la propia Ley. Digan lo que digan policías, vigilantes, empleados de comercios y servicios públicos y nuestros propios vecinos, por ahora la mascarilla sólo es obligatoria por ley cuando no se puede guardar la distancia de seguridad de metro y medio, lo mismo en sitios cerrados que abiertos, y en los transportes públicos. Y están exentos de ella los niños de menos de seis años; quienes hagan deporte al aire libre; personas en supuestos de fuerza mayor o situación de necesidad; quienes tengan algún problema de salud que les impida llevarla; quienes estén haciendo cosas incompatibles con el uso de mascarilla. Así que quienes coman pipas en el tren, quienes se besen en los autobuses, quienes se suenen los mocos o fumen o beban o lo que sea donde sea han de estar exentos. Claro que las principales actividades incompatibles con el uso de las mascarillas son hablar y respirar. Exentos están también quienes tengan, por ejemplo, algo de asma o les dé ansiedad llevarla, y esto último da la impresión de que nos pasa más o menos a todos. Como las autoridades tienen la manía de no creer a la gente y la cosa se ha puesto tan violenta, hay quien prefiere que un médico le certifique por escrito esta incompatibilidad suya con las mascarillas (por mucho que la ley no exija estos certificados). Otros prefieren obedecer de manera paródica o exagerada y pintarse en la mascarilla lemas como «Yo obedezco», o el dibujito que ilustra este panfleto, o se ponen un bozal encima de la mascarilla, o salen a la calle con una escafandra o con un burka… Otros desobedecen sin más y no se la ponen nunca, o no se la ponen hasta que no les obligan. Las ocurrencias de la inteligencia no sometida no tienen fin.

Porque la salud no puede ser obligatoria

Porque no tiene sentido perder la vida para salvarla

Porque lo que nos están obligando a sacrificar no son nimiedades o lujos prescindibles, sino la vida misma…

CONTRA LA MASCARILLA OBLIGATORIA,

¿POR QUÉ NO DAMOS LA CARA?

https://contraelencierro.blogspot.com/#Mascarillas

**https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public/q-a-coronaviruses

***https://www.youtube.com/watch?v=c0F6bopeS40&feature=youtu.be, minuto 33 y ss.

“Es malo hablar mal del mal”

La capitulación impuesta en la sociedad occidental del nuevo Despotismo

por Gianfranco Sanguinetti

Raquel Miranda: Irrealidad. Obra participante en la exposición virtual disciplinasocial.art

que nos dan a entender que es malo hablar mal del mal, y que es bueno vivir bajo su obediencia…” [Maquiavelo, ‘Discursos sobre la primera década de Tito Livio’. Libro, III, capitulo 1].

Los extraordinarios progresos realizados en unos pocos meses por el nuevo despotismo en su abrumadora afirmación en las sociedades occidentales, gracias al virus, habrían llevado años en una situación normal, despertando violentas oposiciones y luchas interminables en todas partes. El patrocinador del Foro Económico Mundial de Davos, Klaus Schwab, está encantado. “Un lado positivo de la pandemia es que ha demostrado lo rápido que podemos hacer cambios radicales en nuestros estilos de vida… Debemos usarlo para asegurar el Gran Reset que tanto necesitamos. Esto requerirá gobiernos más fuertes y efectivos…“[1]

Los poderes del Estado, ya desacreditados, cuando no abiertamente difamados, se han reforzado más allá de todos los límites imaginables, irrumpiendo en la vida del la población: ningún gobierno ha dudado en romper y violar la Constitución del Estado, ningún “garante” y ningún partido se ha opuesto realmente, muchos miles de millones se han creado de la nada y han cambiado de manos, las amenazas misteriosas han tenido evidentemente su efecto en todas partes, con la solitaria excepción de Suecia.

La militarización de la información

Pero hay una cuestión especialmente delicada que atañe a todos los países occidentales más afectados por la pandemia -que son también los más ricos y, cabe suponer, los más educados del mundo-: esta cuestión particular parece preocupar a la OMS y a los gobiernos mucho más que las consecuencias del virus, cuestión en la que los poderes públicos están de acuerdo y no transigen, exigen el consentimiento, toman precauciones y están dispuestos a aplicar severas sanciones y una censura sin precedentes. En esto, incluso están preparados para ser feroces contra las poblaciones atormentadas. Y este nudo es la narración ortodoxa de la crisis sanitaria mundial o, como dice el Ministerio francés, citado a continuación, “el estricto respeto de la doctrina de la salud“: desde el murciélago malvado en adelante, a la justificación de la imposición del encierro generalizado, de la suspensión de todas las actividades, al distanciamiento y las barreras sociales, desde el confinamiento domiciliario a las terapias infligidas a los enfermos, hasta la cremación de los cadáveres sin funerales, etc. En estas condiciones, nadie tiene derecho a cuestionar la interpretación correcta y oficial de los acontecimientos ni a criticar la acción y reacción correctas de las autoridades públicas, la Organización Mundial de la Salud, o el tratamiento o los remedios impuestos. Sobre esta estricta ortodoxia ideológica, no se tolera la menor desviación, se militariza la información y por lo tanto se censura: aquí termina toda libre expresión de pensamiento, toda duda y toda crítica se convencen de que aquí están muertos: se consideran crímenes de mayor gravedad, herejía, alta traición, insubordinación, fakenews, todas las cosas dignas de un castigo ejemplar. Todo el mundo tiene que llevar una mordaza [tapa-bocas], para que el reticente pueda ser reconocido desde lejos y castigado severamente. Nunca antes ha habido tal histeria general.

En Gran Bretaña se creó inmediatamente una Unidad de Respuesta Rápida dentro del gabinete, que se encarga de eliminar de la información cualquier contenido que se considere falso, sin posibilidad de apelación, o incluso simplemente “perjudicial“. ¿Perjudicar a quién, se pregunta? ¿Y por qué? ¿Sólo porque se aleja de la narración vulgar del coronavirus, o expresa dudas sobre la gestión y las directivas de la OMS?

En Italia no se duda en aplicar los tratamientos sanitarios obligatorios (TSO) a quienes manifiestan su disconformidad, como en el caso de la U.R.S.S. Todo aquel que exprese públicamente su desacuerdo con las medidas impuestas puede ser detenido y sacado de la calle por la policía y los médicos, quienes, tras inmovilizarlo, le aplican una inyección de anestésico en la plaza pública y luego lo encierran en un hospital psiquiátrico, como ocurrió en Sicilia, atado a una cama de contención por tiempo indefinido a discreción no de un magistrado, sino de un simple alcalde, y en otros lugares a discreción de un obispo.[3] Al mismo tiempo, se ha creado una Guardia Cívica de 60.000 unidades de voluntarios para garantizar que la ciudadanía cumpla todas las infinitas disposiciones contenidas en los decretos ilegales emitidos por el Primer Ministro. Las anécdotas ya no se cuentan, pero ayudan a hacerse una idea de la falta de escrúpulos que acompaña a la imposición del nuevo Despotismo con todos los matices de miedo y terror ejercido ad hominem.

No sé si puede ser un consuelo para los italianos saber que incluso en Alemania una jurista y abogada, Beate Bahner, que había juzgado el encierro inconstitucional apelando al Tribunal Constitucional, fue encerrada en un manicomio[4]. También en Alemania se censuró un informe de 93 páginas, encargado por el Ministerio del Interior a médicos y científicos nombrados por ese mismo ministerio. En el informe[5] se señala, entre otras cosas, que “las medidas terapéuticas preventivas nunca deberían causar más daño que la propia enfermedad”. En cambio, el informe denuncia que “mueren más personas como resultado de las medidas contra el coronavirus que las que mueren a causa del virus”. Los periódicos, tras una primera difusión del informe por un empleado del Ministerio del Interior, han silenciado completamente esta denuncia, y las autoridades han perseguido al informante.

La edificación de una nueva Bastilla

En Francia, donde se ha erigido una nueva Bastilla alrededor de cada elector que se ha hecho paciente, de la cual todos son los únicos prisioneros, el Ministerio de Educación de la antigua República Francesa ha enviado impunemente circulares amenazadoras y escandalosas a todos los maestros de escuela de todos los niveles con directivas en las que se esboza, sin vergüenza ni freno, una necro-pedagogía que debe desarrollarse “en estricto cumplimiento de la doctrina sanitaria“.[6] No hace falta decir que los profesores y maestros que no se sometan al “estricto cumplimiento de la doctrina de sanitaria” oficialmente serán despedidos. La necro-pedagogía tendrá que “orientar las discusiones sobre el hecho de que el mismo castigo afecta a las familias”. Los profesores deben estar atentos a “las derivas sectarias (…) causadas por influencias familiares o externas”: para ello deben “concienciar a los alumnos de los riesgos de los discursos peligrosos que generan falsos remedios y consejos peligrosos en relación con el COVID-19”. Por lo tanto, deberán “luchar contra la desinformación, las noticias falsas, los rumores y las teorías de conspiración”; los profesores deberán “prestar atención a los alumnos cuyos responsables legales (es decir, los padres) sean seguidores de determinadas ideologías o creencias, reticentes o contrarios a las recomendaciones formuladas en el ámbito de la salud pública…” Los alumnos deberán ser interrogados con “preguntas adaptadas” para reunir “elementos de prueba” y “un cúmulo de indicios”. Los profesores, “frente al riesgo de deriva sectaria, deben alertar a los servicios competentes con el fin de salvaguardar la integridad física y moral del menor… El correspondiente académico encargado de la prevención del fenómeno sectario en el ámbito escolar debe ser informado sistemáticamente”. Vale la pena recordar que estas nuevas directivas son casi idénticas a las que el propio Ministerio envió a los maestros después de los ataques terroristas de 2015. Esto prueba, si todavía fuera necesario, que la intención es la misma, el uso del terrorismo y el virus es idéntico.

Con estas precauciones el Ministerio de Educación pretende impedir “el descrédito de la palabra institucional”, evitar la “fragilización del vínculo de la población con las instituciones públicas” y, finalmente, evitar la “pérdida de control de la opinión pública“. El hecho de que el “control de la opinión pública” fuera una tarea del Ministerio es una novedad absoluta que ninguna democracia tradicional se había asignado nunca.

Mientras que Italia desea crear una Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la desinformación acerca del virus y ha creado un “grupo de tareas” encargado de formular propuestas legislativas para combatir la difusión de información falsa sobre el Coronavirus, la Comisión Europea, por su parte, desea adoptar medidas para combatir la desinformación sobre el virus y luchar contra los contenidos “ilegales o perjudiciales”. ¿Perjudiciales para quién?

