Se quema el Ninot del rey en el día de la Hispanidad

La escultura que presentaron hace dos años en la Feria ARCO los artistas Santiago Sierra y Eugenio Merino se ha quemado completando así el proyecto artístico.

Los artistas han elegido el día de la Hispanidad para quemar la figura escultórica del rey Felipe VI en el municipio barcelonés de Berga. Se trata de una obra hiperrealista de casi 5 metros de altura elaborada con materiales combustibles (cera, resinas, madera, tela y pelo natural) que las llamas han consumido hasta dejar sólo una calavera ignífuga a modo de “vanitas” y las cenizas. Además se cuenta con material fotográfico de la quema y un vídeo, que una vez editado, podrá ser adquirido por cualquier coleccionista interesado, junto con la calavera, las cenizas y las fotografías.

La obra se había realizado con la intención de ser quemada con el mismo ánimo con el que se queman las Fallas en la cultura popular: deshacerse de lo viejo y de lo corrupto para dejar paso a lo nuevo. Fue presentada por Santiago Sierra y Eugenio Merino en febrero de 2019 en el stand de Prometeogallery di Ida Pisani, que realizó la producción, durante la 38 edición de la feria de arte contemporáneo ARCO, causando un gran revuelo entre el público y la prensa. Hoy 12 de octubre ha culminado su proceso.

Santiago Sierra y Eugenio Merino son dos artistas conceptuales contemporáneos de gran proyección internacional que realizan un arte político crítico de gran impacto. En esta ocasión decidieron unir sus esfuerzos y fundir sus estilos para la producción de esta obra de arte procesual que aspira a convertirse en un documento histórico de su época, expresando los sueños y los deseos de gran parte de la población de deshacerse de una institución caduca.

Arte y anarquía en Medialismi 2.0

Medialismi 2.0, Corciano, Perugia 13-16. 08. 2020, hasta el 15 septiembre

Cartel de la Escuela Moderna/Ateneo Libertario

El colectivo Escuela Moderna/Ateneo Libertario y la revista ApARTe°, la única revista que desde hace más de 20 años se ocupa de la relación entre las artes y la Anarquía, participan en el Festival Corciano 2020 Medialismi 2. 0 aportando una contribución de las culturas libertarias que tocan diferentes temas, desde la iconoclasia hasta la Historia del Arte, desde la memoria histórica de las luchas sociales hasta las migraciones, desde la mercantilización del cuerpo femenino hasta la represión policial, desde la ecología hasta la ecología social, desde las culturas marginales hasta las situaciones dramáticas de los trabajadores del campo, con los siguientes materiales:

VÍDEO

Nicoletta Braga: global project Frame/3. 6’20”, color, Italia, 2012-2015

El vídeo de la performance trata de la relación entre arte-economía y discriminación social bajo una luz contemporánea analizada a través de gestos e historias; una habitación roja con dos amantes intercambiando ternura, una habitación oscura con una última cena con la mujer de Cristo y la mujer negra, una habitación azul donde un bloque negro perturba a un inversor financiero y un vídeo de disturbios y manifestaciones, que termina con un buffet de testículos de toro (de Wall Street).

colectivo Democracia: Eat the rich. 3’40”, color Chile, 2020

Manifestantes en Chile que luchan contra el neoliberalismo salvaje al grito de la dignidad y contra la resonante desigualdad social, manifestándose irónicamente en los barrios de la clase rica, donde históricamente se reprimen los intentos de crítica social.

Pedro G. Romero: 9 Sevillas. 9’12”, color, España, 2018

Un video sobre el flamenco y la cultura gitana en Sevilla y Andalucía, las marginaciones y las atmósferas de una antigua cultura profunda e inmortal.

Santiago Sierra: 3000 huecos de 50 x 50 x 190 cm. 17′, 12” blanco y negro, España 2002

3000 huecos, fosos, excavados por inmigrantes senegaleses en la provincia de Cádiz, pagados con una tarifa sindical. La obra resume en imágenes la necropolítica y los tanatos políticos del Estado que incluso haciendo esto cava la tumba por sí mismo… la emocionante secuencia nos pone frente a la vida y la muerte.

INSTALACIÓN PERMANENTE

Nicoletta Braga: Una hectárea de naranjos, desde 2019 trabajo en curso. Plantación de una hectárea de naranjos de a poco, plantación generalizada en Portugal, Italia, Grecia, España. Considerando que un naranjo ocupa unos 16 metros cuadrados, se necesitan unas 625 naranjas para alcanzar la hectárea. El anagrama de ‘Ha – aranci’ es Anarchia. 

CARTELES

Escuela Moderna/Ateneo Libertario+Ap ARTe°: Proyecto de un monumento a Giuseppe Pinelli, 2019

Nicoletta Braga: A la República Española, Braga, 2009

Elisa Franzoi: Nada que vender, 2019

Laura Pinta Cazzaniga: Fruto de la explotación, 2019

Regina José Galindo: Poesía sin título, 2020

Santiago Sierra: 3000 huecos de 180x50x50 cm cada uno, Vejer de la Frontera, Cádiz, 2002

Arianna Ferreri: Remake, homenaje a Venere degli stracci, 2020

Michelangelo Pistoletto: La Venere degli stracci, 1967

profesor Bad Trip, (Gianluca Lerici): Bakunin, 2002 (del Archivo de ApARTe°)

colectivo Democracia: Silencio, 2018

Living Theatre: Siete meditaciones sobre el sadomasoquismo político, 1973 (cartel de los Archivos ApARTe°)

Edvige Cecconi Meloni: CLXXXII, 2019

Espectáculo, política, mito: teorías de la conspiración

Luis Navarro

Aparecido originalmente en la revista Salamandra 19-20 (Grupo surrealista de Madrid, 2010).

Imagen: Brad Downey: Piran, Eslovenia, 2020

Un virus parasita la red global de información, se inscribe en cada noticia, se replica en sus terminales y rebota sin control en las redes: la teoría de la conspiración. Hablamos de un género de producción de discurso indisociablemente ligado a la comunicación de masas, a sus poderes y a sus sombras. Hablamos de revoluciones y contrarrevoluciones.

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Hablamos del espectáculo y de un cambio de patrón en sus dinámicas. Desde que la realidad se construye medialmente, desde que la información cataliza la construcción del sentido sustituyendo a la experiencia, a la creencia y a la ideología, desde que los medios de comunicación de masas se constituyen en una herramienta de control y dominación a la vez que en el único escenario posible para la lucha de clases, la conspiración es un hecho contrastado que fundamenta cualquier sospecha. No hablo todavía de la Gran Conspiración en marcha desde hace tiempo, de la que existen tantas versiones, sino de la conspiración como dinámica, como juego de engaños e intereses que se despliegan en escena y que conforman la trama de la organización espectacular del mundo.

Antes esto sucedía de un modo más o menos uniforme. El flujo de la información seguía un sólo relato: la versión oficial. Uno podía reconocerse en este relato aún como disidente sin cuestionar sus fundamentos. Los medios eran la escena del poder, una herramienta de orden y control. La fragmentación de este flujo en las redes ha cambiado de forma sensible la estructura del espectáculo 2.0, que supone el triunfo de su modalidad más difusa y el apoteosis de lo virtual. Los medios ya no son el escenario del poder, sino el poder de la escena, en cuya disputa han entrado de lleno las corporaciones eclipsando el papel unificador del estado. No existe ya una versión oficial, sino perspectivas oficiosas con diferente alcance y grado de influencia. El antiguo espectador se ha convertido a su vez en agente espectacular creando sus propios circuitos de información y emitiendo sus representaciones alternativas. Lo real ya no se encuentra velado por el espectáculo, sino que se ha disuelto en él.

Es éste el contexto en el que se ha generalizado el uso del concepto “teoría de la conspiración” o, como si se tratase de un movimiento cultural o una ideología, simplemente “conspiracionismo”. Se alude con ello a un relato o interpretación del mundo que cuestiona los supuestos básicos de determinados acontecimientos históricos y busca las verdaderas causas en agentes ocultos que pugnan por el poder, utilizando la información y los medios de comunicación como instrumentos para sus fines. Los supuestos que permiten la construcción de estas teorías son la falsa transparencia de los medios y la dimensión política de toda representación; lo que es decir: la efectiva existencia de conspiraciones, desde la revelación del caso Dreyfus por Zola hasta los diversos intentos de tergiversar la información sobre el 11-M.

Existe también un nutrido arsenal filosófico que podría sustentar esta forma de operar con las imágenes. Desde el mito platónico de la caverna hasta la crítica del espectáculo tematizada por Debord, pasando por la duda metódica o la escuela moderna de la sospecha, las sucesivas interpretaciones del mundo han buscado siempre conjurar el “engaño de las apariencias” mediante el cuestionamiento cada vez más radical y rebuscado del mundo percibido, tanto más cuanto esa percepción se hallara subjetivamente filtrada y objetivamente mediatizada. Si el demonio de la apariencia acecha con tanta insidia al pensador que pone el mundo material entre paréntesis, ¿cómo no habría de asediar con mayor motivo al que trata de dar razón de los comportamientos humanos? El hermeneuta conspirativo simplemente trata de ver, detrás del humo de las explosiones…, quién habla, a quién beneficia.

No obstante, lo que hoy conocemos como teorías de la conspiración es un campo de discurso maldito, una región agreste del pensamiento habitada por chiflados, heterodoxos o aventureros. Se asume en general que las teorías conspirativas, cajón de sastre donde cabe todo, carecen de cualquier fundamento, que suelen ser producto de la explotación de un prejuicio, cuando no de una disposición anímica anómala, que no tienen base científica porque no resultan falsables. Existe una prevención generalizada frente al peligro de estas teorías, que podrían desembocar en pensamiento patológico, movilizar bajos impulsos y embrollarlo todo. Se impone un consenso racional, un sentido común (muy parecido a la versión oficial) que no está dispuesto a contaminarse y responde ofendido.

¿Hay detrás de estas teorías una amenaza real al pensamiento crítico o son una realización del pensamiento crítico en las masas? Si su proliferación y difusión está ligada al desarrollo de esas nuevas tecnologías que han posibilitado el acceso generalizado al texto que dispone el sentido, ¿cómo valoramos esto? ¿Suponen una invasión bárbara de flujo informativo o son signos del “espectador emancipado” del que habla últimamente Rancière?

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Hablamos de un nuevo escenario para la política y de las nuevas formas mediante las que la dominación se hace querer y reconocer como “democrática”. Un escenario donde ya no sirven los viejos discursos y posicionamientos ideológicos pues, desde la proclamada “muerte de las ideologías”, éstas no cuentan ya más que como un recurso práctico en manos del capital cuando se trata de justificar alguno de sus movimientos o de someter a la población dividiéndola; donde el estado ha perdido en la mayoría de los casos toda autonomía y debe soportar presiones de las grandes corporaciones, implementando medidas que siempre favorecen a los intereses del capital financiero y de compañías transnacionales; donde las estructuras burocráticas de gestión se han convertido en una pesada e incuestionada carga social que podría suplirse mediante una aplicación racionalizada de la tecnología de redes; donde el control del discurso ya no puede ejercerse de forma totalitaria mediante la imposición o la censura, sino que se basa en la sobreinformación y el condicionamiento de la opinión.

En este nuevo escenario, los intentos de eliminar o de silenciar las voces críticas mediante la censura y el control de la información suelen producir el efecto contrario. El cierre de un medio o la prohibición de una opinión provocan un alud de respuestas en la red y ponen en evidencia las oscuras maniobras del poder, elevando a titular lo que hubiera pasado desapercibido como una nota a pie de página, dando a la contrainformación un protagonismo y una difusión imposible de alcanzar por sus propios medios. La marginal disidencia cubana lleva bastante tiempo explotando este efecto paradójico. En España, el secuestro de publicaciones como el semanario satírico El Jueves por parte de instancias como la Casa Real o la SGAE hizo que sus ventas se disparasen y que se reprodujesen de forma incontinente en la red aquellas imágenes victimizadas por la persecución. Resulta imposible cerrar las webs una a una, y por cada mordaza mil ecos surgirán por todas partes.

Resulta más efectivo el descontrol. Contra el virus contrainformativo, producir vacunas y contratipos desinformativos, confundir a las defensas críticas, hacer que se vuelvan contra sí mismas. La mejor forma de ocultar una verdad es entre dos mentiras, y la mejor forma de fulminarla ponerla en primer plano: dejará de ser un mártir y se convertirá en un exaltado que grita en el desierto. Es preciso construir una imagen insegura de las redes, igual que lo era construir una imagen peligrosa de las calles para mantener el orden público. Hay que elevar la conspiración a su máxima potencia, multiplicarla por sí misma en cada terminal, definir como potencial terrorista a cualquiera que exprese una opinión disonante. Al fin y al cabo conspiraciones hay tantas como voluntades, y ¿quién no ha conspirado alguna vez? Si hay una conspiración invisible a temer será la de los propios terroristas que amenazan los dos pilares (económicos) sobre los que se ha construido nuestra civilización.

La Conspiración trataría entonces de producir un campo discursivo capaz de aglutinar cualquier información disonante que no proceda de “fuentes oficiales” para preservar el prestigio y la autoridad de éstas, un terreno asilvestrado en el que pueda nacer cualquier especie, y de hacerlo después inhabitable para el pensamiento. La teoría de la conspiración no será pues sino un tipo específico de “leyenda urbana”, a la que se equipara su lógica y a la que tan vulnerables son las redes: tendrá que compartir su destino con la chica de la curva o con Elvis, el tipo que se suicidó disparando contra el televisor tomando Bloody Mary en una isla. Temores y deseos de la multitud que hay que investigar y diseñar. Cualquier emergencia que no pase por los canales institucionales podrá recibir el mismo tratamiento.

¿De dónde arranca esta leyenda? Como todas, de un prejuicio, y hay muchos por explotar en el imaginario de cada colectivo humano. Si nos remontamos en el tiempo, todo el universo multiforme que abarca lo que hoy conocemos como “teorías de la conspiración” se deja reducir a una sola primera gran batalla librada en el campo de la desinformación. Desde sus orígenes románticos la modernidad ha sido prolífica en sociedades secretas, ya fuesen revolucionarias como los carbonarios o elitistas como los rosacruces, que aspiraban a ejercer influencia política y a manipular los movimientos sociales en un sentido favorable a sus intereses. Se atribuye un papel importante a la acción de vanguardia de estas sociedades secretas en la producción de acontecimientos históricos como la Revolución Francesa, la extensión del librepensamiento, las guerras mundiales o la construcción de Europa.

Entre estas fraternidades, la que mayor influencia y continuidad histórica ha tenido ha sido la masonería y sus diversas ramificaciones. Ello y la vinculación histórica de determinados estamentos sociales en la gestación y el desarrollo del capitalismo sirvió de caldo de cultivo, desde antes de que se implantasen los grandes medios de comunicación (prensa, radio, cine y televisión), para la constitución en el imaginario popular de una trama masónica internacional de origen sionista con aspiraciones de hacerse con el control total del mundo, que más tarde se bifurcaría en sus versiones ultraliberal o comunista. Esta trama sería denunciada a principios de siglo con la publicación en la Rusia zarista de los Protocolos de los Sabios de Sión, un documento que supuestamente recogía las actas de una serie de reuniones mantenidas por la cúpula del frente judeomasónico donde se detallaba su agenda para el control mundial, pero que era en realidad una farsa montada con escritos y rumores que circulaban por Europa y atribuida a los servicios secretos zaristas para justificar la persecución de los judíos. El campo teórico de la conspiración queda así desmontado a partir de sus propias fuentes nacionalistas salvo en un aspecto relevante: la denuncia de la gran conspiración era una conspiración más amplia.

Una vez establecido el nuevo marco cognitivo a partir de orígenes tan dudosos, cabe en él cualquier signo de disonancia capaz de conmover el suelo firme de la versión oficial. El desprestigio de la opinión pública frente al relato oficial queda establecido como por decreto. Ahora sólo queda inundar este campo, hacerlo reventar de su propia embriaguez. Llenar la escena de extraterrestres, de maricones al asalto, de reptiles ancestrales. Ahogar cada pregunta con millones de respuestas.

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Hablamos del mito y de sus formas contemporáneas de producción y reproducción. No necesitamos especialistas del sentido para ilustrar nuestras vidas ni para dirigir nuestras luchas. Los que fingían soñar por nosotros estaban en realidad trabajando, y lo hacían para el mejor postor. Para participar en la Conspiración, para ser uno de ellos, sólo necesitas cobrar tu sueldo y pensar que has cumplido.

La “teoría de la conspiración” es un agregado de mitos y es a la vez el mito que actualmente articula toda interpretación. Todos los viejos paradigmas han entrado en una profunda crisis que no es sólo económica, sino que afecta a todos los campos de nuestra civilización. Pocas veces se pone de manifiesto que en las artes y en las ciencias se produce una situación similar que está obligando a replantear los fundamentos. Al saber enciclopédico que se cree sólido y definitivo suceden hoy las wikies que se saben vaporosas, eventuales, disputadas. Las voces críticas reciben una esperanzada y devota atención, pero se encuentran tan desnudas como su audiencia. Todo conocimiento se vuelve obra abierta, ciclo narrativo, código libre. Se multiplican las metodologías igual que los sistemas operativos sin que exista ningún cimiento objetivo que pueda ser absolutamente “falsable” en el sentido que exige Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, y mucho menos en las ciencias llamadas “sociales”, precisamente porque la sociedad se ha abierto de cuajo. En tales circunstancias resulta fácil en efecto movilizar a las “masas” contra cualquier “chivo expiatorio” construido a partir de los prejuicios históricos de los miembros de una comunidad, y muchas teorías de la conspiración clásicas explotan este filón de la identidad construida a partir de la radical diferencia en un tiempo donde la identidad fracasa también como sustancia.

En cuanto relatos que participan de la construcción del sentido, ¿satisfacen las teorías de la conspiración alguna pulsión masoquista o existe un trasfondo emancipador en ellas? Evidentemente, no caben en el mismo cajón la leyenda del Chupacabras y las razonables dudas que puede suscitar un macroatentado terrorista. Desde la voladura del Maine hasta Piazza Fontana, por señalar dos casos prácticamente constatados entre muchos otros, el terrorismo de bandera falsa ha sido una de las fuentes más caudalosas de desinformación, muy útil para desatar conflictos bélicos y progromos. Recientemente alcanzó enorme difusión una campaña vírica emprendida por una doctora española contra la vacunación masiva de la población frente a la amenaza mediáticamente construida de la gripe A. La doctora Forcades exponía sus argumentos de forma comprensible y convincente, y no había nada en sus palabras que la experiencia no pudiese refutar. Los medios generalistas, que andaban empeñados en construir la amenaza, se lanzaron sobre su cuello de una forma que habría que calificar de desconsiderada y tramposa si existiese la ética periodística. En el fuego cruzado de la discusión se llegó a tachar de “conspiranoica” la afirmación de que existe una élite que acapara los recursos y trata activamente de intervenir creando eventos con mayor o menor capacidad o fortuna.

Liberadas de prejuicios sistémicos y del frágil principio de autoridad, las teorías que postulan que nuestra percepción del mundo es obra del condicionamiento y de la mentira interesada de una élite asumen no obstante un sesgo espectacular, o más bien diríamos que son espectaculares en su esencia y en su origen. Para hacerse reconocer incitan los impulsos más obvios del cuerpo colectivo; para hacerse percutir pescan en las aguas revueltas del escándalo y la sorpresa; para hacerse transmitir asumen una estructura y un modo de exposición narrativo, donde las fuerzas abstractas del mal tienen un rostro y un hedor específico, donde el bien se abre milagrosamente camino poco antes de la destrucción total, como en los subproductos de Hollywood que son su biblia y su capital.

La cultura popular siempre ha sido sensible a la curiosidad y el gusto morboso por lo asombroso, lo irruptivo, lo oculto: es el mismo impulso que inspira el conocer, pero elevado a un grado sublime que busca trascender los límites. La dialéctica entre miedo y deseo rige el juego de transgresiones y peligros en que se dispone la deriva humana. Grandes descubrimientos abren nuevos espacios evolutivos, nos liberan de nuestras carencias, nos lanzan a la conquista de nuevos poderes. Fantasías sexuales y pesadillas. Las teorías conspirativas son algo así como los nuevos relatos de terror, un género literario a fin de cuentas, con sus propios principios compositivos y referentes simbólicos adaptados a la cultura de redes, función que apuntaba en mi artículo “Dinámica de virus” de Salamandra 10: la “aparición” irruptiva de lo invisible como paradigma del terror contemporáneo frente a la vieja forma del fantasma o el “aparecido”.

Ahora bien, ¿cuál es el papel que juega la ficción, el mundo virtual, los patrones culturales? ¿No son a menudo más reales que la propia existencia material de los fenómenos singulares? ¿No expresan nuestros impulsos más básicos y nos liberan de su dictadura? ¿No nos ayudan a dar sentido y a descifrar lo que aparentemente no lo tiene? Las teorías conspirativas, incluso si nos ceñimos a sus perfiles más siniestros, hablan de un mundo que no conocemos, pero que es el que habitamos. Mientras pueden seguir conviviendo con lo real, mientras pueden ganarle incluso terreno, mantienen su chabola al lado de la ciudad cercada, suspendidas sobre la realidad sin mezclarse del todo con ella, como los espectros y las maldiciones o como una espada de Damocles que amenaza nuestros esquemas.

Como indicaba Walter Benjamin, la forma de los nuevos medios de producción y el uso que hacemos de ellos están en un principio dominados todavía por lo viejo. Hasta que no se integran de forma eficiente en el cuerpo colectivo, hasta que no se hacen necesarios tratan de “reconocerse en la épica primitiva del bien y del mal, intuida apenas como un arquetipo instituyente de la condición humana”. Cuando la red empieza apenas a ser el espacio natural de las nuevas catástrofes y revoluciones, las teorías de la conspiración son el producto combinado de la opacidad de nuestras democracias y de la falsa transparencia de los medios. No hay usos buenos y malos, sino usos críticos y acríticos de la información.

Redes de apoyo mutuo vecinal. Somos Tribu

De lo poco bueno que nos ha dejado la pandemia, destacamos la generación espontánea de redes de apoyo mutuo que han cubierto las carencias del sistema asistencial. Somos Tribu VK surgió en Vallecas, un barrio con una larga tradición de lucha asociativa, pero en cada barrio han surgido iniciativas similares que han puesto de manifiesto la necesidad y la potencia de la autoorganización.