La preocupación virulenta, la mala conciencia, y también la falsa conciencia, en el sentido de Josef Gabel, la histeria que emana de cada palabra de estos Ukaze, la intención policial que los anima, el tono imperativo, aprensivo y malévolo, el miedo del Estado a ser, como de hecho lo es, desacreditado por sus propias acciones y mentiras, y el temor a “perder el control de la opinión pública”, son todos elementos que sugieren un canallismo y una furia de las autoridades públicas contra el pueblo, incluso los niños, y desde una edad temprana. El mundo, como diría Nietzsche, se ha “sumergido en un futuro que ya se está vengando”[7]; o, como formuló Hannah Arendt, “todas las vergüenzas teóricas de la nueva visión del mundo (…) se inmiscuyen como realidades en el mundo cotidiano del hombre, y ponen su sentido común ‘natural’ fuera de circuito…”[8]

Por lo tanto, para el Estado, para la Organización Mundial de la Salud y para cualquier otro poder, es malo hablar mal del mal: lo que Maquiavelo formuló hace cinco siglos como verdad teórica es ahora impuesto prácticamente y por ley por todos los poderes constituidos. ¿Pero por qué es malo hablar mal del mal? Maquiavelo lo explica precisamente: porque los poderosos dan a entender al pueblo “que es bueno vivir bajo su obediencia y, si comenten un error, dejar que Dios los castigue; y así hacen lo peor que pueden porque no temen ese castigo que no ven y no creen“.[9]

Pero Maquiavelo dice de nuevo que “cuando el destino hace que la gente no tenga fe en nadie, habiendo sido engañada por las cosas o los hombres, se llega a la ruina de la necesidad“. [10]

Antes de que sea demasiado tarde, ¿no es hora de hacer el mal hablando mal del mal?

(27 junio 2020). Traducción: Jose Sagasti

NOTAS:
[1] – https://www.project-syndicate.org/commentary/great-reset-capitalism-covid19-crisis-by-klaus-schwab-2020-06/italian
[2] – https://www.roughestimate.org/roughestimate/the-crimes-of-tedros-adhanom   https://www.hrw.org/news/2016/11/04/open-letter-government-ethiopia
[3] – https://www.ansa.it/sicilia/notizie/2020/05/11/la-pandemia-non-ce-e-gli-fanno-tsogarante-chiede-notizie_640d55b2-53c7-4d75-b944-270759306f46.html https://www.recnews.it/2020/05/27/don-loda-di-castelletto-di-leno-un-altro-tso-da-opinione/ https://www.recnews.it/2020/05/27/don-loda-di-castelletto-di-leno-un-altro-tso-da-opinione/
[4] – https://translate.google.it/translate?hl=it&sl=de&tl=it&u=https%3A%2F%2Fwww.rnz.de%2Fnachrichten%2Fheidelberg_artikel%2C-nach-aufruf-zu-corona-demoheidelberger-anwaeltin-in-psychiatrischer-einrichtung-update-_arid%2C508747.html&sandbox=1
[5] – KM4 Analyse des Krisenmanagements. Cfr.: https://www.ichbinanderermeinung.de/Dokument93.pdf
[6]- https://cache.media.eduscol.education.fr/file/Reprise_deconfinement_Mai2020/69/3/Fiche-Ecouter-favoriser-parole-des-eleves_1280693.pdf https://cache.media.eduscol.education.fr/file/Reprise_deconfinement_Mai2020/69/2/Fiche-Derives-sectaires_1280692.pdf [7] – F. Nietzsche, in Mort parce que Bête, Paris, 1998-2003
[8] – Hannah Arendt, La crisis de la cultura
[9] Maquiavelo: Discursos sobre la primera década de Tito Libro, III, capitulo 1.
[10] – Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Libro I, 53.

Ver También: El despotismo occidental

Breve historia de la persecución de las plantas medicinales

Para las mujeres, sanarnos a nosotras mismas es un acto político, es decir ‘no’ a la obsesión patriarcal por controlar y dirigir nuestros cuerpos. Curarnos unas a otras supone una reclamación de la capacidad que tenemos todas como seres vivientes de existir en armonía con la naturaleza y de realizar nuestro potencial como criaturas de este planeta.

The healing powers of women. Chellis Glendinning

Inseparables, de David Cronenberg. Canadá, 1989

Hace tres años me vi obligada a acudir al servicio de urgencias tras tener que interrumpir mi jornada laboral al sufrir una agresión por parte de uno de mis supervisores. El doctor que me atendió, me preguntó si había acudido acompañada, y al ser así, me entregó un diazepam de 5 mg junto con un vaso de agua mientras me explicaba, con cierto aire paternal, que tenía una cosa muy mala anotada en mi informe médico. Esa cosa, esta especie de advertencia entre colegas, era mi desobediencia reiterada al cumplimiento de los tratamientos prescritos por otra facultativa de atención primaria años atrás, basados en fármacos psiquiátricos. Y es cierto que, durante cuatro años (en los que se me silenció e infantilizó descaradamente), me negué a seguir ese tipo de tratamiento para unos síntomas que finalmente resultaron corresponder a una alteración de la tiroides, algo que no hubiera sido muy complicado de relacionar escuchándome activamente o atendiendo a un patrón familiar que dicha doctora conocía. En cualquier caso, mi negativa se fundamentaba en la escucha eficiente de no pocas amigas a las que nuestro sistema psiquiátrico sistemáticamente tortura (infantiliza, silencia, encierra, ata, viola y medica forzosamente).

Además de con la benzodiazepina salí del servicio de urgencias con una cita para mi nueva médica de cabecera, a la que vi dos días más tarde y a la que ni la exposición de la situación de acoso laboral, ni sus motivos (represión sindical), ni los hechos concretos recientes, ni la nula reacción de la empresa que me obligaba a seguir trabajando con mi atacante, ni el proceso de denuncia, ni mi estado de salud mental inducido le parecieron merecedores de una baja médica que me negó con increíble dureza y soberbia durante más de media hora alegando que: si no podía asumir la normalidad laboral, tendría que seguir un tratamiento, nuevamente basado en psicofármacos, para poder afrontarla. 

Así que, la normalidad es sumisión, tanto en el ámbito de trabajo como en nuestro sistema de salud, el cual es obvio que vela más por la vitalidad de la industria que por la del ser humano. De este modo, no es difícil de entender que en el año 2013, España se convirtiera en líder en Europa en el consumo de psicofármacos (antidepresivos, ansiolíticos, somníferos, hipnóticos, etc.) consolidándose como la tercera droga más consumida, por detrás del alcohol o el tabaco. Su dispendio pasó de 38,1 dosis por mil habitantes en 2000 a 56,3 en 2015, según los datos de la Oficina de Estadística de la OCDE. A pesar de ser considerados sus efectos la tercera causa de muerte, por detrás de las enfermedades cardiacas y el cáncer, en Inglaterra.

Hace 9 años, acudí a la consulta de mi médico de cabecera de entonces con una urticaria que me cubría todo el tronco. La facultativa, bien extrañada, llegó a afirmar que podía tratarse de escarlatina, así que, llamó al resto de compañeras de la planta que al observarme descartaron su propuesta con cierto estupor… pero sí me advirtieron de que podía tratarse de una reacción a la cantidad de piercing (2) y tatuajes (3) que portaba, sin conocer que estos llevaban en mi cuerpo más de siete años. A las licenciadas nunca se les ocurrió pensar, además de en sus propios prejuicios, que la reacción podía haber sido provocada por los dos meses de suministro de antibióticos (con los que continuaba en el momento) que, su colega, me había estado recetando para una simple afonía que persistía sin fiebre (pero por tema laboral: visita obligada a consulta) y a pesar de haberme hecho un cultivo días antes en el que se evidenciaba el desastre bacteriano que habían provocado, dichos antibióticos innecesarios, en mi flora (y en la de gran parte de la población -lo sepan o no). Algo que, todavía, la medicina ortodoxa, no me ha sabido resolver y que me lleva causando graves lesiones desde entonces, entre ellas, dicha intolerancia a los antibióticos. Lesiones que palio eficazmente con otras alternativas médicas y que las pruebas clínicas, que la institución me hace, confirma.        

Pero, sin embargo, sabemos que las infecciones más extendidas al comenzar la era industrial (tuberculosis, tisis, cólera, disentería, fiebre tifoidea, escarlatina, difteria, tos ferina, sarampión) disminuyeron independientemente del control médico. Cuando se dió con su etiología y tratamiento, ya había bajado el índice de mortalidad considerablemente, lo que puede explicarse por su coincidencia con el mejoramiento de la vivienda (también de la higiene) y, sobre todo, de la nutrición. El estudio de las tendencias patológicas nos enseña que es el ambiente el factor principalmente determinante en el estado de la salud general y esperanza de vida de cualquier población: alimentación, vivienda, condiciones de trabajo, grado de cohesión con el vecindario, etc. Y también sabemos que, los medicamentos, siempre han sido potencialmente tóxicos. Aún así, seguimos pensando que la ciencia actual es el paradigma de lo racional, la nueva iglesia establecida, y que la salud mejorará con más inversión económica en servicios médicos (más intervenciones, más medicamentos, más pruebas, más vacunas, más tecnología, etc.) mientras siguen yendo a la cárcel personas que son calificadas de charlatanas por el monopolio médico mientras mienten, ocultan y desprestigian sus resultados (bastantes más baratos, por otro lado, y con índices de eficacia más interesantes que la mayoría de los tratamientos legalizados). Esta idea refuerza el mito del heroico médico que lucha contra la muerte (que ya no es la renovación de la vida o el fin de un todo) y la ilusión del progreso en base a la cual, la enfermedad (e incluso la muerte) ya no es de la incumbencia del enfermo.  

Tras sufrir un accidente laboral, mi padre fue operado 8 veces de la muñeca y solo ante la proposición de una novena y ante nuestra preocupación por unos resultados pocos satisfactorios, el equipo médico reconoció no tener ni haber tenido ni idea de la patología en ninguna de las intervenciones y que el objetivo de estas, había sido únicamente abrir para mirar. Así que, con un dolor en la muñeca, fue derivado durante quince terroríficos años a la Unidad del Dolor donde consiguieron inducirlo, con todas sus drogas y experimentos, a un estado casi vegetativo. Cuando por un fallo respiratorio entró en ambulancia en el servicio de urgencias de otro hospital, los mismos facultativos quedaron perplejos del nivel grotesco de medicación suministrado al paciente, se la retiraron inmediatamente (para poder salvarlo, dijeron) y mi padre, recobró la conciencia. La explicación médica fue que el exceso de medicación, ‘en ocasiones’, provoca aún más dolor. Y falta de independencia. Y un montón de efectos secundarios que son peor que el propio dolor. 

En nuestra sociedad actual, el aprendizaje autónomo, así como, el significado intrínseco del dolor ha desaparecido y, así también, la cuestión que plantea sobre nosotrxs mismxs y que resulta básica para una cura real. Cada vez hay más enfermedades crónicas, más lesiones clínicas, más gente sana transformada en paciente, más clientes… y el propio gremio perpetua ineficacia y privilegios imponiendo el modelo de una sola escuela de médicos sobre toda una sociedad. De este modo consiguen que cada vez encontremos menos recursos en nuestro entorno para responsabilizarnos, adaptarnos, afrontar y superar nuestro propio sufrimiento, e incapaces de adaptarnos a nuestro propio pesar, nos vemos obligados a depender de los servicios médicos para cualquier tipo de insignificancia. Esta pérdida de autonomía, esta súpermedicalización de la vida es solo un aspecto del dominio destructor de la industria sobre nuestra sociedad.

Toda enfermedad es una realidad creada socialmente. Lo que significa y la relación que evoca tiene una historia. El estudio de esa historia puede permitirnos entender el grado en que somos prisioneros de la ideología médica en que fuimos formados.