La identificación de la vida con la supervivencia

Raoul Vaneigem

LA IDENTIFICACIÓN DE LA VIDA CON LA SOBREVIVENCIA ES UNA DE LAS MENTIRAS FUNDADORAS DE LA CIVILIZACIÓN MERCANTIL

La sobrevivencia es la forma economizada de la vida. En cualquier tiempo, la existencia de individuos y colectividades no ha sido más que un infierno con aire acondicionado. Los únicos cambios apreciables se limitaron a traducir, de acuerdo con las tormentas y apaciguamientos de la historia, las variaciones de lo intolerable.

Porque la vida economizada, la vida sin vida, ha sido siempre un lugar de decepción y de desolación, a tal punto que la imaginación angustiada ha abogado por otro lugar tan admirable pero que es preciso morir para poder alcanzarlo.

Ciertamente, los ricos vegetan más cómodamente que los pobres, pero en términos de ser feliz, ¡nada de nada! La culpabilidad, el miedo, la frustración, la amenaza de la morbosidad omnipresente los persigue del mismo modo, como si su absurda carencia de vida, multiplicara los espectros de esta locura evocada por Erasmo, Brandt y Quevedo. Explotadores y explotados se relacionan con terror endémico, temiendo a la daga que puede brotar de cada mano amiga o enemiga. El desliz mental y la explosión de violencia indiscriminada tienen caprichos en cada esquina.

Pero desde esta esquina callejera rabiosa, la conciencia humana también está abriéndose camino. Fue necesaria una renuncia a toda prueba para acomodarse a lo largo de las horas y de los siglos a este exilio de sí mismo donde vemos los deseos más
ardientes volverse su contrario y son empujados a la tumba a cualquier edad.

¿A qué masoquismo religioso y profano nos entregamos para atribuir – a un castigo divino, a una caída decretada por mandato celestial o debida a alguna malformación ontológica – esta frustración que nos lleva a desgarrarnos y a desgarrar a otros?

El saqueo de la Tierra con fines de lucro la ha reducido a un “valle de lágrimas” donde la mujer, el hombre y el niño deben “ganarse el pan con el sudor de su frente”. La expresión bíblica expresa con una loable precisión a qué ruptura y a qué desviación el proceso de evolución ha estado confrontado luego que, en unos pocos milenios, las civilizaciones basadas en el
nomadismo y la recolección de recursos naturales, la igualdad del hombre y de la mujer pasaron a una civilización que desarrollaba la agricultura intensiva y comercio competitivo al basarlos en sociedades sedentarias jerárquicas, patriarcales y militarizadas.

En resumen. El homínido se vio involucrado en una civilización donde el humano ha sido desposeído de su ser en beneficio del tener. La empresa del trabajo hasta nuestros días ha vampirizado el potencial de creación que es la verdadera riqueza de las mujeres y los hombres. Reducida a producir ganancias, cualquier criatura que se vea obligada a trabajar se equipara con un objeto de mercado. Ya sea que se apropie de la función intelectual que establece el dominio de la cabeza sobre el cuerpo y del amo sobre el esclavo, o que su condición manual lo someta y lo ponga bajo las órdenes de un jefe, todo trabajador tiene ni más ni menos que el estatus de una mercancía.

La sobrevivencia es la vida desnaturalizada. La evolución de nuestra especie nos ha conferido el privilegio de transformarnos transformando el mundo. Lo que se bosquejaba en el paleolítico implementó la facultad de crear un entorno natural recogiendo lo que hay en el maná terrenal, favoreciendo las potencialidades creativas del hombre y de la mujer en proceso de humanización. Encontrarse obligado a renunciar a la exuberancia experiencial de la vida para invertir esta energía vital en una fuerza laboral que transforma el mundo y sus habitantes en mercancías, no tiene lugar sin que se produzca una cierta morbilidad psicológica, un desequilibrio donde no sabemos quién, si el homínido o la bestia, trazan el siempre árido camino del Destino.

Confundir la vida con la sobrevivencia hace de la realidad una realidad de falsedades establecida por el sistema de explotación del hombre por el hombre, que es la base de nuestra civilización mercantilizada. ¿Quién aún cree que garantizar el pan diario justifica la necesidad de trabajar mientras que todo el tiempo una minoría se enriquece a expensas de una laboriosa mayoría, obligada a pagar por los bienes que produce?

Sacrificar sus deseos en el altar del trabajo es sacrificar el ser por el tener y el gusto por la apropiación. Un propietario no disfruta de sus bienes, trabaja para hacerlos producir. La usurpación sustituyó el ejercicio de la creatividad por una miserable actividad mecánica, establecida por el imperio del dinero que envenena las acciones de los vivos. ¿Acaso los amantes no sienten los efectos devastadores cada vez que los refinamientos de la ternura dan paso al apaciguamiento sin amor?

La sobrevivencia es la adaptación a un malestar fabricado a sabiendas. Que la metafísica continúe a ver ahí una malformación ontológica o una falla natural es sólo una de las afirmaciones cínicas de quienes hasta ahora han mantenido la mentira permanente en la que nuestra existencia está envuelta.

¿Hasta qué grado de desesperación frenética vamos a tolerar lo intolerable? ¿Es que vivir y encontrarse desde la infancia hasta la muerte, se reducirá a una existencia de bestia de presa y de bestia de carga?

Tener un diploma, un trabajo, un ascenso, tarjetas bancarias, una autoridad, un rol, una función, no es el ser. Ser significa tomar conciencia de su deseo de vivir a fin de aprender a vivir según sus deseos.

¿Hasta qué punto de degradación y servidumbre voluntaria vamos a caer y arrastrarnos a un estado de sobrevivencia) en un mundo donde la desgracia y la muerte se adornan con más atractivos que la felicidad y la vida? No hago la pregunta para agregar a la resignación el peso de la culpa. Ella es el fruto de mi ira, de mi impaciencia de ver los ojos y los oídos deshacerse de lo que los obstruye: la omnipresencia otorgada al dinero, las ganancias, el poder, a los negocios y su odioso privilegio de sofocar los gritos de la vida oprimida.

No hay lugar para la alegría en el laberinto donde la existencia arrastra sus esperanzas y decepciones. Los rincones donde la penumbra, la melancolía, la desesperación están tratando de exorcizarse son sólo callejones sin salida: las drogas, el trabajo,
la liberación y la violencia de la frustración caen en el cesto que la rentabilidad extiende en todas partes. ¿Cómo la vida prohibida no prestaría encanto a la muerte? Porque la muerte también es fuente de ganancias. La muerte de los paisajes, de las poblaciones, de los animales, de los océanos, de los bosques. El ejército de las multinacionales, las mafias políticas y los resignados que hacen los plebiscitos que las favorecen forman el partido del Ángel de la Muerte o de los Grandes Segadores, el único que domina hoy.

Fragmento de Llamado a la vida contra la tiranía del estado y del mercado, libro de Raoul Vaneigem inédito en castellano, publicado íntegramente en http://comunizar.com.ar/ en traducción para América Latina de Itzamná.

Libro completo: http://comunizar.com.ar/wp-content/uploads/Vaneigem-Llamado-a-la-vida.pdf

Contra la mascarilla obligatoria

Si eres de los que se da un baño en el mar con la mascarilla y los guantes puestos; o si eres de los que le encasqueta la mascarilla al crío de cuatro años; o si eres de los que considera que llevar la mascarilla ocho, diez, doce o catorce horas en el puesto de trabajo es un derecho de los trabajadores y no un atentado contra su salud y su dignidad; o si eres de los que piensa que llevar mascarilla es de ser buen ciudadano; o si eres de los que va a la manifa contra los recortes, contra el racismo o contra la ley mordaza con la mascarilla puesta; o si estás conforme con que entre en vigor en Cataluña la obligación de llevarla siempre, aunque haya distancia de seguridad; o si sencillamente eres de los que no entiende por qué hay que ponérsela a la fuerza y encima creerse que eso puede ser bueno para algo…  entonces tal vez te interese leer esta hoja, en la que se dan ALGUNAS RAZONES CONTRA LA MASCARILLA OBLIGATORIA.

Si te parece oportuna y útil para lo que sea, difúndela y repártela de la manera que mejor te parezca.

¿TE HAS PARADO A PENSAR EN SI LA MASCARILLA OBLIGATORIA DE VERDAD SIRVE PARA LO QUE NOS DICEN QUE SIRVE?

¿TE HAS PARADO A PENSAR EN QUE PARA LO ÚNICO QUE SEGURO QUE SIRVE ES PARA NO DEJARNOS HABLAR NI RESPIRAR, PARA ALIMENTAR EL CLIMA GENERALIZADO DE MIEDO, PARA QUE CADA CUAL MUESTRE SU OBEDIENCIA, PARA SEÑALAR AL QUE NO SE SOMETE?

¿TE HAS PARADO A PENSAR EN QUE, CUANDO UNA ORDEN ES TAN ESTÚPIDA Y TAN DAÑINA, SE PUEDE DESOBEDECER?

CONTRA LA MASCARILLA OBLIGATORIA,
¿TE HAS PARADO A PENSAR?

Desde la orden gubernamental del 19 de mayo, confirmada y retocada por Real Decreto el 9 de junio (es decir, en pleno estado de excepción), y hasta que el gobierno tenga a bien declarar «finalizada la situación de crisis sanitaria» (es decir, hasta no se sabe cuándo), «las personas de seis años en adelante» están obligadas a llevar mascarilla.

Son muchos los estudios que muestran que las mascarillas no sirven para impedir el contagio de enfermedades respiratorias del tipo del virus corona.* La propia OMS reconoce que «no hay suficientes pruebas a favor o en contra del uso de mascarillas (médicas o de otro tipo) por personas sanas».** ¿Qué sentido tiene entonces imponer su uso por ley, y encima a enfermos y sanos por igual?

Por otra parte, se nos ha obligado a usar mascarilla justo cuando lo peor de la epidemia ha pasado. Los hospitales ya no están saturados. Y no tiene sentido querer frenar a cualquier precio una enfermedad que sólo resulta peligrosa en unos pocos casos. Siempre ha habido enfermedades de transmisión similar y nunca se nos ha obligado a llevar mascarilla. Ahora mismo hay menos peligro que en plena temporada de gripe en otros años.

Pero no es sólo que haya muchas dudas, y muy razonables, sobre la capacidad de la mascarilla para evitar contagios. Es que además puede ser perjudicial para la salud. Cualquiera sabe que llevar mascarilla es un incordio y una guarrería que no puede sentar bien a nadie. Pero si alguien necesita que se lo confirme la ciencia, que sepa que no faltan científicos que avisan de que el vapor que exhalamos y se va acumulando en la mascarilla es un caldo de cultivo perfecto para virus, bacterias, hongos y parásitos presentes en el aire, y de que las mascarillas impiden que eliminemos correctamente el anhídrido carbónico que exhalamos, haciendo que ese desecho nocivo vuelva a entrar en la sangre a través de los pulmones, de modo que, en lugar de nutrir las células con el oxígeno que necesitan, se les devuelve una sustancia tóxica, lo que puede hacer enfermar de maneras mucho más graves que las que se pretenden impedir con la mascarilla.*** ¿Cómo puede ser que en nombre de la salud se nos impida respirar correctamente?

Si no sirve para lo que dicen lo que sirve, ¿para qué sirve entonces la mascarilla obligatoria?

Utilizar correctamente una mascarilla exige el cumplimiento constante de una serie de instrucciones bastante engorrosas que nadie o casi nadie observa. Cada cual lleva la mascarilla como buenamente puede. O sea, mal. Y no pasa nada, porque lo único que está mandado es que la lleve. Esta imposibilidad de usar correctamente la mascarilla, y la palmaria indiferencia de las autoridades al respecto, demuestra que la función de la mascarilla no es sanitaria, sino política y religiosa: no se trata de recomendaciones más o menos razonables, sino de una imposición legal, de un acto de fuerza; no se trata de mirar por la salud, sino de que se cumpla el ritual mágico de adhesión y de obediencia, que es la manera, única y obligatoria, de conjurar la amenaza abstracta y de evitar el castigo concreto.

Pero cualquiera se da cuenta de que el efecto principal que tiene esta imposición legal y este ritual supersticioso es el de separar (en el doble sentido de aislar y clasificara la gente: la mascarilla hace que sea muy difícil hablar, oculta la mitad de la cara o más y alimenta así la idea de que somos peligrosos los unos para los otros, dejando señalado como «egoísta» (y quién sabe qué más) a quien no se somete, de forma que los obedientes puedan volverse contra él. La agresividad, los malos modos y la intimidación contra quienes se resisten más o menos a llevar la mascarilla, y el desprecio absoluto por las razones que puedan asistirles, están ya a la orden del día.

Pues bien, contra una norma tan estúpida y tan dañina, o sea, tan irracional, cabe desobedecer, o al menos no obedecer más de lo que manda la propia Ley. Digan lo que digan policías, vigilantes, empleados de comercios y servicios públicos y nuestros propios vecinos, por ahora la mascarilla sólo es obligatoria por ley cuando no se puede guardar la distancia de seguridad de metro y medio, lo mismo en sitios cerrados que abiertos, y en los transportes públicos. Y están exentos de ella los niños de menos de seis años; quienes hagan deporte al aire libre; personas en supuestos de fuerza mayor o situación de necesidad; quienes tengan algún problema de salud que les impida llevarla; quienes estén haciendo cosas incompatibles con el uso de mascarilla. Así que quienes coman pipas en el tren, quienes se besen en los autobuses, quienes se suenen los mocos o fumen o beban o lo que sea donde sea han de estar exentos. Claro que las principales actividades incompatibles con el uso de las mascarillas son hablar y respirar. Exentos están también quienes tengan, por ejemplo, algo de asma o les dé ansiedad llevarla, y esto último da la impresión de que nos pasa más o menos a todos. Como las autoridades tienen la manía de no creer a la gente y la cosa se ha puesto tan violenta, hay quien prefiere que un médico le certifique por escrito esta incompatibilidad suya con las mascarillas (por mucho que la ley no exija estos certificados). Otros prefieren obedecer de manera paródica o exagerada y pintarse en la mascarilla lemas como «Yo obedezco», o el dibujito que ilustra este panfleto, o se ponen un bozal encima de la mascarilla, o salen a la calle con una escafandra o con un burka… Otros desobedecen sin más y no se la ponen nunca, o no se la ponen hasta que no les obligan. Las ocurrencias de la inteligencia no sometida no tienen fin.

Porque la salud no puede ser obligatoria

Porque no tiene sentido perder la vida para salvarla

Porque lo que nos están obligando a sacrificar no son nimiedades o lujos prescindibles, sino la vida misma…

CONTRA LA MASCARILLA OBLIGATORIA,

¿POR QUÉ NO DAMOS LA CARA?

https://contraelencierro.blogspot.com/#Mascarillas

**https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public/q-a-coronaviruses

***https://www.youtube.com/watch?v=c0F6bopeS40&feature=youtu.be, minuto 33 y ss.

“Es malo hablar mal del mal”

La capitulación impuesta en la sociedad occidental del nuevo Despotismo

por Gianfranco Sanguinetti

Raquel Miranda: Irrealidad. Obra participante en la exposición virtual disciplinasocial.art

que nos dan a entender que es malo hablar mal del mal, y que es bueno vivir bajo su obediencia…” [Maquiavelo, ‘Discursos sobre la primera década de Tito Livio’. Libro, III, capitulo 1].

Los extraordinarios progresos realizados en unos pocos meses por el nuevo despotismo en su abrumadora afirmación en las sociedades occidentales, gracias al virus, habrían llevado años en una situación normal, despertando violentas oposiciones y luchas interminables en todas partes. El patrocinador del Foro Económico Mundial de Davos, Klaus Schwab, está encantado. “Un lado positivo de la pandemia es que ha demostrado lo rápido que podemos hacer cambios radicales en nuestros estilos de vida… Debemos usarlo para asegurar el Gran Reset que tanto necesitamos. Esto requerirá gobiernos más fuertes y efectivos…“[1]

Los poderes del Estado, ya desacreditados, cuando no abiertamente difamados, se han reforzado más allá de todos los límites imaginables, irrumpiendo en la vida del la población: ningún gobierno ha dudado en romper y violar la Constitución del Estado, ningún “garante” y ningún partido se ha opuesto realmente, muchos miles de millones se han creado de la nada y han cambiado de manos, las amenazas misteriosas han tenido evidentemente su efecto en todas partes, con la solitaria excepción de Suecia.

La militarización de la información

Pero hay una cuestión especialmente delicada que atañe a todos los países occidentales más afectados por la pandemia -que son también los más ricos y, cabe suponer, los más educados del mundo-: esta cuestión particular parece preocupar a la OMS y a los gobiernos mucho más que las consecuencias del virus, cuestión en la que los poderes públicos están de acuerdo y no transigen, exigen el consentimiento, toman precauciones y están dispuestos a aplicar severas sanciones y una censura sin precedentes. En esto, incluso están preparados para ser feroces contra las poblaciones atormentadas. Y este nudo es la narración ortodoxa de la crisis sanitaria mundial o, como dice el Ministerio francés, citado a continuación, “el estricto respeto de la doctrina de la salud“: desde el murciélago malvado en adelante, a la justificación de la imposición del encierro generalizado, de la suspensión de todas las actividades, al distanciamiento y las barreras sociales, desde el confinamiento domiciliario a las terapias infligidas a los enfermos, hasta la cremación de los cadáveres sin funerales, etc. En estas condiciones, nadie tiene derecho a cuestionar la interpretación correcta y oficial de los acontecimientos ni a criticar la acción y reacción correctas de las autoridades públicas, la Organización Mundial de la Salud, o el tratamiento o los remedios impuestos. Sobre esta estricta ortodoxia ideológica, no se tolera la menor desviación, se militariza la información y por lo tanto se censura: aquí termina toda libre expresión de pensamiento, toda duda y toda crítica se convencen de que aquí están muertos: se consideran crímenes de mayor gravedad, herejía, alta traición, insubordinación, fakenews, todas las cosas dignas de un castigo ejemplar. Todo el mundo tiene que llevar una mordaza [tapa-bocas], para que el reticente pueda ser reconocido desde lejos y castigado severamente. Nunca antes ha habido tal histeria general.

En Gran Bretaña se creó inmediatamente una Unidad de Respuesta Rápida dentro del gabinete, que se encarga de eliminar de la información cualquier contenido que se considere falso, sin posibilidad de apelación, o incluso simplemente “perjudicial“. ¿Perjudicar a quién, se pregunta? ¿Y por qué? ¿Sólo porque se aleja de la narración vulgar del coronavirus, o expresa dudas sobre la gestión y las directivas de la OMS?

En Italia no se duda en aplicar los tratamientos sanitarios obligatorios (TSO) a quienes manifiestan su disconformidad, como en el caso de la U.R.S.S. Todo aquel que exprese públicamente su desacuerdo con las medidas impuestas puede ser detenido y sacado de la calle por la policía y los médicos, quienes, tras inmovilizarlo, le aplican una inyección de anestésico en la plaza pública y luego lo encierran en un hospital psiquiátrico, como ocurrió en Sicilia, atado a una cama de contención por tiempo indefinido a discreción no de un magistrado, sino de un simple alcalde, y en otros lugares a discreción de un obispo.[3] Al mismo tiempo, se ha creado una Guardia Cívica de 60.000 unidades de voluntarios para garantizar que la ciudadanía cumpla todas las infinitas disposiciones contenidas en los decretos ilegales emitidos por el Primer Ministro. Las anécdotas ya no se cuentan, pero ayudan a hacerse una idea de la falta de escrúpulos que acompaña a la imposición del nuevo Despotismo con todos los matices de miedo y terror ejercido ad hominem.

No sé si puede ser un consuelo para los italianos saber que incluso en Alemania una jurista y abogada, Beate Bahner, que había juzgado el encierro inconstitucional apelando al Tribunal Constitucional, fue encerrada en un manicomio[4]. También en Alemania se censuró un informe de 93 páginas, encargado por el Ministerio del Interior a médicos y científicos nombrados por ese mismo ministerio. En el informe[5] se señala, entre otras cosas, que “las medidas terapéuticas preventivas nunca deberían causar más daño que la propia enfermedad”. En cambio, el informe denuncia que “mueren más personas como resultado de las medidas contra el coronavirus que las que mueren a causa del virus”. Los periódicos, tras una primera difusión del informe por un empleado del Ministerio del Interior, han silenciado completamente esta denuncia, y las autoridades han perseguido al informante.

La edificación de una nueva Bastilla

En Francia, donde se ha erigido una nueva Bastilla alrededor de cada elector que se ha hecho paciente, de la cual todos son los únicos prisioneros, el Ministerio de Educación de la antigua República Francesa ha enviado impunemente circulares amenazadoras y escandalosas a todos los maestros de escuela de todos los niveles con directivas en las que se esboza, sin vergüenza ni freno, una necro-pedagogía que debe desarrollarse “en estricto cumplimiento de la doctrina sanitaria“.[6] No hace falta decir que los profesores y maestros que no se sometan al “estricto cumplimiento de la doctrina de sanitaria” oficialmente serán despedidos. La necro-pedagogía tendrá que “orientar las discusiones sobre el hecho de que el mismo castigo afecta a las familias”. Los profesores deben estar atentos a “las derivas sectarias (…) causadas por influencias familiares o externas”: para ello deben “concienciar a los alumnos de los riesgos de los discursos peligrosos que generan falsos remedios y consejos peligrosos en relación con el COVID-19”. Por lo tanto, deberán “luchar contra la desinformación, las noticias falsas, los rumores y las teorías de conspiración”; los profesores deberán “prestar atención a los alumnos cuyos responsables legales (es decir, los padres) sean seguidores de determinadas ideologías o creencias, reticentes o contrarios a las recomendaciones formuladas en el ámbito de la salud pública…” Los alumnos deberán ser interrogados con “preguntas adaptadas” para reunir “elementos de prueba” y “un cúmulo de indicios”. Los profesores, “frente al riesgo de deriva sectaria, deben alertar a los servicios competentes con el fin de salvaguardar la integridad física y moral del menor… El correspondiente académico encargado de la prevención del fenómeno sectario en el ámbito escolar debe ser informado sistemáticamente”. Vale la pena recordar que estas nuevas directivas son casi idénticas a las que el propio Ministerio envió a los maestros después de los ataques terroristas de 2015. Esto prueba, si todavía fuera necesario, que la intención es la misma, el uso del terrorismo y el virus es idéntico.

Con estas precauciones el Ministerio de Educación pretende impedir “el descrédito de la palabra institucional”, evitar la “fragilización del vínculo de la población con las instituciones públicas” y, finalmente, evitar la “pérdida de control de la opinión pública“. El hecho de que el “control de la opinión pública” fuera una tarea del Ministerio es una novedad absoluta que ninguna democracia tradicional se había asignado nunca.