  Némesis Médica. La expropiación de la salud. Ivan Illich

Pudiera ser que el hombre del Paleolítico se dedicara a la caza y a la pesca y, la mujer, más en contacto con el mundo vegetal, fuera acumulando gradualmente en base a su observación y experiencia, múltiples saberes acerca de las plantas comestibles y medicinales transmitidas de madres a hijas a través de generaciones. Estas mujeres habrían desarrollado, entonces, las herramientas necesarias para recolectar, gestar y conservar los vegetales. 

Restos arqueológicos del Neandertal localizados en Irak muestran que en este periodo se utilizaban plantas curativas como el malvavisco, la milenrama y el senecio. Tablillas sumerias del tercer milenio a. de C. recogen diversas drogas vegetales y, entre ellas, la primera noticia escrita acerca de la adormidera, la cual también encontraremos en los cilindros babilónicos más antiguos junto con otra cantidad numerosa de hierbas que las mujeres babilónicas empleaban para tratar las enfermedades de su pueblo. Otras tablillas de la antigua Mesopotamia datadas del 1200 a. de C. mencionan a las primeras personas registradas dedicadas a la química, dos mujeres: Tapputi y Belatekallim; junto a más de doscientas plantas como el beleño, la adormidera, la mandrágora, el cáñamo, azafrán, tomillo, ajo, cebolla, regaliz, sen, asafétida y mirra.

Las primeras drogas surgen en plantas o partes de plantas como consecuencia de la evolución concertada entre reino animal y botánico, es decir, brotan como defensa química ante el apetito animal y, psicoactivas o no, son sustancias que en dosis muy pequeñas consiguen vencer al cuerpo provocando grandes cambios orgánicos y anímicos. De este modo, medicina, religión y magia son tres dimensiones inseparables en los comienzos, cuando la ingesta de estos principios, además de para sanar, tomados de forma colectiva y considerados formas sagradas capaces de abrir un puente entre lo ordinario y lo extraordinario, servían también para aprender y reafirmar la identidad cultural.

Los primeros restos de cáñamo se hallan en China y sus tratados médicos del siglo I afirman que ‘el cáñamo tomado en exceso hace ver monstruos, pero si se usa largo tiempo puede comunicar con los espíritus y aligerar el cuerpo’. El Atharva Veda, uno de los cuatro textos más antiguos de la literatura india, ‘considera que la planta brotó cuando cayeron del cielo gotas de ambrosía divina’ y describe otras tantas hierbas medicinales como la rauwolfia, empleada para tratar la epilepsia y cuyo principio activo es hoy utilizado por la industria farmacológica para la realización de medicamentos relacionados con la hipertensión. La tradición brahmánica estima que el cáñamo agiliza la mente, alarga la vida y potencia los deseos sexuales, el budismo lo utilizó para la meditación y desde antiguo ha sido aplicado en tratamientos médicos para la fiebre, el insomnio, la tos seca, la oftalmia y la disentería. Los egipcios, que tenían conocimiento de casi 800 drogas, lo utilizaron también como incienso ceremonial y lúdico (entre otras solanáceas) y ya en siglo VII a. de C. los celtas exportaban desde Marsella cuerdas y estopa de cáñamo a todo el Mediterráneo. Los jeroglíficos refieren al extracto obtenido de la cabeza de la adormidera, el opio, para uso analgésico aplicado en pomada, por vía rectal u oral. Y según el papiro Ebers, texto que describe las propiedades y aplicaciones terapéuticas de al menos 150 plantas, lo empleaban para evitar que los bebés griten fuerte. Homero, en la Odisea, lo describió como algo que hace olvidar cualquier pena. Y en tiempos de Hesíodo una ciudad entera tomaba el nombre de la planta, Mekone (adormidera), símbolo de Démeter, diosa de la fecundidad.  

Aristóxeno y Porfirio, dos filósofos griegos, dejaron testimonio de que Pitágoras tomó la mayoría de sus doctrinas de la sacerdotisa délfica, Temistoclea. En esta escuela, trataban a sus pacientes en relación a todas sus influencias externas, puesto que concebían la enfermedad y la cura como resultado de procesos naturales. Un diagnóstico correcto comenzaba con la evaluación completa de las influencias a las que estaba sometida la persona enferma para luego, así, poder atender el desarrollo y duración de la enfermedad y diagnosticar las hierbas medicinales oportunas, aunque principalmente se valían de la dieta para sanar. La ciencia pitagórica entendía la Naturaleza como un todo regido por un principio único, la armonía, la relación de energía entre la persona y el cosmos. Y del mismo modo las plantas, estaban influidas por los astros por lo que era fundamental un conocimiento astrológico amplio para determinar el momento de recogida con el fin de obtener la mayor capacidad terapéutica posible. La cosmología pitagórica fue la base de la filosofía natural en toda la Edad Media y su referente más conocido es Theano, nacida en Crotona, discípula y compañera de Pitágoras, profesora de su escuela y que, entre sus tratados sobre matemáticas, física y medicina, plantea que el cuerpo humano es una copia microscópica del macrocosmos, del Universo en su conjunto. 

Ya Hipócrates, del que se dice ser padre de la medicina moderna,  asesoraba ceder a la ebriedad una o dos veces, de vez en cuando, pues la relajación es terapeúrica en sí misma y los libros firmados por él mismo, llamados libros hipocráticos, son una recopilación de los conocimientos sobre hierbas medicinales que tenían las mujeres de su época en los que se mencionan más de trescientas variedades de plantas. Muchos de estos libros, tal y como plantea Kate Hurd-Mead, no han sido escritos por el Padre de la Medicina, probablemente ni el famoso ‘Juramento’. Muchas mujeres escribieron libros de medicina, sin ninguna duda, prácticamente cada siglo desde Hipócrates. Tampoco escribió los libros de ginecología para sus alumnos: llevan la marca de ser escritos femeninos que han sido copiados con su firma durante siglos, de la misma forma que Moschion copió el tratado de ginecología de Cleopatra; con el tiempo se convirtió en parte de su propio libro y fue identificado con su nombre. De cualquiera de las maneras, para la escuela hipocrática y según el Corpus Hippocraticum, las drogas son sustancias que actúan enfriando, calentando, secando, humedeciendo, contrayendo y relajando, o haciendo dormir y en su naturaleza está curar amenazando al organismo. Lo esencial será conocer la proporción exacta entre dosis activa o mortal.

Los romanos (y, sobre todo los árabes para el tránsito de la segunda a la tercera edad) emplearon opio puro en terapia agónica y como eutanásico. Decía Plinio el Viejo, de los bienes que la naturaleza concedió al hombre ninguno hay mejor que una muerte a tiempo, y lo óptimo es que cada cual pueda dársela a sí mismo. La demanda de esta droga para usos medicinales llegó a exceder la oferta provocando su adulteración pero, durante el Imperio, el opio fue un bien de precio controlado con el que no se podía especular. En el año 312, llegó a haber 793 tiendas dedicadas a la venta de opio en Roma y su volumen de negocio representaba el 15% de toda la recaudación fiscal, con todo, no hubo ningún problema de orden público o privado ni estigmatización social al respecto, era una costumbre socialmente aceptada y esta confianza en la naturaleza individual nos lleva a pensar en una tradición de automedicación muy arraigada y en una clara distinción entre derecho y moral, convicciones que concluyeron con la cristianización del Imperio romano. La euforia como fin en sí, los cultos orgiásticos, el hedonismo y la eutanasia empezaron a ser condenados legalmente a muerte. En el año 391, el obispo Teófilo ordena la quema de la biblioteca de Alejandría provocando la pérdida de incalculable saber pagano, especialmente el relativo a drogas por considerarlo infectado de brujería. Alrededor del siglo X, el uso de plantas diabólicas era traición a la fe cristiana y utilizarlas para fines terapéuticos era juzgado de herejía, así que, las drogueras, magas y, por tanto, herejes, fueron exterminadas y sus familias vendidas como esclavas, la magia estaba prohibida. Y Carlomagno pasaría a llamar al opio obra de Satanás.

La Edad Media guardó la cultura botánica adquirida por las mujeres en los monasterios donde las monjas se ocuparon de conservar los antiguos saberes, transcribiendo las obras clásicas. En estos lugares se crearon los primeros jardines de hierbas medicinales, donde se cultivaban plantas autóctonas o provenientes de peregrinaciones de países lejanos. De este modo, los monasterios abastecían su botica, siempre situada junto al hospital, donde se asistía a peregrinos y a personas de la zona. Hildegarda de Bingen (Alemania, 1098-1179), abadesa del convento de Disibodenberg y fundadora de otros monasterios como el de Bingen, en su Libro de medicina simple, establece una relación entre los productos de la naturaleza y los seres humanos, centrándose en los conocimientos que afectan específicamente a la mujer. Y clasificará los temperamentos de las plantas, como de las personas, según su cualidad caliente o fría, seca o húmeda. Este herbario, junto con el de Trótula de Salerno, tomaron gran impulso con el descubrimiento de la imprenta, así como otros de magia y brujería, que contaban acerca del beleño negro, el acónito, la belladona y la mandrágora.

Pero la extensión del poder estatal en Europa desde el principio del siglo XVI llegó al reconocimiento oficial de la medicina como disciplina universitaria y, por tanto, a la persecución de todo aquello que no fuera reconocido como medicina oficial. De este modo, se excluía a mujeres, moriscos, judíos y conversos del gremio, puesto que, la universidad y las organizaciones profesionales, eran lugares vetados para ellos. Comenzaba, entonces, la división sexual del trabajo que recluyó a las mujeres al trabajo meramente reproductivo con un altísimo control en todos sus aspectos y, así, el ‘arte de partear’, una actividad que había sido exclusivamente femenina, dejó de serlo, pues, la preocupación de la sociedad medieval por el control de la natalidad con sus numerosos métodos para ello no convenía a un incipiente sistema capitalista que lo que necesitaba principalmente era aumentar a toda costa el mercado de trabajo ante la escasez de trabajadores de finales del siglo XIV, algo que se consiguió no solo con la caza de brujas, sino también con el comercio de esclavos y la colonización de América. De este modo, la sodomía, el aborto y el infanticidio pasaron a ser crímenes reproductivos asociados con la herejía, una herejía popular que podemos entender como un movimiento anti-feudal con altísima participación femenina que consiguió realmente poner en crisis al sistema. Un sistema que lo que planteaba, entonces, con el control de la medicina, era una nueva forma de poder para el control de la sociedad. La nueva ciencia suponía una ruptura entre la botánica popular femenina y la medicina ‘oficial’ masculina, suponía la fragmentación del cuerpo y del ser, la separación de la práctica y la especulación, por lo que, su ineficacia continuaba cediendo cierto poder a la práctica empírica acumulada de las mujeres, por lo que la mujer se convirtió en la forma más clara de lo hereje. Comenzaba la lucha del poder político y religioso contra su práctica, contra la sabiduría popular, las señalaron como supersticiosas e ignorantes y las quemaron (por poseer poderes mágicos sobre la salud).

En la sociedad occidental de hoy en día, esta visión dicotómica, ha continuado con gran prestigio en el ámbito sanitario. La moderna medicina masculina, materialista, mecanicista y mayoritariamente frecuentada por mujeres forzadas por el poder patriarcal a ser pacientes, sigue negando, ignorando y reprimiendo todos aquellos conocimientos. Sigue imponiendo su mirada parcial, convertida en única y gran Verdad, a la vez que persigue, para robustecer su credibilidad, todo aquello a lo que no alcanza su campo de visión. En este modelo, en este sistema de poder impuesto, la persona enferma, a la que se le impone una absoluta indefensión y pasividad porque rara vez es escuchada o informada correctamente, es apartada de su propio proceso de curación, el cual y por la misma razón, en un altísimo porcentaje es desconocido incluso por el propio facultativo. En un discurso donde conocimientos, métodos, contenido y lenguaje están empapados de androcentrismo, clasismo y colonialismo, se recetan fármacos que tratan síntomas y enmascaran causas: las condiciones políticas que minan la salud de la sociedad; se practican extirpaciones de órganos de sabida ineficacia (normalmente asociados a la sexualidad femenina) y se realizan operaciones quirúrgicas innecesarias de forma habitual; y con la misma habitualidad, se tortura en el campo de la obstetricia; se marea a pacientes con pruebas inútiles, de un especialista a otro, una y otra vez, sin más pretensión que el silencio y agotamiento del paciente. Se valora (o inventa) con excesiva celeridad trastornos mentales y se prescribe, con insistencia y asombrosa alegría, medicación psiquiátrica que, lejos de ser una opción de cura a juzgar por el porcentaje de éxito, tiene unos efectos secundarios tremendamente negativos e irreversibles para el sistema nervioso, un nivel de adictividad superior al de cualquier planta ilegalizada y, como hace la medicina institucionalizada en general, niegan la salud en tanto que destruyen nuestro potencial para afrontar nuestras propias vulnerabilidades y particularidades de una forma personal, libre y autónoma. De este modo, la medicina institucionalizada, induce y refuerza una sociedad enferma a la que mantiene industrialmente, a la vez que incrementa su número de clientes.       

El estereotipo de la bruja se fue creando a lo largo del siglo XIV y la autorización legal llegó en 1484 con la firma de la bula Summis Desiderantes affectibus por parte del Papa Inocencio VIII, lo que legitimó a los inquisidores alemanes Heinrich Kraemer y Jacob Sprenger a dar comienzo a la persecución de mujeres sospechosas de brujería. Dos años más tarde, estos dos últimos, elaboraron y publicaron lo que fue un éxito editorial de la época, el Malleus maleficarum o Martillo de brujas, un misógino manual de inquisidores que otorgaba el soporte teológico y el asesoramiento legal necesario para instruir dichas causas: La brujería constituye la más alta traición contra la voluntad de Dios. Por eso los acusados han de ser sometidos a tortura, a fin de que confiesen. Y al que se hallare culpable, aunque confiese su crimen, sométasele a tortura, pues puede ser castigado en proporción a su delito. La bruja, teóricamente, establecía un pacto con el diablo tras ser seducida por este, a través del cual, la mujer recibía algún tipo de poder terrenal a cambio de su alma. Tras este acuerdo, volaban invisiblemente a reuniones colectivas, secretas y nocturnas en lugares remotos subidas en el mango de una escoba. Y lo cierto es que la escoba les ayudaba a volar, pues el mango, además de dildo, untado con el ungüento diabólico y utilizado como aplicador, ayudaba a alcanzar las partes más profundas de la vagina, zona mucosa muy irrigada por el riego sanguíneo, que facilitaba la rapidísima absorción y los efectos casi inmediatos. De este modo, tal y como describían con todo lujo de detalles las mismas condenadas, volaban a lugares lejanos para asistir a orgías demoníacas. Al revisar el desván de la dama se encontró un ungüento con el que engrasaba un bastón, sobre el cual podía deambular y galopar a través de todos los obstáculos, describe un acta inquisitorial del año 1324. Las brujas confiesan que ciertas noches untan un palo para llegar a un lugar determinado, o bien se untan ellas mismas bajo los brazos y en otros lugares donde crece vello (diligencia de 1470). Las drogas de las brujas, como dice Escohotado, delatan el deseo de abrazar el más acá, opuesto al fervor por el más allá y sus ungüentos podían contener hachís, flores de cáñamo hembra, opio, solanáceas (mandrágora, beleño negro, belladona, etc.), piel de sapo (que contiene dimetiltriptamina o DMT), hongos y setas visionarias.

Se dice que La Voisin, adivina y envenenadora ejecutada en la hoguera el 22 de febrero de 1680, utilizó beleño en la misa negra convocada a favor de Madame de Montespan, amante real de Luis XIV. Pero ya lo usaban los galos untado en las flechas. Crece entre escombros, cuadras y estercoleros y tiene propiedades relajantes y sedantes, es un alucinógeno afrodisíaco capaz de hacer sentir la ingravidez. Y al despertar de su sueño, la droga se revela por un sentimiento ilimitado de bienestar que agudiza la memoria, la imaginación y la capacidad de expresión. Solo la inhalación del humo de las semillas provoca ya la sensación de ligereza y vuelo pero tan solo dos gramos de rizoma de esta planta son letales. Las brujas consumieron masivamente ciertos vegetales para provocarse fuertes alteraciones de conciencia. Sus preparados servían para extraer los principios activos y ayudar a su absorción por vía oral (infusiones, brebajes, pócimas), cutánea (ungüentos o pomadas) o respiratoria (fumigaciones). Eran expertas conocedoras de las plantas, las cuales eran recogidas al atardecer en cementerios para no ser vistas, y delatadas por sus vecinos, y para obtener la mayor concentración de sus principios activos en un suelo rico en nitratos y sales amoniacales donde los vegetales doblan la cantidad de alcaloides (compuestos químicos con actividad alucinógena). 

Sin embargo, los oficios terapéuticos no populares, es decir, con categoría universitaria, no eran perseguidos por la Inquisición y así, numerosos eclesiásticos provenientes de las cruzadas a Tierra Santa y, por tanto, conocedores de la medicina árabe rica en drogas psicoactivas como el opio y el cáñamo, utilizarán dichas plantas para consumo y cura de determinadas patologías entre la monarquía y la nobleza. En el siglo XII se encuentra la primera descripción de la esponja soporífera, un anestésico compuesto por opio, beleño y mandrágora. Cuatro siglos después, se fusionará alquimia y terapéutica con el impulso dado por Paracelso, que recogerá toda la sabiduría hechiceril para presentarla a la comunidad médica en forma de pastillas, jarabes y tinturas. Suyo es el exitoso y primer preparado realizado con opio, el láudano de Paracelso, y sus tres discípulos, Platter, Gessner y Hostium, serán conocidos como el ‘triunvirato del opio’ por considerar la sustancia, junto con el holandés J.B. van Helmont ‘Doctor Opiatus’ (fundador de la iatroquímica o farmacología científica), piedra filosofal de la terapéutica. Médicos y boticarios españoles viajaron a América para aprender de los herboristas nativos y fruto de ello fueron los 17 volúmenes de la ‘Historia natural de las indias’ con las más de 3000 plantas registradas en ellos. Pero también la Inquisición perseguirá a estas hierberas nativas hasta bien entrado el siglo XIX.

Con la Ilustración, Iglesia e Imperio se van alejando, y la idea de autoridad se va transformando llegando a cuestionar la usurpación por parte del Estado del juicio de cada cual por razones de conciencia. Las drogas del paganismo retornan legitimadas por el cuerpo científico también para su uso ceremonial y lúdico. El primer opiado barato y fuerte serán los polvos de Dover y le seguirán otros tantos para tratar el dolor en general, el insomnio, trastornos gástricos, etc. y será usado abiertamente por casas reales como la de Suecia, Dinamarca, Inglaterra, Austria, Rusia, Prusia y España. Pero también por Goethe, Novalis, Coleridge, Shelly, Byron, Wordsworth, Keats, Goya y Walter Scott sin provocar, su consumo, altercado alguno durante más de dos siglos en Europa y América.

A mediados del siglo XIX, el aislamiento de los principios activos consigue poner en el mercado unos 70.000 remedios de fórmula secreta que contienen drogas psicoactivas en América, Ásia y Europa (Tónico del Doctor X, Agua Milagrosa de Z, etc.). De este modo, llega la morfina (alcaloide del opio), el primer gran fármaco utilizado en la guerra civil americana y en la franco-prusiana de 1870; en 1898, F. Bayer comercializa la heroína (también como remedio para la adicción a la morfina) con un gran despliegue publicitario, lo  que junto con la aspirina, la convertirán en el gran gigante de la química mundial. Comercializada a gran escala y mucho más divulgada que la heroína fue la cocaína, como ‘forma inofensiva de curar la tristeza’. En 1858, Baudelaire publica la primera parte de Paraísos artificiales: Sobre el ideal artificial, el Haschish; fruto de su pertenencia al Club des Haschischiens donde, junto a Delacroix, Nerval, Verlaine, Rimbaud, Balzac, Hugo, etc., reivindica el cáñamo como objeto de estudio e investigación científica al considerar su uso favorable para el conocimiento de la mente. Y en 1894, los siete volúmenes de la Indian Hemp Drugs Commission, concluye: Considerando el tema de una forma general, cabe añadir que en la India el uso moderado de hachís y marihuana es la regla, y que el uso excesivo resulta excepcional. El uso moderado no produce prácticamente ningún efecto nocivo, y el trastorno que produce un uso excesivo se limita casi exclusivamente al mismo consumidor; el efecto sobre la sociedad es raras veces apreciable. Pero para finales de siglo, la enérgica reacción puritana a dicha autonomía junto con el progresivo intento de monopolio por parte de Estado, médicos y farmaceúticos; conseguirán el estigma social y una legislación cada vez más estrictamente prohibicionista para sustancias tanto naturales como sintéticas. Estas medidas, que rechazaban la razón apelada por Louis Lewin en Phantastica de que todo hombre tiene derecho a hacerse daño, trajeron consigo, tanto en América como una década después en el resto del mundo, tráfico (siempre cercano a instancias políticas y servicios secretos), adulteración y mayor consumo.

Sin embargo, mientras la prohibición del resto de sustancias se mantiene, en el siglo XX aparecen de venta libre las aminas (también los barbitúricos, los opiáceos sintéticos, etc.), suministradas masivamente a los soldados en la Segunda Guerra Mundial y en posguerra a toda una población achacada de congestión nasal, mareo, obesidad, depresión, aburrimiento y falta de motivación. Los laboratorios intentaban ofrecer alternativas legales a lo prohibido, sustituir una farmacopea por otra considerando que lo sintético (patentado) era mejor a lo natural (impatentable) pero que resultó en miles de víctimas y en la triplicación del consumo y la adictividad. El uso de ciertas drogas, así como, de ciertos métodos pasaba a ser un delito del mismo modo que la homosexualidad, la prostitución o la eutanasia, a pesar de que la adquisición de estos últimos bienes y servicios no deje de ser un intercambio bien solicitado y pactado entre personas adultas.

En el siglo XXI, y en plena pandemia, ya es obvio que avanzamos hacia un control farmacéutico total con la ayuda indiscutible de los estados y del cuerpo médico legitimado. 

Nueva York / Londres 7 JUN 2020 – 14:19


Bueno Rey, Mar. Historia de las hierbas mágicas y medicinales. Ediciones Nowtilus, 2008.

Gómez, Paloma. La rebotica de la Celestina. Ediciones Mairi Unipersonal, 2003.

Paracelso. Botánica oculta. Edicomunicación, 1999.