Mientras que Italia desea crear una Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la desinformación acerca del virus y ha creado un “grupo de tareas” encargado de formular propuestas legislativas para combatir la difusión de información falsa sobre el Coronavirus, la Comisión Europea, por su parte, desea adoptar medidas para combatir la desinformación sobre el virus y luchar contra los contenidos “ilegales o perjudiciales”. ¿Perjudiciales para quién?

La preocupación virulenta, la mala conciencia, y también la falsa conciencia, en el sentido de Josef Gabel, la histeria que emana de cada palabra de estos Ukaze, la intención policial que los anima, el tono imperativo, aprensivo y malévolo, el miedo del Estado a ser, como de hecho lo es, desacreditado por sus propias acciones y mentiras, y el temor a “perder el control de la opinión pública”, son todos elementos que sugieren un canallismo y una furia de las autoridades públicas contra el pueblo, incluso los niños, y desde una edad temprana. El mundo, como diría Nietzsche, se ha “sumergido en un futuro que ya se está vengando”[7]; o, como formuló Hannah Arendt, “todas las vergüenzas teóricas de la nueva visión del mundo (…) se inmiscuyen como realidades en el mundo cotidiano del hombre, y ponen su sentido común ‘natural’ fuera de circuito…”[8]

Por lo tanto, para el Estado, para la Organización Mundial de la Salud y para cualquier otro poder, es malo hablar mal del mal: lo que Maquiavelo formuló hace cinco siglos como verdad teórica es ahora impuesto prácticamente y por ley por todos los poderes constituidos. ¿Pero por qué es malo hablar mal del mal? Maquiavelo lo explica precisamente: porque los poderosos dan a entender al pueblo “que es bueno vivir bajo su obediencia y, si comenten un error, dejar que Dios los castigue; y así hacen lo peor que pueden porque no temen ese castigo que no ven y no creen“.[9]

Pero Maquiavelo dice de nuevo que “cuando el destino hace que la gente no tenga fe en nadie, habiendo sido engañada por las cosas o los hombres, se llega a la ruina de la necesidad“. [10]

Antes de que sea demasiado tarde, ¿no es hora de hacer el mal hablando mal del mal?

(27 junio 2020). Traducción: Jose Sagasti

NOTAS:
[1] – https://www.project-syndicate.org/commentary/great-reset-capitalism-covid19-crisis-by-klaus-schwab-2020-06/italian
[2] – https://www.roughestimate.org/roughestimate/the-crimes-of-tedros-adhanom   https://www.hrw.org/news/2016/11/04/open-letter-government-ethiopia
[3] – https://www.ansa.it/sicilia/notizie/2020/05/11/la-pandemia-non-ce-e-gli-fanno-tsogarante-chiede-notizie_640d55b2-53c7-4d75-b944-270759306f46.html https://www.recnews.it/2020/05/27/don-loda-di-castelletto-di-leno-un-altro-tso-da-opinione/ https://www.recnews.it/2020/05/27/don-loda-di-castelletto-di-leno-un-altro-tso-da-opinione/
[4] – https://translate.google.it/translate?hl=it&sl=de&tl=it&u=https%3A%2F%2Fwww.rnz.de%2Fnachrichten%2Fheidelberg_artikel%2C-nach-aufruf-zu-corona-demoheidelberger-anwaeltin-in-psychiatrischer-einrichtung-update-_arid%2C508747.html&sandbox=1
[5] – KM4 Analyse des Krisenmanagements. Cfr.: https://www.ichbinanderermeinung.de/Dokument93.pdf
[6]- https://cache.media.eduscol.education.fr/file/Reprise_deconfinement_Mai2020/69/3/Fiche-Ecouter-favoriser-parole-des-eleves_1280693.pdf https://cache.media.eduscol.education.fr/file/Reprise_deconfinement_Mai2020/69/2/Fiche-Derives-sectaires_1280692.pdf [7] – F. Nietzsche, in Mort parce que Bête, Paris, 1998-2003
[8] – Hannah Arendt, La crisis de la cultura
[9] Maquiavelo: Discursos sobre la primera década de Tito Libro, III, capitulo 1.
[10] – Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Libro I, 53.

Ver También: El despotismo occidental

Una pausa preñada

CONSIDERACIONES SOBRE LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Rogelio López Cuenca: NOTBREMSE en disciplinasocial.art

17 de mayo de 2020.

Por Ken Knabb (Bureau of Public Secrets)

Trad: Luis Navarro incluida en disciplinasocial.art

Original en inglés: Pregnant Pause

Ya vivíamos una crisis general global, pero la mayoría apenas tenía una vaga conciencia de ello porque se manifestaba en una confusa serie de crisis particulares – social, política, económica, ambiental. El cambio climático es la más trascendental de estas crisis, pero es tan complejo y tan gradual que resulta fácil ignorarlo para esta mayoría.

La crisis del corona ha sido repentina, innegable e ineludible. También se está produciendo en un contexto sin precedentes.

Si esta crisis hubiera tenido lugar hace cincuenta o sesenta años, habríamos estado totalmente a merced de los medios de comunicación, leyendo sobre ella en periódicos y revistas o sentados frente a la radio o la televisión absorbiendo pasivamente las instrucciones y las confortaciones que difundirían los políticos o los periodistas, sin apenas posibilidad de responder, excepto quizás para escribir una carta al director y esperar que se imprimiese. Por entonces, los gobiernos podían salir airosos en asuntos como el incidente del Golfo de Tonkín, pues pasaron meses o años antes de que la verdad saliera a la luz.

El desarrollo de las redes sociales durante las dos últimas décadas ha cambiado esto drásticamente. Aunque los medios de comunicación de masas siguen siendo poderosos, su impacto monopolístico se ha debilitado y ha sido sorteado a medida que las personas se han ido involucrando en los nuevos medios de comunicación interactivos. Esos nuevos medios se utilizaron pronto de manera radical exponiendo mentiras y escándalos políticos que antes habrían permanecido ocultos, y finalmente desempeñaron un papel crucial en el desencadenamiento y la coordinación de los movimientos de la Primavera Árabe y Occupy de 2011. Un decenio más tarde, se han convertido en una rutina para gran parte de la población mundial.

En consecuencia, es la primera vez en la historia que un evento tan trascendental ha tenido lugar siendo consciente de ello prácticamente todo el mundo en el planeta al mismo tiempo. Y se está desarrollando mientras gran parte de la humanidad se ve obligada a quedarse en casa, donde difícilmente puede evitar reflexionar sobre la situación y compartir sus reflexiones con los demás.

Las crisis terminan siempre sacando a la luz las contradicciones sociales, pero en este caso, con la atención mundial enfocada en cada nuevo desarrollo, las revelaciones han sido especialmente patentes.

La primera y quizás la más llamativa ha sido el inesperado cambio de las políticas gubernamentales. Como las “soluciones de mercado” habituales son obviamente incapaces de resolver esta crisis, los gobiernos se sienten ahora obligados a recurrir a la aplicación masiva de soluciones que antes despreciaban como “irreales” o “utópicas”. Cuando cualquiera, rico o pobre, nativo o extranjero, puede propagar una enfermedad mortal, todo lo que no sea asistencia sanitaria gratuita para todos es evidentemente una idiotez. Cuando se cierran millones de empresas y decenas de millones de personas son despedidas y no tienen perspectivas de encontrar un nuevo trabajo, es obvio que las prestaciones de desempleo habituales son irremediablemente insuficientes, y políticas como el ingreso básico universal se vuelven no sólo posibles, sino prácticamente inevitables. Como decía un sitio web satírico irlandés: “Con la puesta de los hospitales privados a disposición del interés público, el incremento de ayudas sociales para la gran mayoría de la nación y la prohibición de los desalojos y la aplicación de una congelación de los alquileres, los irlandeses tratan de entender cómo es que al despertar esta mañana se encontraron en una idílica república socialista”.

No hace falta decir que nuestra situación está lejos de ser idílica. Aunque Irlanda y muchos otros países han aplicado este tipo de medidas de emergencia, cuando miramos más de cerca encontramos que los sospechosos habituales siguen al mando, con sus prioridades de siempre. Particularmente en los Estados Unidos, donde los primeros en ser rescatados han sido los bancos y las corporaciones, ya que se inyectaron varios billones de dólares en los mercados financieros sin el más mínimo debate público. Más tarde, cuando se hizo evidente que se necesitaba un rescate más general, la mayor parte del dinero del rescate fue igualmente a esas mismas grandes empresas; gran parte de la porción menor destinada a las pequeñas empresas fue absorbida por las grandes cadenas antes de que la mayoría de las verdaderas pequeñas empresas recibieran un centavo; y la asignación para las familias trabajadoras normales y los desempleados fue un pago único que apenas podía cubrir dos semanas de gastos normales. Dando otra vuelta de tuerca, los gobernadores de varios estados han tenido la inteligente idea de reabrir prematuramente algunos negocios, privando a esos trabajadores del ingreso por desempleo si se niegan a poner en peligro sus vidas.

El sentido de tales rescates es que hay sectores que son supuestamente tan esenciales que necesitan ser “salvados”. Pero no es necesario salvar el sector de los combustibles fósiles, sino eliminarlo cuanto antes. Y no hay razón para salvar a las aerolíneas, por ejemplo, porque si quiebran pueden ser compradas por unos centavos por otra persona (preferiblemente el gobierno) y reiniciar su actividad con los mismos trabajadores y con las pérdidas a cargo de los anteriores propietarios. Sin embargo estas industrias inmensamente ricas y extremadamente contaminantes, y otras como ellas, están recibiendo cientos de miles de millones de dólares para “aliviar su crisis”. Pero cuando se trata de cosas de las que depende la gente de clase baja y media, de repente el mensaje es: “Tenemos que apretarnos el cinturón y no aumentar la deuda federal”. Así, Trump sigue presionando para que se recorte el impuesto sobre la nómina (lo que sabotearía el Seguro Social y Medicare) y ha amenazado con vetar cualquier rescate que preste alguna ayuda al Servicio Postal de los Estados Unidos (aunque UPS y Fedex ya han recibido miles de millones de dólares del dinero de los contribuyentes). Los republicanos han intentado durante décadas llevar a la bancarrota y privatizar la Oficina de Correos -del modo más flagrante en su ley de 2006, que exige que Correos financie las prestaciones de jubilación de sus empleados con 75 años de antelación (algo que ninguna otra entidad, pública o privada, se ha visto obligada a hacer nunca)-, pero la singular vehemencia de Trump sobre este tema en este momento se debe a su deseo de evitar que se vote por correo en las próximas elecciones.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que hay que dar prioridad a las personas que están en el extremo inferior de la escala. Las corporaciones multimillonarias no sólo no necesitan más dinero, sino que si lo obtienen la mayor parte de éste no “goteará de arriba a abajo”, sino que se saldará en refugios fiscales en el extranjero o se utilizará para la recompra de acciones. Pero si cada persona de clase baja y media recibiese, digamos, 2.000 dólares al mes durante la duración de la crisis (lo que le costaría al gobierno mucho menos que los actuales rescates de los súper ricos), prácticamente todo ese dinero se gastaría inmediatamente en necesidades básicas, lo que ayudaría al menos a algunas pequeñas empresas a continuar sus negocios, permitiría a más gente mantener sus puestos de trabajo, y así sucesivamente. Las pequeñas empresas también necesitan ayuda inmediata (especialmente si se han visto obligadas a suspender temporalmente su actividad durante la crisis) o es probable que quiebren, en cuyo caso las grandes empresas y los bancos las comprarán a precios de ganga, exacerbando así la ya gran brecha existente entre unas pocas megaempresas en la parte superior y todas los demás en la parte inferior.