Escohotado, Antonio. Historia elemental de la drogas. Editorial Anagrama, 1996.

Escohotado, Antonio. La cuestión del cáñamo. Una propuesta constructiva sobre hachís y marihuana. Editorial Anagrama, 1997.

Illich, Ivan. Némesis médica. La expropiación de la salud. Barral, 1975. Libre descarga: https://www.ivanillich.org.mx/Nemesis.pdf

Una pausa preñada

CONSIDERACIONES SOBRE LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Rogelio López Cuenca: NOTBREMSE en disciplinasocial.art

17 de mayo de 2020.

Por Ken Knabb (Bureau of Public Secrets)

Trad: Luis Navarro incluida en disciplinasocial.art

Original en inglés: Pregnant Pause

Ya vivíamos una crisis general global, pero la mayoría apenas tenía una vaga conciencia de ello porque se manifestaba en una confusa serie de crisis particulares – social, política, económica, ambiental. El cambio climático es la más trascendental de estas crisis, pero es tan complejo y tan gradual que resulta fácil ignorarlo para esta mayoría.

La crisis del corona ha sido repentina, innegable e ineludible. También se está produciendo en un contexto sin precedentes.

Si esta crisis hubiera tenido lugar hace cincuenta o sesenta años, habríamos estado totalmente a merced de los medios de comunicación, leyendo sobre ella en periódicos y revistas o sentados frente a la radio o la televisión absorbiendo pasivamente las instrucciones y las confortaciones que difundirían los políticos o los periodistas, sin apenas posibilidad de responder, excepto quizás para escribir una carta al director y esperar que se imprimiese. Por entonces, los gobiernos podían salir airosos en asuntos como el incidente del Golfo de Tonkín, pues pasaron meses o años antes de que la verdad saliera a la luz.

El desarrollo de las redes sociales durante las dos últimas décadas ha cambiado esto drásticamente. Aunque los medios de comunicación de masas siguen siendo poderosos, su impacto monopolístico se ha debilitado y ha sido sorteado a medida que las personas se han ido involucrando en los nuevos medios de comunicación interactivos. Esos nuevos medios se utilizaron pronto de manera radical exponiendo mentiras y escándalos políticos que antes habrían permanecido ocultos, y finalmente desempeñaron un papel crucial en el desencadenamiento y la coordinación de los movimientos de la Primavera Árabe y Occupy de 2011. Un decenio más tarde, se han convertido en una rutina para gran parte de la población mundial.

En consecuencia, es la primera vez en la historia que un evento tan trascendental ha tenido lugar siendo consciente de ello prácticamente todo el mundo en el planeta al mismo tiempo. Y se está desarrollando mientras gran parte de la humanidad se ve obligada a quedarse en casa, donde difícilmente puede evitar reflexionar sobre la situación y compartir sus reflexiones con los demás.

Las crisis terminan siempre sacando a la luz las contradicciones sociales, pero en este caso, con la atención mundial enfocada en cada nuevo desarrollo, las revelaciones han sido especialmente patentes.

La primera y quizás la más llamativa ha sido el inesperado cambio de las políticas gubernamentales. Como las “soluciones de mercado” habituales son obviamente incapaces de resolver esta crisis, los gobiernos se sienten ahora obligados a recurrir a la aplicación masiva de soluciones que antes despreciaban como “irreales” o “utópicas”. Cuando cualquiera, rico o pobre, nativo o extranjero, puede propagar una enfermedad mortal, todo lo que no sea asistencia sanitaria gratuita para todos es evidentemente una idiotez. Cuando se cierran millones de empresas y decenas de millones de personas son despedidas y no tienen perspectivas de encontrar un nuevo trabajo, es obvio que las prestaciones de desempleo habituales son irremediablemente insuficientes, y políticas como el ingreso básico universal se vuelven no sólo posibles, sino prácticamente inevitables. Como decía un sitio web satírico irlandés: “Con la puesta de los hospitales privados a disposición del interés público, el incremento de ayudas sociales para la gran mayoría de la nación y la prohibición de los desalojos y la aplicación de una congelación de los alquileres, los irlandeses tratan de entender cómo es que al despertar esta mañana se encontraron en una idílica república socialista”.

No hace falta decir que nuestra situación está lejos de ser idílica. Aunque Irlanda y muchos otros países han aplicado este tipo de medidas de emergencia, cuando miramos más de cerca encontramos que los sospechosos habituales siguen al mando, con sus prioridades de siempre. Particularmente en los Estados Unidos, donde los primeros en ser rescatados han sido los bancos y las corporaciones, ya que se inyectaron varios billones de dólares en los mercados financieros sin el más mínimo debate público. Más tarde, cuando se hizo evidente que se necesitaba un rescate más general, la mayor parte del dinero del rescate fue igualmente a esas mismas grandes empresas; gran parte de la porción menor destinada a las pequeñas empresas fue absorbida por las grandes cadenas antes de que la mayoría de las verdaderas pequeñas empresas recibieran un centavo; y la asignación para las familias trabajadoras normales y los desempleados fue un pago único que apenas podía cubrir dos semanas de gastos normales. Dando otra vuelta de tuerca, los gobernadores de varios estados han tenido la inteligente idea de reabrir prematuramente algunos negocios, privando a esos trabajadores del ingreso por desempleo si se niegan a poner en peligro sus vidas.

El sentido de tales rescates es que hay sectores que son supuestamente tan esenciales que necesitan ser “salvados”. Pero no es necesario salvar el sector de los combustibles fósiles, sino eliminarlo cuanto antes. Y no hay razón para salvar a las aerolíneas, por ejemplo, porque si quiebran pueden ser compradas por unos centavos por otra persona (preferiblemente el gobierno) y reiniciar su actividad con los mismos trabajadores y con las pérdidas a cargo de los anteriores propietarios. Sin embargo estas industrias inmensamente ricas y extremadamente contaminantes, y otras como ellas, están recibiendo cientos de miles de millones de dólares para “aliviar su crisis”. Pero cuando se trata de cosas de las que depende la gente de clase baja y media, de repente el mensaje es: “Tenemos que apretarnos el cinturón y no aumentar la deuda federal”. Así, Trump sigue presionando para que se recorte el impuesto sobre la nómina (lo que sabotearía el Seguro Social y Medicare) y ha amenazado con vetar cualquier rescate que preste alguna ayuda al Servicio Postal de los Estados Unidos (aunque UPS y Fedex ya han recibido miles de millones de dólares del dinero de los contribuyentes). Los republicanos han intentado durante décadas llevar a la bancarrota y privatizar la Oficina de Correos -del modo más flagrante en su ley de 2006, que exige que Correos financie las prestaciones de jubilación de sus empleados con 75 años de antelación (algo que ninguna otra entidad, pública o privada, se ha visto obligada a hacer nunca)-, pero la singular vehemencia de Trump sobre este tema en este momento se debe a su deseo de evitar que se vote por correo en las próximas elecciones.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que hay que dar prioridad a las personas que están en el extremo inferior de la escala. Las corporaciones multimillonarias no sólo no necesitan más dinero, sino que si lo obtienen la mayor parte de éste no “goteará de arriba a abajo”, sino que se saldará en refugios fiscales en el extranjero o se utilizará para la recompra de acciones. Pero si cada persona de clase baja y media recibiese, digamos, 2.000 dólares al mes durante la duración de la crisis (lo que le costaría al gobierno mucho menos que los actuales rescates de los súper ricos), prácticamente todo ese dinero se gastaría inmediatamente en necesidades básicas, lo que ayudaría al menos a algunas pequeñas empresas a continuar sus negocios, permitiría a más gente mantener sus puestos de trabajo, y así sucesivamente. Las pequeñas empresas también necesitan ayuda inmediata (especialmente si se han visto obligadas a suspender temporalmente su actividad durante la crisis) o es probable que quiebren, en cuyo caso las grandes empresas y los bancos las comprarán a precios de ganga, exacerbando así la ya gran brecha existente entre unas pocas megaempresas en la parte superior y todas los demás en la parte inferior.

La crisis del corona ha evidenciado la negligencia criminal de muchos gobiernos nacionales, pero la mayoría de ellos intentaron por lo menos tratar de resolverla de manera algo seria una vez que se dieron cuenta de la urgencia de la situación. Lamentablemente, no ha sido así en los Estados Unidos, donde Trump afirmó al principio que todo ello no era más que un engaño que pronto se desvanecería y que el número de muertos estaría “cerca de cero”, y luego, después de no hacer prácticamente nada durante más de un mes, cuando se vio finalmente obligado a admitir que se trataba de una crisis realmente grave, anunció que gracias a su brillante liderazgo “sólo” morirían unos 100.000 o 200.000 estadounidenses. Meses después del comienzo de la pandemia, todavía no existe una orden nacional de permanencia en el hogar, ni un plan nacional para realizar test, ni la adquisición y distribución nacional de suministros médicos para salvar vidas, y Trump sigue restando importancia a la crisis en un frenético esfuerzo por reiniciar la actividad lo suficientemente pronto como para revivir sus posibilidades de reelección.

Dado que su tardanza ya ha sido responsable de decenas de miles de muertes adicionales, y dado que también preside un caos económico que no se veía en América desde la Gran Depresión del decenio de 1930, en circunstancias normales los demócratas no deberían tener problemas para derrotarlo en noviembre. Pero como hizo hace cuatro años, el stablishment del Partido Demócrata ha demostrado una vez más que prefiere arriesgarse a perder ante Trump con una herramienta corporativa para el mantenimiento del status quo que arriesgarse a ganar con Bernie Sanders. Los programas de Sanders (Medicare for All, Green New Deal, etc.) eran populares entre la mayoría de los votantes, y lo han sido aún más a medida que la crisis del corona ha hecho más evidente su necesidad. El hecho de que tales reformas de sentido común sean vistas como radicales sólo refleja lo estúpidamente reaccionaria que es la política americana en comparación con la mayor parte del mundo.

Mientras tanto, como pronto quedó claro para casi todo el mundo que Trump no tiene la más mínima idea de cómo lidiar con la crisis del corona, excepto para mostrar sus increíbles conocimientos médicos y presumir de sus índices de audiencia en la televisión, ha dejado que cada cual se ocupe de ello por cuenta propia. Aunque algunos gobiernos estatales y locales han ayudado, cabe señalar que muchas de las respuestas más tempranas, amplias y creativas han sido llevadas a cabo por la iniciativa de gente común y corriente: jóvenes que hacen la compra a vecinos mayores y más vulnerables, personas que fabrican y donan las máscaras protectoras que los gobiernos dejaron de almacenar, profesionales de la salud que ofrecen consejos de seguridad, personas con conocimientos técnicos que ayudan a otros a establecer reuniones virtuales, padres que comparten actividades para los niños, otros que donan a bancos de alimentos, o que financian en masa para apoyar pequeños negocios populares, o que forman redes de apoyo para prisioneros, inmigrantes, personas sin hogar, etc.