La crisis del corona ha evidenciado la negligencia criminal de muchos gobiernos nacionales, pero la mayoría de ellos intentaron por lo menos tratar de resolverla de manera algo seria una vez que se dieron cuenta de la urgencia de la situación. Lamentablemente, no ha sido así en los Estados Unidos, donde Trump afirmó al principio que todo ello no era más que un engaño que pronto se desvanecería y que el número de muertos estaría “cerca de cero”, y luego, después de no hacer prácticamente nada durante más de un mes, cuando se vio finalmente obligado a admitir que se trataba de una crisis realmente grave, anunció que gracias a su brillante liderazgo “sólo” morirían unos 100.000 o 200.000 estadounidenses. Meses después del comienzo de la pandemia, todavía no existe una orden nacional de permanencia en el hogar, ni un plan nacional para realizar test, ni la adquisición y distribución nacional de suministros médicos para salvar vidas, y Trump sigue restando importancia a la crisis en un frenético esfuerzo por reiniciar la actividad lo suficientemente pronto como para revivir sus posibilidades de reelección.

Dado que su tardanza ya ha sido responsable de decenas de miles de muertes adicionales, y dado que también preside un caos económico que no se veía en América desde la Gran Depresión del decenio de 1930, en circunstancias normales los demócratas no deberían tener problemas para derrotarlo en noviembre. Pero como hizo hace cuatro años, el stablishment del Partido Demócrata ha demostrado una vez más que prefiere arriesgarse a perder ante Trump con una herramienta corporativa para el mantenimiento del status quo que arriesgarse a ganar con Bernie Sanders. Los programas de Sanders (Medicare for All, Green New Deal, etc.) eran populares entre la mayoría de los votantes, y lo han sido aún más a medida que la crisis del corona ha hecho más evidente su necesidad. El hecho de que tales reformas de sentido común sean vistas como radicales sólo refleja lo estúpidamente reaccionaria que es la política americana en comparación con la mayor parte del mundo.

Mientras tanto, como pronto quedó claro para casi todo el mundo que Trump no tiene la más mínima idea de cómo lidiar con la crisis del corona, excepto para mostrar sus increíbles conocimientos médicos y presumir de sus índices de audiencia en la televisión, ha dejado que cada cual se ocupe de ello por cuenta propia. Aunque algunos gobiernos estatales y locales han ayudado, cabe señalar que muchas de las respuestas más tempranas, amplias y creativas han sido llevadas a cabo por la iniciativa de gente común y corriente: jóvenes que hacen la compra a vecinos mayores y más vulnerables, personas que fabrican y donan las máscaras protectoras que los gobiernos dejaron de almacenar, profesionales de la salud que ofrecen consejos de seguridad, personas con conocimientos técnicos que ayudan a otros a establecer reuniones virtuales, padres que comparten actividades para los niños, otros que donan a bancos de alimentos, o que financian en masa para apoyar pequeños negocios populares, o que forman redes de apoyo para prisioneros, inmigrantes, personas sin hogar, etc.

La crisis ha demostrado vívidamente la interconexión de las personas y los países de todo el mundo, pero también ha revelado, para quienes no eran conscientes de ello, que la vulnerabilidad no se comparte por igual. Como siempre, los más desfavorecidos son los que más sufren: personas en las cárceles o los centros de detención de inmigrantes o que viven en barrios marginales abarrotados, personas que no pueden practicar el distanciamiento social y que tal vez ni siquiera tengan instalaciones para lavarse las manos de manera eficaz. Mientras que muchos de nosotros podemos quedarnos en casa con sólo leves inconvenientes, otros no pueden hacerlo (si es que tienen casa) ni compartir contenidos a través de los medios sociales (si es que tienen ordenador o un teléfono inteligente) porque se ven obligados a seguir trabajando en “trabajos esenciales”, en condiciones peligrosas y a menudo por un salario mínimo y sin beneficios, para poder proveer comida, servicios públicos, entregas y otros servicios a quienes se quedan en casa. (Véase el provocativo análisis de Ian Alan Paul sobre el sector “doméstico/conectado” y el sector “móvil/desechable” en The Corona Reboot).

Los trabajadores “móviles/desechables” suelen estar muy aislados y son demasiado vulnerables para atreverse a luchar (sobre todo si no tienen papeles), pero como sus trabajos son en su mayoría esenciales tienen en este momento una influencia potencialmente fuerte, y no sorprende que empiecen a utilizarla. Dado que se acumulan los peligros y las tensiones, han perdido la paciencia, comenzando con las huelgas generalizadas de gatos salvajes de marzo en Italia para luego extenderse a otros países. En los Estados Unidos han estallado protestas y huelgas entre los trabajadores de Amazon, Instacart, Walmart, McDonald’s, Uber, Fedex, los trabajadores de las tiendas de comestibles, los de la basura, los de la industria automotriz, los de los asilos de ancianos, los trabajadores agrícolas, los empacadores de carne, los conductores de autobuses, camiones y muchos otros; las enfermeras y otros trabajadores de la salud han protestado por la escasez de equipo médico; los trabajadores de General Electric han exigido que se vuelvan a destinar las fábricas de motores a reacción a la fabricación de ventiladores; las familias sin hogar han ocupado edificios vacíos; se han iniciado huelgas de alquiler en varias ciudades; y los presos e inmigrantes detenidos están en huelga de hambre para visibilizar sus condiciones particularmente inseguras. No hace falta decir que todas estas luchas deben ser apoyadas, y los trabajadores de primera línea deben ser los primeros ante cualquier rescate que se lleve a cabo.

Tras permanecer en casa durante meses, todos estamos naturalmente ansiosos por reanudar en algún grado nuestra vida social en cuanto sea posible. Hay debates legítimos sobre cuándo y bajo qué condiciones es más seguro hacerlo. Lo que no es legítimo es ignorar o negar deliberadamente los peligros sólo para que las empresas puedan reanudar su actividad y los políticos puedan ser reelegidos. La revelación más gruesamente esclarecedora de toda la crisis ha sido ver cómo los expertos y los políticos declaraban abiertamente que sería una compensación aceptable que millones de personas muriesen si eso es lo que se necesita para “salvar la economía”. Esta admisión de las prioridades reales del sistema puede resultar contraproducente. A la gente se le ha dicho toda la vida que esta economía es inevitable e indispensable, y que si le dan rienda suelta finalmente funcionará para ellos. Si empiezan a verla como lo que realmente es (un juego económico amañado que permite a un pequeño número de personas controlar a todos los demás en el mundo a través de su posesión y manipulación de trozos de papel mágico), pueden concluir que necesita ser reemplazada, no salvada. “Una vez que la sociedad descubre que depende de la economía, la economía de hecho depende de la sociedad” (Guy Debord, La sociedad del espectáculo).

En este punto me gustaría dar un paso atrás y mirar lo que considero el aspecto más significativo de toda esta situación: la experiencia del cierre en sí misma. Esta experiencia no tiene precedentes, y cambia tan dramáticamente de un día para otro que todavía no sabemos qué pensar de ella. Seguimos esperando en secreto despertarnos y descubrir que sólo fue una pesadilla, pero cada mañana sigue ahí. Pero a medida que nos hemos ido acostumbrando a ella, nos entrega sus propias revelaciones.

Toda pausa abre un tiempo para reflexionar sobre nuestras vidas y reevaluar nuestras prioridades, pero saber que todos los demás lo hacen al mismo tiempo da a estas reflexiones un enfoque más colectivo. Esta pausa sacude nuestros hábitos y presunciones habituales y nos da a todos y cada uno de nosotros una rara oportunidad de ver nuestras vidas y nuestra sociedad bajo una nueva luz. Dado que cada día trae nuevas noticias, todo parece acelerarse; sin embargo, muchas cosas se han detenido, o al menos se han ralentizado drásticamente. Parece a veces que todo ocurre a cámara lenta; o que todos hubiéramos estado caminando dormidos y nos hubiéramos despertado de repente, mirándonos unos a otros con asombro ante la nueva y extraña realidad, y su contraste con lo que antes considerábamos normal.

Nos damos cuenta de lo mucho que echamos de menos ciertas cosas, pero también de que otras no las echamos de menos en absoluto. Muchas personas han señalado (generalmente con una vacilación medio culpable, ya que por supuesto son muy conscientes de la devastación que está ocurriendo en la vida de muchas otras personas) que personalmente están apreciando la experiencia en algunos aspectos. Todo está mucho más tranquilo, los cielos están más claros, apenas hay tráfico, los peces están regresando a las vías fluviales anteriormente contaminadas, en algunas ciudades los animales salvajes se aventuran a recorrer las calles vacías. Se ha bromeado mucho sobre cómo aquellos a quienes les gusta la vida contemplativa tranquila apenas notan ninguna diferencia, en contraste con las frustraciones y ansiedades de aquellos que están acostumbrados a estilos de vida más gregarios. En cualquier caso, les guste o no, millones de personas están recibiendo un curso intensivo de vida enclaustrada, con horarios diarios repetidos, casi como los monjes de un monasterio. Pueden continuar distrayéndose con entretenimientos, pero la realidad sigue trayéndoles de vuelta al momento presente.

Sospecho que la frenética prisa de algunos dirigentes políticos por “volver a la normalidad” lo antes posible no sólo se debe a evidentes razones económicas, sino también a que tienen la vaga sensación de que, cuanto más dure esta pausa, más gente se desprenderá de las adictivas actividades de consumo de su vida anterior y se abrirá a la exploración de nuevas posibilidades.

Una de las primeras cosas que mucha gente ha notado es que el distanciamiento social, por frustrante que pueda ser en algunos aspectos, irónicamente está acercando a la gente espiritualmente. Mientras que las personas empiezan a apreciar de manera distinta lo que los demás significan para ellas, comparten sus pensamientos y sentimientos más intensamente y más ampliamente que nunca – personalmente a través de llamadas telefónicas y correos electrónicos, colectivamente a través de las redes sociales.

Muchas de las cosas que se comparten son, por supuesto, bastante modestas y ordinarias: asegurarnos de que lo estamos haciendo bien (o no), comparar notas sobre cómo tratar éste o aquel problema, recomendar películas o música o libros de los que nos hemos estado dando un atracón. Pero la gente también está haciendo memes, chistes, ensayos, poemas, canciones, sátiras, parodias. Por muy amateur que sean muchas de estas cosas, el efecto conjunto de miles de estas expresiones personales compartidas en todo el mundo es en cierto modo más impactante que ver actuaciones profesionales en circunstancias normales.

Los mensajes más simples y comunes en las redes sociales han sido los memes: frases cortas e independientes o pies de foto añadidos a las ilustraciones. En contraste con los vehementes eslóganes políticos tradicionales a favor o en contra de algo, estos “memes” suelen tener un tono más inexpresivo con un giro irónico, dejando que el lector descubra las contradicciones que se revelan.

Es interesante comparar estos memes con las expresiones populares de otra crisis de hace poco más de cincuenta años, como el graffiti de la revuelta de mayo de 1968 en Francia. Hay algunas diferencias obvias en el tono y el contexto, pero en ambos casos hay una maravillosa mezcla de humor y perspicacia, ira e ironía, indignación e imaginación.

La crisis de 1968 fue provocada intencionalmente. Una serie de protestas y peleas callejeras de miles de jóvenes en París inspiraron una huelga general salvaje en la que más de diez millones de trabajadores ocuparon fábricas y lugares de trabajo en toda Francia, cerrando el país durante varias semanas. Cuando miras el graffiti, puedes percibir que estas personas estaban haciendo activamente su propia historia. No se limitaban a protestar, sino que exploraban, experimentaban y celebraban, y esos graffitis eran expresiones de la alegría y la exuberancia de sus acciones.

Nuestra situación actual se asemeja a la anterior en el sentido de que de repente prácticamente todo se ha paralizado, dejando a la gente mirando a su alrededor y preguntándose: ¿Y ahora qué? Pero durante mayo de 1968, cuando el gobierno se había retirado momentáneamente (ya que era impotente frente a la huelga general), eso significaba: ¿Qué debemos hacer ahora? (¿Tomar el control de este edificio? ¿Volver a poner en marcha esta fábrica bajo nuestro propio control?). En nuestra situación, que es más pasiva, eso significa principalmente: ¿Qué va a hacer el gobierno a continuación? ¿Cuáles son las últimas noticias sobre el virus?

Los memes que se están compartiendo durante la presente crisis reflejan esta pasividad. En su mayoría expresan las reacciones de la gente al encontrarse en una situación desagradable que no eligieron, y mucho menos provocaron. Algunos trabajadores de primera línea están en huelga, pero sólo esporádicamente, por desesperación. Prácticamente todos los demás se quedan en casa. Pueden denunciar atropellos, o abogar por políticas que podrían mejorar las cosas, o apoyar a los políticos que esperan que implementen tales políticas, pero lo hacen desde la periferia. La participación se limita a aspectos como la firma de peticiones o el envío de donaciones, aunque se mencionan ocasionalmente cosas que la gente puede hacer una vez que seamos libres de salir a las calles de nuevo.

Al mismo tiempo, sin embargo, millones de personas están utilizando esta pausa para investigar y criticar los fiascos del sistema, y lo hacen en un momento en que prácticamente todos los demás están obsesionados con lo mismo. Creo que este primer debate mundial sobre nuestra sociedad es potencialmente más importante que la crisis particular que lo desencadenó.

Admito que es una discusión muy confusa y caótica, que tiene lugar dentro del aún más caótico ruido de fondo de las preocupaciones individuales de miles de millones de personas. Pero lo importante es que cualquiera puede participar cuando quiera y tener potencialmente algún impacto. Pueden publicar sus propias ideas, o si ven alguna otra idea o artículo con el que están de acuerdo, pueden enviar por correo electrónico el enlace a su red de amigos o compartirlo en Facebook u otras redes, y si otras personas están de acuerdo en que es pertinente, pueden a su vez compartirlo con sus amigos, y así sucesivamente, hasta que en pocos días millones de personas lleguen a ser conscientes de ello y puedan seguir compartiéndolo o adaptarlo o criticarlo.

Este debate está, por supuesto, lejos de ser un proceso democrático de toma de decisiones. No se está decidiendo nada más que las vagas fluctuaciones de popularidad de este o aquel meme o idea. Si de esta crisis saliese un movimiento mundial importante, tendrá que desarrollar formas más rigurosas de determinar y coordinar las acciones que los participantes consideren apropiadas, y obviamente no querrá que sus comunicaciones dependan de plataformas de medios de comunicación manipulados de propiedad privada como ocurre ahora. Pero mientras tanto tenemos que trabajar con lo que tenemos, en este terreno donde prácticamente todos están ya conectados, aunque sea superficialmente. Ya es un gran primer paso que todo el mundo pueda influir personalmente en lugar de dejar las cosas a los líderes y a las celebridades. Yendo más lejos, tenemos que ser conscientes de lo que está sucediendo, de que lo que pasa dentro de nosotros y entre nosotros contiene más promesas que todos los absurdos dramas políticos que estamos observando tan atentamente.

Estas ideas pueden parecer extravagantes, pero no lo son más que la realidad a la que nos enfrentamos. La Organización Internacional del Trabajo ha informado de que casi la mitad de la fuerza de trabajo mundial corre el riesgo de perder sus medios de vida. Eso equivale a 1.600 millones de trabajadores de un total de 3.300 millones, un trastorno social mucho más extremo que el de la Gran Depresión de la década de 1930. No tengo ni idea de lo que saldrá de esto, pero no creo que 1.600 millones de personas vayan a acurrucarse mansamente a morir para que el juego de la estafa económica de la élite gobernante pueda seguir prosperando. Algo tiene que pasar.

Pase lo que pase, está claro que nada volverá a ser lo mismo. Como mucha gente ha notado, no podemos “volver a la normalidad”. Esa vieja normalidad era un desastre, aunque hubiese personas que vivían en circunstancias lo bastante cómodas como para poder decirse a sí mismas que no estaban tan mal. Además de todos sus otros problemas, ya nos estaba empujando hacia una catástrofe global mucho peor que la que estamos atravesando ahora.

Afortunadamente, no creo que pudiéramos regresar aunque quisiéramos. Demasiada gente ha visto ahora la locura mortal de esta sociedad con demasiada claridad. Organizar un tipo diferente de sociedad – una comunidad mundial creativa y cooperativa basada en la satisfacción generosa de las necesidades de todos en lugar de proteger la riqueza y el poder exorbitantes de una pequeña minoría en la cima – no es simplemente un ideal, es ahora una necesidad práctica. (Mis propias opiniones sobre cómo podría ser una sociedad así y cómo podríamos llegar a ella se exponen en El placer de la revolución.)

El coronavirus es simplemente un efecto secundario del cambio climático (una de las muchas nuevas enfermedades que se están generando por la deforestación y su consiguiente perturbación de los hábitats de la vida salvaje). Si no actuamos ahora, pronto nos enfrentaremos a otras crisis, incluyendo más pandemias, en condiciones mucho más desfavorables, cuando el cambio climático y sus desastres asociados hayan colapsado nuestras infraestructuras sociales y tecnológicas.

La crisis del corona y la crisis del cambio climático son muy diferentes en cuanto a tiempo y escala. La primera es súbita y rápida – cada día de retraso significa miles de muertes adicionales. La segunda es mucho más gradual, pero tiene mucha más trascendencia – cada año de retraso probablemente signifique millones de muertes adicionales, junto con una existencia miserable para quienes sobrevivan en tales condiciones distópicas.

Pero esta conmoción que estamos experimentando ahora es también una oportunidad para un nuevo comienzo. Esperemos que un día miremos hacia atrás y lo veamos como la llamada de atención que logró hacer entrar en razón a la humanidad antes de que sea demasiado tarde.

Ken Knabb (Bureau of Public Secrets)

Infección/Defección

El enemigo está dentro: el individuo autosuficiente contemporáneo tiene un pasajero dentro de su cuerpo. Un giro en la percepción de lo trascendente nos ha llevado de lo infinitamente grande y separado a lo inconcebiblemente pequeño y adquirido. Nuestro concepto de individuo separado está en crisis no sólo por razones políticas, sociales, culturales o psicológicas. Tampoco en sentido biológico podemos hablar de un sistema orgánico autosostenido mediante interacción con un entorno inanimado; tal sistema sería estable y se limitaría a consumar su destino. Innumerables microorganismos nos habitan, completamente adaptados a nuestros procesos fisiológicos y reproductivos, entregados como oferta en el mismo pack consumible de la vida. Algunos son a veces molestos, otros pasan simplemente inadvertidos y muchos resultan imprescindibles para consumar los procesos vitales a que estamos adaptados; ni siquiera seríamos sin ellos.

Pensemos en una comunidad tan heterogénea que una parte de sus miembros ignora qué percepción del mundo se da en la otra, o desconocen mutuamente su existencia porque la desarrollan dentro del mismo soporte, pero en contextos totalmente diferentes. No están hechos para percibirse, y sin embargo interactúan de forma simbiótica. En esta comunidad de especies que han alcanzado un estado de equilibrio dentro del sistema compartido se infiltran permanentemente elementos invasores. Hacia fuera, este sistema inestable forma parte de otro(s) sistema(s) inestable(s) con los que se relaciona, buscando siempre su posición y su equilibrio. Sería difícil establecer una jerarquía en este juego de equilibrios y derivas: los planos separados tienden a mezclarse, ‘lo desconocido’ siempre llega como una noticia de esos otros planos de realidad, se produjo en ellos como un desarrollo autónomo que ahora interfiere el nuestro, trascendencia que hoy se concibe como producción: el virus que llega del espacio exterior.

El Virus sería un elemento simple cuyo único objetivo es la propia reproducción en otros seres. El elemento invasor no es esencialmente maligno ni busca destruir el sistema que empieza a parasitar, sino todo lo contrario, ya que sus propias posibilidades de reproducción dependen por completo de las posibilidades de reciclaje de dicho sistema, tanto como su propia existencia no se manifiesta sino como un cambio en la forma del mismo. Sin embargo tiende a provocar siempre un desajuste cuando esta forma de existencia no ha sido plenamente adaptada. Si el elemento ya ha sido procesado el sistema dispondrá de anticuerpos que desactivarán el mensaje desequilibrante, pero este mecanismo no está garantizado, ya que los microorganismos, en función de su simplicidad, son capaces de una gran plasticidad, y consiguen transmitir con frecuencia los mismos síntomas bajo codificaciones siempre nuevas. Es conocida la dificultad enfrentada por los virólogos a la hora de detectar y tratar el SIDA, debido a la enorme “astucia” planteada por el virus responsable de esta constelación difusa de “enfermedades”, capaz de mutar constantemente y de alcanzar formulaciones de sí mismo que burlan todas las vigilancias. Cada año se detectan nuevas formulaciones del virus de la gripe, muchas de ellas provocadas por los desafíos lanzados por la medicina a través de las vacunas y de la medi(c)ación paranoica, dándose el resultado paradójico de que la propia lucha contra el virus puede fomentar la aparición de especies adaptadas a las nuevas condiciones.

El virus no ataca al organismo globalmente, sino que lo infecta localmente. La misión de la partícula vírica que logra alcanzar la célula sin ser reconocida es modificar su código genético en un sentido que facilite su propia replicación. Pero este “fraude” de escritura, este detournement clandestino del espacio ocupado producirá en el organismo que lo soporta el “síntoma” mediante el que el virus se expresa, y únicamente a partir del cual será diagnosticada su existencia. El síntoma es la emergencia en un plano de realidad de algo que acontece en otro plano de realidad, la noticia de lo trascendente o la “novedad comunicable”. Sólo la esporádica afirmación del virus desarraigado y disconforme nos da algo que decir cuando alguien nos pregunta cómo estamos. Para el enfermo todo es sinónimo de su enfermedad, y él mismo no se define por otra cosa.

Ahora la célula expele partículas víricas capaces de contaminar otras células y reiniciar el proceso. Generalmente un virus es una escritura azarosa con pocas probabilidades de asentarse en el sistema: sus efectos virulentos suelen ser destructivos para el organismo que lo hospeda, por lo que son rechazados finalmente por el mecanismo inmunológico o agotan su ciclo sin asegurarse la reproducción. Así como todo ser vivo se adapta al medio, emigra o perece, el Virus se adapta al ser vivo, muta o es eliminado como una simple toxina. Por ello el virus que parasita temporalmente un organismo busca medios de transmisión a través de los cuales acceder a otros organismos y reiniciar allí el proceso, manifestándose cuando lo logra en forma de epidemia. También en el proceso de contagio muestran los virus una diversidad notable: todo tipo de fluidos corporales, objetos compartidos, alimentos ingeridos o el propio aliento según el tipo. En el caso improbable, pero posible en función del gran número de interacciones, de que el virus se estabilizase en un número de individuos, habría generado un factor transmisible de diversidad.