La crisis ha demostrado vívidamente la interconexión de las personas y los países de todo el mundo, pero también ha revelado, para quienes no eran conscientes de ello, que la vulnerabilidad no se comparte por igual. Como siempre, los más desfavorecidos son los que más sufren: personas en las cárceles o los centros de detención de inmigrantes o que viven en barrios marginales abarrotados, personas que no pueden practicar el distanciamiento social y que tal vez ni siquiera tengan instalaciones para lavarse las manos de manera eficaz. Mientras que muchos de nosotros podemos quedarnos en casa con sólo leves inconvenientes, otros no pueden hacerlo (si es que tienen casa) ni compartir contenidos a través de los medios sociales (si es que tienen ordenador o un teléfono inteligente) porque se ven obligados a seguir trabajando en “trabajos esenciales”, en condiciones peligrosas y a menudo por un salario mínimo y sin beneficios, para poder proveer comida, servicios públicos, entregas y otros servicios a quienes se quedan en casa. (Véase el provocativo análisis de Ian Alan Paul sobre el sector “doméstico/conectado” y el sector “móvil/desechable” en The Corona Reboot).

Los trabajadores “móviles/desechables” suelen estar muy aislados y son demasiado vulnerables para atreverse a luchar (sobre todo si no tienen papeles), pero como sus trabajos son en su mayoría esenciales tienen en este momento una influencia potencialmente fuerte, y no sorprende que empiecen a utilizarla. Dado que se acumulan los peligros y las tensiones, han perdido la paciencia, comenzando con las huelgas generalizadas de gatos salvajes de marzo en Italia para luego extenderse a otros países. En los Estados Unidos han estallado protestas y huelgas entre los trabajadores de Amazon, Instacart, Walmart, McDonald’s, Uber, Fedex, los trabajadores de las tiendas de comestibles, los de la basura, los de la industria automotriz, los de los asilos de ancianos, los trabajadores agrícolas, los empacadores de carne, los conductores de autobuses, camiones y muchos otros; las enfermeras y otros trabajadores de la salud han protestado por la escasez de equipo médico; los trabajadores de General Electric han exigido que se vuelvan a destinar las fábricas de motores a reacción a la fabricación de ventiladores; las familias sin hogar han ocupado edificios vacíos; se han iniciado huelgas de alquiler en varias ciudades; y los presos e inmigrantes detenidos están en huelga de hambre para visibilizar sus condiciones particularmente inseguras. No hace falta decir que todas estas luchas deben ser apoyadas, y los trabajadores de primera línea deben ser los primeros ante cualquier rescate que se lleve a cabo.

Tras permanecer en casa durante meses, todos estamos naturalmente ansiosos por reanudar en algún grado nuestra vida social en cuanto sea posible. Hay debates legítimos sobre cuándo y bajo qué condiciones es más seguro hacerlo. Lo que no es legítimo es ignorar o negar deliberadamente los peligros sólo para que las empresas puedan reanudar su actividad y los políticos puedan ser reelegidos. La revelación más gruesamente esclarecedora de toda la crisis ha sido ver cómo los expertos y los políticos declaraban abiertamente que sería una compensación aceptable que millones de personas muriesen si eso es lo que se necesita para “salvar la economía”. Esta admisión de las prioridades reales del sistema puede resultar contraproducente. A la gente se le ha dicho toda la vida que esta economía es inevitable e indispensable, y que si le dan rienda suelta finalmente funcionará para ellos. Si empiezan a verla como lo que realmente es (un juego económico amañado que permite a un pequeño número de personas controlar a todos los demás en el mundo a través de su posesión y manipulación de trozos de papel mágico), pueden concluir que necesita ser reemplazada, no salvada. “Una vez que la sociedad descubre que depende de la economía, la economía de hecho depende de la sociedad” (Guy Debord, La sociedad del espectáculo).

En este punto me gustaría dar un paso atrás y mirar lo que considero el aspecto más significativo de toda esta situación: la experiencia del cierre en sí misma. Esta experiencia no tiene precedentes, y cambia tan dramáticamente de un día para otro que todavía no sabemos qué pensar de ella. Seguimos esperando en secreto despertarnos y descubrir que sólo fue una pesadilla, pero cada mañana sigue ahí. Pero a medida que nos hemos ido acostumbrando a ella, nos entrega sus propias revelaciones.

Toda pausa abre un tiempo para reflexionar sobre nuestras vidas y reevaluar nuestras prioridades, pero saber que todos los demás lo hacen al mismo tiempo da a estas reflexiones un enfoque más colectivo. Esta pausa sacude nuestros hábitos y presunciones habituales y nos da a todos y cada uno de nosotros una rara oportunidad de ver nuestras vidas y nuestra sociedad bajo una nueva luz. Dado que cada día trae nuevas noticias, todo parece acelerarse; sin embargo, muchas cosas se han detenido, o al menos se han ralentizado drásticamente. Parece a veces que todo ocurre a cámara lenta; o que todos hubiéramos estado caminando dormidos y nos hubiéramos despertado de repente, mirándonos unos a otros con asombro ante la nueva y extraña realidad, y su contraste con lo que antes considerábamos normal.

Nos damos cuenta de lo mucho que echamos de menos ciertas cosas, pero también de que otras no las echamos de menos en absoluto. Muchas personas han señalado (generalmente con una vacilación medio culpable, ya que por supuesto son muy conscientes de la devastación que está ocurriendo en la vida de muchas otras personas) que personalmente están apreciando la experiencia en algunos aspectos. Todo está mucho más tranquilo, los cielos están más claros, apenas hay tráfico, los peces están regresando a las vías fluviales anteriormente contaminadas, en algunas ciudades los animales salvajes se aventuran a recorrer las calles vacías. Se ha bromeado mucho sobre cómo aquellos a quienes les gusta la vida contemplativa tranquila apenas notan ninguna diferencia, en contraste con las frustraciones y ansiedades de aquellos que están acostumbrados a estilos de vida más gregarios. En cualquier caso, les guste o no, millones de personas están recibiendo un curso intensivo de vida enclaustrada, con horarios diarios repetidos, casi como los monjes de un monasterio. Pueden continuar distrayéndose con entretenimientos, pero la realidad sigue trayéndoles de vuelta al momento presente.

Sospecho que la frenética prisa de algunos dirigentes políticos por “volver a la normalidad” lo antes posible no sólo se debe a evidentes razones económicas, sino también a que tienen la vaga sensación de que, cuanto más dure esta pausa, más gente se desprenderá de las adictivas actividades de consumo de su vida anterior y se abrirá a la exploración de nuevas posibilidades.

Una de las primeras cosas que mucha gente ha notado es que el distanciamiento social, por frustrante que pueda ser en algunos aspectos, irónicamente está acercando a la gente espiritualmente. Mientras que las personas empiezan a apreciar de manera distinta lo que los demás significan para ellas, comparten sus pensamientos y sentimientos más intensamente y más ampliamente que nunca – personalmente a través de llamadas telefónicas y correos electrónicos, colectivamente a través de las redes sociales.

Muchas de las cosas que se comparten son, por supuesto, bastante modestas y ordinarias: asegurarnos de que lo estamos haciendo bien (o no), comparar notas sobre cómo tratar éste o aquel problema, recomendar películas o música o libros de los que nos hemos estado dando un atracón. Pero la gente también está haciendo memes, chistes, ensayos, poemas, canciones, sátiras, parodias. Por muy amateur que sean muchas de estas cosas, el efecto conjunto de miles de estas expresiones personales compartidas en todo el mundo es en cierto modo más impactante que ver actuaciones profesionales en circunstancias normales.

Los mensajes más simples y comunes en las redes sociales han sido los memes: frases cortas e independientes o pies de foto añadidos a las ilustraciones. En contraste con los vehementes eslóganes políticos tradicionales a favor o en contra de algo, estos “memes” suelen tener un tono más inexpresivo con un giro irónico, dejando que el lector descubra las contradicciones que se revelan.

Es interesante comparar estos memes con las expresiones populares de otra crisis de hace poco más de cincuenta años, como el graffiti de la revuelta de mayo de 1968 en Francia. Hay algunas diferencias obvias en el tono y el contexto, pero en ambos casos hay una maravillosa mezcla de humor y perspicacia, ira e ironía, indignación e imaginación.

La crisis de 1968 fue provocada intencionalmente. Una serie de protestas y peleas callejeras de miles de jóvenes en París inspiraron una huelga general salvaje en la que más de diez millones de trabajadores ocuparon fábricas y lugares de trabajo en toda Francia, cerrando el país durante varias semanas. Cuando miras el graffiti, puedes percibir que estas personas estaban haciendo activamente su propia historia. No se limitaban a protestar, sino que exploraban, experimentaban y celebraban, y esos graffitis eran expresiones de la alegría y la exuberancia de sus acciones.

Nuestra situación actual se asemeja a la anterior en el sentido de que de repente prácticamente todo se ha paralizado, dejando a la gente mirando a su alrededor y preguntándose: ¿Y ahora qué? Pero durante mayo de 1968, cuando el gobierno se había retirado momentáneamente (ya que era impotente frente a la huelga general), eso significaba: ¿Qué debemos hacer ahora? (¿Tomar el control de este edificio? ¿Volver a poner en marcha esta fábrica bajo nuestro propio control?). En nuestra situación, que es más pasiva, eso significa principalmente: ¿Qué va a hacer el gobierno a continuación? ¿Cuáles son las últimas noticias sobre el virus?

Los memes que se están compartiendo durante la presente crisis reflejan esta pasividad. En su mayoría expresan las reacciones de la gente al encontrarse en una situación desagradable que no eligieron, y mucho menos provocaron. Algunos trabajadores de primera línea están en huelga, pero sólo esporádicamente, por desesperación. Prácticamente todos los demás se quedan en casa. Pueden denunciar atropellos, o abogar por políticas que podrían mejorar las cosas, o apoyar a los políticos que esperan que implementen tales políticas, pero lo hacen desde la periferia. La participación se limita a aspectos como la firma de peticiones o el envío de donaciones, aunque se mencionan ocasionalmente cosas que la gente puede hacer una vez que seamos libres de salir a las calles de nuevo.

Al mismo tiempo, sin embargo, millones de personas están utilizando esta pausa para investigar y criticar los fiascos del sistema, y lo hacen en un momento en que prácticamente todos los demás están obsesionados con lo mismo. Creo que este primer debate mundial sobre nuestra sociedad es potencialmente más importante que la crisis particular que lo desencadenó.

Admito que es una discusión muy confusa y caótica, que tiene lugar dentro del aún más caótico ruido de fondo de las preocupaciones individuales de miles de millones de personas. Pero lo importante es que cualquiera puede participar cuando quiera y tener potencialmente algún impacto. Pueden publicar sus propias ideas, o si ven alguna otra idea o artículo con el que están de acuerdo, pueden enviar por correo electrónico el enlace a su red de amigos o compartirlo en Facebook u otras redes, y si otras personas están de acuerdo en que es pertinente, pueden a su vez compartirlo con sus amigos, y así sucesivamente, hasta que en pocos días millones de personas lleguen a ser conscientes de ello y puedan seguir compartiéndolo o adaptarlo o criticarlo.

Este debate está, por supuesto, lejos de ser un proceso democrático de toma de decisiones. No se está decidiendo nada más que las vagas fluctuaciones de popularidad de este o aquel meme o idea. Si de esta crisis saliese un movimiento mundial importante, tendrá que desarrollar formas más rigurosas de determinar y coordinar las acciones que los participantes consideren apropiadas, y obviamente no querrá que sus comunicaciones dependan de plataformas de medios de comunicación manipulados de propiedad privada como ocurre ahora. Pero mientras tanto tenemos que trabajar con lo que tenemos, en este terreno donde prácticamente todos están ya conectados, aunque sea superficialmente. Ya es un gran primer paso que todo el mundo pueda influir personalmente en lugar de dejar las cosas a los líderes y a las celebridades. Yendo más lejos, tenemos que ser conscientes de lo que está sucediendo, de que lo que pasa dentro de nosotros y entre nosotros contiene más promesas que todos los absurdos dramas políticos que estamos observando tan atentamente.

Estas ideas pueden parecer extravagantes, pero no lo son más que la realidad a la que nos enfrentamos. La Organización Internacional del Trabajo ha informado de que casi la mitad de la fuerza de trabajo mundial corre el riesgo de perder sus medios de vida. Eso equivale a 1.600 millones de trabajadores de un total de 3.300 millones, un trastorno social mucho más extremo que el de la Gran Depresión de la década de 1930. No tengo ni idea de lo que saldrá de esto, pero no creo que 1.600 millones de personas vayan a acurrucarse mansamente a morir para que el juego de la estafa económica de la élite gobernante pueda seguir prosperando. Algo tiene que pasar.

Pase lo que pase, está claro que nada volverá a ser lo mismo. Como mucha gente ha notado, no podemos “volver a la normalidad”. Esa vieja normalidad era un desastre, aunque hubiese personas que vivían en circunstancias lo bastante cómodas como para poder decirse a sí mismas que no estaban tan mal. Además de todos sus otros problemas, ya nos estaba empujando hacia una catástrofe global mucho peor que la que estamos atravesando ahora.

Afortunadamente, no creo que pudiéramos regresar aunque quisiéramos. Demasiada gente ha visto ahora la locura mortal de esta sociedad con demasiada claridad. Organizar un tipo diferente de sociedad – una comunidad mundial creativa y cooperativa basada en la satisfacción generosa de las necesidades de todos en lugar de proteger la riqueza y el poder exorbitantes de una pequeña minoría en la cima – no es simplemente un ideal, es ahora una necesidad práctica. (Mis propias opiniones sobre cómo podría ser una sociedad así y cómo podríamos llegar a ella se exponen en El placer de la revolución.)

El coronavirus es simplemente un efecto secundario del cambio climático (una de las muchas nuevas enfermedades que se están generando por la deforestación y su consiguiente perturbación de los hábitats de la vida salvaje). Si no actuamos ahora, pronto nos enfrentaremos a otras crisis, incluyendo más pandemias, en condiciones mucho más desfavorables, cuando el cambio climático y sus desastres asociados hayan colapsado nuestras infraestructuras sociales y tecnológicas.

La crisis del corona y la crisis del cambio climático son muy diferentes en cuanto a tiempo y escala. La primera es súbita y rápida – cada día de retraso significa miles de muertes adicionales. La segunda es mucho más gradual, pero tiene mucha más trascendencia – cada año de retraso probablemente signifique millones de muertes adicionales, junto con una existencia miserable para quienes sobrevivan en tales condiciones distópicas.

Pero esta conmoción que estamos experimentando ahora es también una oportunidad para un nuevo comienzo. Esperemos que un día miremos hacia atrás y lo veamos como la llamada de atención que logró hacer entrar en razón a la humanidad antes de que sea demasiado tarde.

Ken Knabb (Bureau of Public Secrets)

Coronavirus: el Chernobil del neoliberalismo

Fermín Díez de Ulzurrun en disciplinasocial.art

Coronavirus: el Chernobil del neoliberalismo

Por Juan Domingo Sánchez Estop. (publicado originalmente en disciplinasocial.art

Llevamos varios meses asistiendo al desarrollo de una amenaza invisible, de una enfermedad de origen viral que está produciendo miles de muertos y de contagios en todo el planeta y que podría cobrarse muchas más vidas si no se actúa con rapidez y eficacia. La causa de la pandemia que vivimos es un virus, una forma de vida incapaz de sobrevivir y de reproducirse sin encontrar un huésped involuntario en las células de un organismo vivo. El virus es así una forma de vida precaria que, como la nuestra, necesita siempre un otro que la acoja. Como el virus necesita nuestros cuerpos nosotros necesitamos de la sociedad y de los cuerpos que la componen. Los virus siguen así las líneas de nuestras relaciones sociales, las de nuestra propia necesidad de conexión con el otro, las de nuestra intrínseca finitud y vulnerabilidad. En unas sociedades con un altísimo grado de división del trabajo y de interconexión social como las del capitalismo neoliberal los virus gozan de magníficas oportunidades para prosperar. Los virus se difunden por el contacto directo o indirecto con otros individuos humanos, el aire que respiramos, los objetos que pasan de mano en mano o que muchas personas tocan, las mercancías que circulan constantemente. A diferencia de un tsunami, un terremoto o una guerra, la epidemia viral no es espectacular en su despliegue sino en sus efectos directos e indirectos: centenares de miles de contagios, miles y miles de muertos, suspensión de la vida normal y en particular de la vida pública, hundimiento de la producción social y del consumo, miedo latente al contagio. Todo esto no es visible por sí mismo, sino a través de la estadística que nos permite contemplar el comportamiento de las poblaciones.

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La realidad, la verdad y sus submundos

Lo incierto permite la posibilidad de todas y cada una de las cosas. Y ahí radica el secreto. Hay que creer en la posibilidad de todas y cada una de las cosas (Duane Michals)

Llevo años acercándome al trabajo asambleario y cooperativo, creando o participando en iniciativas de reflexión y acción libertaria. En ocasiones me pregunto qué ocurriría si mañana, por fin, apareciera la Libertad. Nuestra manera personal de relacionarnos, hasta el momento, ha sido bastante más civilizada que la que mostramos en nuestras relaciones virtuales. Pero el caso es que somos tantos y tan distintos que…¿cómo podríamos hacer respetar esa “posibilidad de todas y cada una de las cosas”? Atendiendo, sobre todo, al cuidado. Al reconocimiento del derecho a ser particular de cada cual dentro de lo comunitario.

En estos días analizaba uno de los capítulos de la serie Contacts que muestra el proceso creativo de algunos destacados artistas visuales, concretamente el dedicado a Duane Michals, para un colectivo fotográfico con el que trabajo. En estos días, se han acentuado mis dudas con respecto al concepto de verdad y realidad y mi miedo con respecto a la lejanía de una sociedad libre.

Este texto en origen se centraba en el desarrollo del proyecto fotográfico en torno a los temas “cuerpo e identidad” y “territorio y sociedad”, pero, con ocasión de orientarlo hacia la captura fotográfica de esa realidad que vivimos, como herramienta de distracción durante el confinamiento, para aprovechamiento de mi alumnado y compañeros de las múltiples convocatorias fotográficas existentes, no he podido evitar reflexionar entre líneas, conforme lo iba escribiendo, sobre algunas inquietudes propias, sociales y personales, en este Estado de Alarma.

De alguna manera, esta pandemia y mi estado de ánimo se han mezclado con el análisis realizado ya que, conforme veía el vídeo en el que Michals explicaba la relación de sus trabajos con sus inquietudes y pensamientos, se iban conectando en mí algunas conclusiones acerca de lo pensado y lo sentido en estos días. El surrealismo ha sido, sin duda, una herramienta creativa de pensamiento y revolución. En estos momentos, es casi lo único que me salva de la realidad de fuera.

La manera de acercarse de Michals al concepto de realidad me ha servido de mucho en un momento en el que derivo entre hablar o permanecer callada con respecto a mi propia verdad de este asunto de la Pandemia. Exponerme u ocultarme es una diatriba habitual propia para sobrevivir en esta sociedad de artistas famélicos de ego. Pero es también un ejercicio de autoafirmación existencial del mío propio. Hablo, luego existo. Me expongo, luego existo. Como si ese poner el dedo en la llaga me afirmara mi propia existencia a partir de la experiencia del dolor. Duelo, luego soy.

En estos momentos sociales, además, todo el mundo es creador, creador de razones con las que convencer a otros. Y yo me encuentro de repente intentando explicar mi realidad, no para que prevalezca sobre otra, sino para sentir que tengo, al menos, derecho a vivirla. El cuestionamiento de la propia existencia, el cuestionamiento del derecho a existir como ser que piensa y que siente, que vive y crea su propia realidad, es verdaderamente lo que nos hace tratar tan visceralmente los asuntos de opinión. Defender la propia realidad como si la mirada de afirmación del otro fuera el único medio para legitimarla.

Observo el ostracismo al que estamos sometidos quienes osamos poner en duda el paradigma médico y científico actual. En estos días hemos pasado a ser considerados de estúpidos analfabetos a peligrosos delincuentes, lo que es peor, por nuestros propios compañeros. Y todo eso sin salir de casa. Afincados en la imagen de la imagen que proyectamos a través de esa única ventana que nos han permitido utilizar para las relaciones sociales. Situados en un entorno que es una réplica de la realidad que se ha convertido en submundo. Donde el concepto de verdad debería ponerse en cuarentena.

Después de oír a Michals, no hago más que pensar acerca de la irrealidad, la estrepitosa irrealidad de la imagen fabricada con la que trabajo cada día, de la que conozco sus características como conoce la arcilla el alfarero. Y siento así, también, la certeza de que el arte es un canal de expresión vital que sirve de bálsamo al que, solitario, se identifica con él en su submundo. Eso me hace querer crear, exponerme, dolerme. Para saber que existo y que otros que dudan de su existencia se reconozcan al mirarse en mi espejo.

INVENTAMOS NUESTRO UNIVERSO MIENTRAS AVANZAMOS

Duane Michals habla en uno de sus trabajos de la relación de indeterminación de Heisenberg. Le llama “El espejo mágico de la incertidumbre de Heisenberg”. Como fotógrafa, así como también como ser que vive en una realidad interpretable, siento que, de alguna manera, todo lo que somos está condicionado por el sesgo del observador.

Hoy hay tantos gritos sobre certezas basadas en imágenes verosímiles que ¿son veraces?. Desde las de un microscopio, pasando por ecografías, la imagen periodística o la del meme, el bulo o el viral. Todas están hechas de la misma materia. Todas son interpretadas desde un punto de vista en su lectura, como así fueron producidas en su origen. Todas conducen a esta distopía retransmitida en multimedia como si fuera real. Pero ¿y si no lo fuera?, ¿y si no tuviéramos la posibilidad de “conocer el mundo en toda su magnitud”?

Michals se sabe a sí mismo como reflejo “fotografiando otros reflejos en un reflejo”. Nos avisa de que, al mirarnos dentro, no sabemos nunca a ciencia cierta qué reflejo propio veremos en el espejo. Reflexiona acerca de que la realidad, la que vemos ahí fuera, está hecha de contradicciones y que es importante contradecir lo que se cree estar viendo.

Me es curioso cómo entre fotógrafos y periodistas, a pesar de los conocimientos que adquirimos en nuestra formación reglada, y los que experimentamos, como Duane Michals, a través de la propia práctica fotográfica, sigue existiendo una resistencia a reconocer que sí, que -como dice Joan Fontcuberta- “el buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”.

En estos días enseño a mis alumnos de Estudios Superiores de Diseño a hacer fotografía de moda profesional de catálogo con sus móviles y en casa. Y al mismo tiempo explico a mis alumnos de 2º de Bachillerato la diferencia entre Publicidad Institucional y Propaganda. Estudiamos el decálogo de Goebels. Y yo me miro en el espejo de la sociedad que me refleja cuando me asomo al balcón o a la ventana de la televisión o de las redes sociales y pienso. Pienso en el principio de incertidumbre de Heisenberg. Pienso en la mirada de los fotógrafos que mienten bien la verdad. Pienso en cómo miro yo mi propia realidad. Hacia afuera y hacia adentro.

FOTOGRAFIAR LA VERDAD

En mi tesina de Doctorado investigué el tratamiento informativo que dio la televisión a la también llamada “Crisis de los refugiados” del año 2000. Analizaba la estructura narrativa de las noticias, y cómo había evolucionado desde el paradigma de Lasswell (las 6 W) hasta la misma construcción semiótica que advirtió Vladimir Propp a partir de los cuentos maravillosos en “Morfología del cuento”.

En estos momentos creo que a todos nos es evidente que las noticias nos las cuentan con una estructura narrativa bien calculada, con sus arquetipos binarios bien polarizados. El problema es que trasladamos esa estructura semiótica de la imagen, que al fin y al cabo es una creación humana, y por tanto más simple e imperfecta que quienes las creamos, a nuestras propias vidas, a nuestras propias relaciones, realidades y submundos. De manera que, de tanto consumir esquemas mentales sencillos, simplificamos la imagen que tenemos de la sociedad y la realidad cuando verdaderamente los matices de la existencia de ambas son mucho más complejos y no podríamos asimilarlos ni controlarlos nunca. Ni en ciencia, ni en medicina, ni en información, ni en modos de organizar y entender la sociedad.

A pesar de la imagen de héroes de políticos y sanitarios como demiurgos creadores de la paz social y la salud mundial que vemos cada día en los telediarios (en esos informativos con narraciones arquetípicas e irrealidades fabricadas que acabamos por creer que conforman nuestra vida, esa que ahora queda al otro lado de la otra ventana) la realidad es inabarcable y el ser humano incompleto.

En estos días, multitud de fotógrafos se afanan en explicar en redes la relación entre punto de vista y focal en las imágenes virales de la ocupación de las calles por padres y niños en la “desescalada”. A favor o en contra, los hooligans de uno y otro equipo, manipulan argumentos con los que explicar sus propias verdades. Sin darse cuenta de que todas la teorías son válidas. Todas son verdaderas para aquel que la sostiene.

LA IMAGEN MANCHA

Sobran análisis acerca de cuestiones técnicas, estructurales y políticas. Pero, por otro lado, está la contaminación y sobresaturación de imágenes. Desde las videoconferencias del teletrabajo, a la atención continuada al NODO con el temor o la esperanza del deshielo, el “momento bar” de las discusiones telemáticas o la búsqueda de información veraz. Todo está contaminado de imágenes, ilusiones de realidad interpretables a modo de correspondencia electrónica que un emisor ha lanzado para que yo la coteje.

«Creo que mis emociones, mis sueños, mis miedos, -explica Michals- todo esto es más real que lo que solemos fotografiar». Y nos muestra un ejemplo que podría representar también simbólica y metafóricamente el estado de ánimo de muchos en este confinamiento. 

«El desdichado» es una persona a la que el Gobierno ha prohibido amar. Y al que «nunca se le pasó por la cabeza infrigir la ley». Convirtiéndose por ello en un ser deforme. Fotografiar la angustia a Michals le parece algo imposible, sin embargo a través de sus imágenes logra transmitirla.

La imagen mancha. Yo he tenido que apartarme de la imagen del miedo estos días porque soy hipersensible a pesar de estar expuesta a ella de continuo. Aunque la ira y el desprecio manchan aún más. También he tenido que apartarme de la ansiedad del otro luchando contra mi propia verdad para poder hacer existir la suya.

Y es que, en realidad, todos necesitamos consumir verdades fabricadas a nuestra medida. La que sintonice con la calma que mi ansiedad necesita, la que me diga que puedo estar tranquila porque lo que pienso es verdad, que es la verdad más verdadera de todas, y que por eso tengo derecho a pensarla y a existir dentro de ella.

FOTOGRAFIAR COMO AUTOCUIDADO

“Las apariencias –dice Michals- nos muestran lo que esperamos ver y no lo que somos. Con ellas intentamos tranquilizarnos, pero no conocernos”

Ir desnudando, como por capas de cebolla, esa rigidez de las apariencias con las que nos vestimos para estar tranquilos. Al ritmo y voluntad de quien quiera profundizar en ellas. Llegar a la esencia, a la autenticidad del sentimiento guardado. Esa es otra de las funciones de la fotografía como testimonio de la realidad.

Acercarme una realidad de fuera que es verosímil, pero que puede no ser verdadera (el instinto, en realidad, me hace interpretarla inconscientemente como falsa) supone un tipo de uso de la imagen, pero acercarme mi propia verdad a través de la misma, o incluso acercarles a otros la que quisieran que tuvieran al verme, es otro, que me hace ser consciente de qué rol elijo como creador de la imagen de mí mismo.

En estos momentos en los que la vida se para, desde muchos frentes nos animan a ocultar la emoción, a dejarla escondida y mostrar la alegría, sólo la alegría compartida se considera solidaria. Sin embargo, sobre todo porque llevo años trabajando con emociones y comprendiendo las consecuencias psicosomáticas que tiene la represión emocional en el cuerpo físico, me parece inadecuado que se enfrente un estado de salud como el que vivimos potenciando hábitos insaludables.

Reir, compartir la belleza, mantener la energía y el ánimo en nosotros y en los nuestros por supuesto que es lo que debemos hacer para estar sanos. Pero por supuesto que también debemos permitirnos mirar al espejo, cara a cara, cuando estamos tristes, siendo conscientes de la melancolía que nos causa la lluvia, la nostalgia que sentimos ante la lejanía de los otros, la preocupación, el miedo, ante la enfermedad de los nuestros o la propia, la incertidumbre, incluso, que causa la idea de la muerte.

Verbalizar las preocupaciones, sin quedarnos anclados a ellas ni hundirnos en el gris que pesa, es darles alas para ir fuera, para no quedarse doliendo dentro. Decir lo que hay que decir, ya sea mediante el enfrentamiento o el abrazo, dejar ser al conflicto, al desorden, a la exultante (para algunos a veces incluso insultante) espontaneidad del entusiasmo. A la pasión del amor y de la guerra. Es, la mayoría de las veces, un antídoto contra cualquier contagio.

En estos momentos de manifestaciones políticas e intelectuales varias, de deshacernos y rehacernos amistades virtuales, de masticar silencios en las conversaciones telefónicas con la familia, crear y decir a través de nuestras creaciones también puede ser una buena terapia.

El proceso de duelo en estos momentos de pandemia y encierro, cualquiera que sea el duelo que atravesamos, pasa por identificarlo, ritualizarlo, de alguna manera, porque esa fase es imprescindible para sanarnos. El tiempo y el espacio son buenas herramientas para poner distancia en un entorno y momento en el que todo se ha comprimido de manera artificial.

La fotografía, en definitiva, es una herramienta para escenificar el miedo y enfrentarse a él. Para imponer verdades desde el miedo, propio o contagiado. Para compartir nuestra verdad o nuestra realidad. O para construir nuestro propio mundo donde escondernos, mientras pasa la tormenta.

“Me equivocaba -dice Michals- al pensar que la apariencia de las cosas era su realidad. Creía que una foto de esas apariencias era una foto de la realidad. La triste verdad es que nunca podemos fotografiar la realidad”.

El vídeo de la serie Contacts al que se refiere este artículo se puede ver aquí:
https://lalulula.tv/documental-2/contacts/contacts-%c2%b7-duane-michals

El despotismo occidental

Toni Tenembaum en disciplinasocial.art

15 de abril de 2020. Por: Gianfranco Sanguinetti. Trad: José Sagasti publicada originalmente en disciplinasocial.art

El enfoque contra insurrecional adoptado inmediatamente y en todas partes por lo que se llama impropiamente la “guerra contra el virus”, confirma la intención que hay detrás de las operaciones “humanitarias” de esta “guerra”…

*EL DESPOTISMO OCCIDENTAL

Gianfranco Sanguinetti

1 de abril de 2020

La conversión de las democracias representativas de Occidente en un despotismo completamente nuevo ha asumido, a causa del virus, la figura jurídica de “fuerza mayor” (en la jurisprudencia la fuerza mayor es, como sabemos, un caso de exoneración de responsabilidad). Y así el nuevo virus es, al mismo tiempo, el catalizador del evento y el elemento de distracción de las masas por el miedo.(1)

Por más hipótesis que haya planteado desde mi libro “Sobre el terrorismo y el Estado”* (1979) sobre cómo se habría producido esta conversión, que considero inevitable, de la democracia formal al despotismo real, debo confesar que no había imaginado que pudiera ocurrir con el pretexto de un virus. Y sin embargo, los caminos del Señor son verdaderamente infinitos. Y también los de la astucia de la razón hegeliana*.

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Juerga de clausura

Desechables – Fiebre

Los carniceros del norte – Invasores invisibles

Naughty Zombies – Quiero ser tu enfermera

Manolo Kabezabolo – Dando vueltas en la cama

Último Resorte – Hogar, dulce hogar

Núcleo Terco – Colapso social

Vulpes – Anarkia en TV

Maniática – ¿Y ahora qué?

Chroma – Cuerpos dóciles

Farmacia de Guardia – Paseando al perro

Raw Paw – Rutina asesina

Matando Gratix – Estado de sitio

Las Grasas Trans – ¿Dónde está la peluquera?

Parálisis permanente – Autosuficiencia

Penadas por la ley – Real Dekreto

Joy Division – Isolation

Elektroduendes – Trankilos y seguros

Cicatriz – Txota

Cocadictos Juan Pablo II – Suicidio colectivo

Basura – Masacre en la ONU

De espaldas al patriarcado – No oigo ná

Genderlexx – Engranajes

Daf – Der Mussolini

Matando Gratix – Sorpresas te da la vida

Eskorbuto – Ha llegado el momento (el fin)

La crisis sanitaria como herramienta de domesticación.

La crisis sanitaria como herramienta de domesticación

El Tranquilizador. En Contingencia en disciplinasocial.art

(Texto de la Biblioteca Social Contrabando publicado originalmente en https://disciplinasocial.art/ )

Este texto pretende ser una aportación al debate sobre lo que está pasando. Es un intento de entender un poco mejor lo que la narrativa oficial de la epidemia nos cuenta, y lo que nos oculta, y como la están llevando a la práctica las instituciones. Se trata de contribuir a crear una perspectiva crítica, que sirva para afrontar lo que se nos viene encima.

Lo que nos están contando los medios de comunicación sobre la epidemia suena a historia de terror, lo que pasa en el vecindario, y en los hospitales parece confirmar su autenticidad. La historia oficial de esta epidemia dirige nuestra atención hacia algunos aspectos de la realidad, en cambio otros, quedan ocultos. Esta historia suena familiar, y parece que simplifica demasiado las cosas: una amenaza, unos buenos, unos malos y la promesa de un final tranquilizador. Si se siguen las indicaciones, claro. Las medidas que están tomando las instituciones estatales van en la misma línea que este relato, y están provocando situaciones graves en lo sanitario y en lo social.

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