La dinámica descrita presenta grandes analogías con los procesos de interacción social que se condensan en la cultura. La cultura es la realidad formal que media la actividad humana. No podemos saber si nos posee o la poseemos. Cuando la concebimos como algo dado e indiscutible es probablemente ella quien se reproduce a nuestra costa. Cuando nos oponemos a algunos de sus contenidos lo hacemos siempre en función y a través de otros, de manera que no hay posibilidad de escapar a alguna dinámica de abstracción que nos haga reconocibles para los demás, a alguna formalización por tanto de algo que podríamos percibir, continuando con nuestro juego, como “el virus de la cultura”, o el concepto de cultura atravesando la historia, transmitiéndose bajo un proceso análogo y muy diversas formulaciones. Suponer aquí que la cultura es un virus que se reproduce de modo estable en el animal humano no implica sino la metáfora de un injerto orgánico que se ha impuesto en las dinámicas selectivas y se ha constituido en capacidad del animal viviente lanzado a una nueva etapa evolutiva: cultura, en vez colmillos, un olfato fino o piernas veloces. Cultura, en lugar de miedo.

La base para esta analogía la otorga el hecho de que ambos sistemas se estructuran como una escritura. Podemos comprender nuestra secuencia ADN como la escritura inmanente que determina la mayor parte de los rasgos externos del individuo viviente, y las fórmulas condensadas de la cultura (ritos, mitos, instituciones o costumbres) como escritura trascendente que determina la mayoría de las disposiciones prácticas del individuo humano. No porque en nuestra cultura occidental y judeocristiana el libro haya sido el medio de transmisión de cultura por antonomasia y haya heredado el prestigio de “objeto revelador” de su origen: esto más bien contribuye a sepultar y mistificar el tipo de escritura al que hago referencia, que no es sino la imagen que un grupo humano se hace de sí mismo. No es preciso ceñirse a la secuencia discursiva y si acaso sí concebir ya esa mediación que es el objeto transmisor de cultura como una emergencia que parasita la conciencia social y busca reproducirse en ella. A través del libro, al fin y al cabo, el conocimiento establecido se reproduce en las conciencias como un residente estable y estabilizador, es el aparecido que trae la noticia trascendente de la autoridad histórica, pero que en la modernidad se constituye también, al lado de las mediaciones que le suceden y muy influido entonces por ellas, en molécula responsable de nuevas apariciones, producciones que la dinamizan.

Pero no se trata aquí de describir dos dinámicas paralelas, de las cuales una sería la alegoría más o menos mecánica de la otra y ésta el paradigma más o menos sesgado de aquélla. Ambos planos de realidad, naturaleza y cultura, no pueden entenderse en oposición ni sólo en relación de complementariedad formal, sino que están imbricados uno en el otro, resultan en última instancia indiscernibles y su conceptualización separada sólo obedece a una elección de perspectiva. El individuo humano está genéticamente dispuesto para ser un individuo cultural; nuestra escritura exterior del mundo condiciona la supervivencia de determinados rasgos sobre otros. Esta interactividad, que siempre ha funcionado de hecho naturalizando la cultura al tiempo que se cultivaba la naturaleza, mantenía bajos niveles de eficacia mientras seguía predominando una naturaleza indomable sobre la que se injertaban dolorosamente los rasgos de la cultura, mientras que unos pocos, apropiándose de lo que es común y de sus mediaciones, ponían en juego nuevos dinamismos selectivos. Los mecanismos por los que ese conocimiento resulta operable permanecían a disposición de una minoría, por lo que se presentaba como un flujo trascendente, dado e imperativo. Hoy transcurrimos la mayor parte de nuestra existencia en un entorno culturizado en el que la novedad constituye la norma y la única marca de trascendencia a que podemos aspirar. El paisaje de diseño (más o menos afortunado) que son nuestras ciudades aparcela y canaliza nuestra conciencia igual que lo hace con el territorio. Los vaivenes de la opinión pública siguen los dictados de la información. Se existe televisivamente, periodísticamente, informáticamente. Los eventos ya no son lo que sucede, ni la trascendencia que se expresa a través de ellos, sino la reconstrucción vírica que de ellos hacen los medios. El flujo incontinente de novedades se ha abstraído de toda noción de progreso y ya no tiende sino hacia sí mismo. La representación, que se materializa en la erección que provoca la chica del anuncio, termina absorbiendo a ésta y reconduciéndola hacia la abstracción extrema del flujo de capital, Representación Máxima. Retorno del Aparecido, de una forma de Trascendencia que se ha hecho indiscutible bajo su disfraz profano. La dominación capitalista, que tiene su origen en la revolución burguesa, se reproduce de nuevo y se refuerza con cada revolución virtualizada. Todas estas novedades han perdido su poder de innovación. El principio de placer y el principio de realidad, tradicionalmente enfrentandos como el sujeto a sus resistencias, han sido superados por la máquina del capital mediante la formulación de un principio de realidad virtual que mistifica toda realidad en su representación y permite el goce de la representación en sí misma.

El primer movimiento por el que la máquina capitalista se agencia cualquier impulso de transformación es el reconocimiento. A medida que la máquina procesa información y se hace más compleja resulta mucho más sencillo para ella incorporar novedades y adecuarlas a sus mecanismos de producción, e incluso aportar alguna modelización previa que reconduzca la novedad al campo glamouroso de los “remakes”. Aquí la máquina sale a la calle (el activista y el espía utilizan probablemente la misma marca y modelo) y recorre con su ojo divino las huellas de resistencia de lo humano, ensañándose en la mierda y en los cristales, buscando la proporción que produce la emergencia, allí donde aún queda algo que contar. A continuación se produce el aislamiento de la molécula emergente y sus propiedades: la máquina selecciona los accesos a esa realidad, abstrayéndola de sus relaciones, y se apropia de la trascendencia propia del suceso, de su alma o paradigma. De ella no quedan más que imágenes, y éstas no son todavía sino material en bruto. Siguiente paso: elaboración de contratipos. La máquina corta y pega a conveniencia de la máquina, construye su propia trascendencia, se autoproduce en el nuevo paradigma. Aunque documentase fielmente el paradigma originario, ya no es lo que fue, ni deja de serlo, lo que permite conjugar a conveniencia lo virtual y lo real en esa frontera ambigua. El proceso se culminará con la conversión en mercancía buscada desde el principio, momento en que se hace patente la conversión de lo otro en lo mismo y la reproducción de lo mismo a través de lo otro, es decir, el mecanismo básico de alienación con todas las matizaciones y extensiones que hoy comporta.

Este proceso, repetido una y otra vez, enfrenta siempre el problema del desgaste de lo conocido. La reproducción de la Máquina, no referida a ninguna trascendencia exterior que la justifique, necesita alentar su propia trascendencia, recrear siempre lo sorprendente, lo no visto, el lugar donde el miedo y el deseo todavía movilizan alguna transacción numérica. Esto le lleva a transgredir constantemente los códigos (hasta que el efecto de transgresión se vuelve contra sí mismo), a innovar y multiplicar permanentemente el campo de las mediaciones (hasta que la mediación sea comprendida por el ciudadano medio como un juguete sin más trascendencia), a hacer cada vez más visible lo que proliferaba gracias a su invisibilidad. Y aunque estamos todavía lejos de localizar, aislar y desactivar a nuestro propio “odiado pasajero”, el modelo y su puesta en práctica resultan hoy accesibles para cualquiera que desease estar verdaderamente informado.

Extraído de “Dinámica de virus. El principio de realidad virtual

Desmontando al delincuente

Viñeta de Elvisa Pereza

Aitor fue vecino mío durante casi cuatro años en Vallekas, compañero de lucha por el derecho a la vivienda en la PAH y hermano en la construcción de esa frágil y utópica realidad que sigue siendo Monte Perdido 60 bis*. Los tres ocupantes del bloque conformábamos una insólita y estrafalaria familia donde todo era compartido: los recursos y los problemas de vivir en un edificio sin agua corriente ni cédula de habitabilidad, las comidas friganas, las garrafas de agua traídas desde el parque de Amós Acero, las cervezas y las risas en la terraza antes de ir a dormir…

Hace poco más de un mes Aitor dio con sus frágiles huesos en la prisión de Valdemoro, dejando consternadas a su familia, amigas, vecinas y compañeras de La Villana de Vallekas, la Asociación Entrepuentes, etc., quienes redactaron colectivamente un escrito firmado por casi cien personas para intentar conseguir su tercer grado, del que reproduzco un breve extracto:

Hemos convivido durante años con Aitor Barreda Gallego. Durante todo este tiempo Aitor se ha mostrado como una persona tranquila, afable, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuese sin pedir nada a cambio. En ningún caso ha mostrado un temperamento agresivo ni ha ocasionado ninguna molestia en su entorno. Además de buen vecino y compañero, Aitor ha sido una persona muy presente en las actividades del barrio, participando regularmente sin ánimo de lucro en diversas iniciativas sociales, lúdicas y educativas y en la lucha por el derecho a la vivienda. Gracias a su presencia activa en iniciativas colectivas de mejora del barrio se trata de una persona muy querida entre nosotras…

Los “delitos” de los que se le ha acusado, todos ellos leves (un intento no consumado de hurto de un cartón de leche en un supermercado, enfrentamientos con la seguridad o participación en el intento de frenar el desahucio de Ofelia Nieto, tal y como hemos hecho en otros muchos lugares), no cuestionan el perfil que el escrito ofrecía ni suponen en ningún caso indicios de una personalidad “asocial” incapaz de reinsentarse.

Fragmento de la primera carta de Aitor a su madre y amigos desde prisión

No obstante, este testimonio colectivo que refutaba el supuesto carácter violento, la “peligrosidad criminal” y la “alta posibilidad de comisión de nuevos delitos” que había contemplado el juzgado, no fue tenido en cuenta, como tampoco las declaraciones de las asociaciones en las que colaboraba altruistamente ni los informes médico-psiquiátricos que daban cuenta del tratamiento que estaba siguiendo desde hacía meses y desaconsejaban su interrupción.

Se da la circunstancia de que Aitor había empezado a manifestar pequeños brotes psicóticos que empezaban a minar sus capacidades y su estado anímico, razón por la que reunimos un grupo numeroso y diverso de apoyo y seguimiento de su proceso terapéutico conformado por familiares, amigxs, profesionales de la salud y trabajadores sociales. En el momento de su ingreso este trabajo comenzaba a dar sus frutos, y Aitor volvía a ser el chico alegre y brillante que siempre había sido. Pero ni su enfermedad ha sido considerada como atenuante ni se ha valorado lo contraproducente que puede resultar interrumpir la terapia justo en este momento, aislándolo cuando más necesita el calor y el apoyo de su entorno.

Solo puedo concluir que Aitor se encuentra en prisión más por su perfil social, su falta de recursos económicos y su actividad política que por sus actos. Y que su caso no es único, sino que nuestras prisiones están llenas de personas a las que no se ha ofrecido ninguna oportunidad, que han sido duramente golpeadas cuando intentaban levantarse y que entre rejas van dejando de abrigar ninguna esperanza de futuro.

  • Monte Perdido 60 bis es un proyecto colaborativo en torno a uno de los edificios recuperados por PAH Vallekas para personas sin recursos habitacionales que ha sido mostrado ya en ABM Confecciones (Puente de Vallecas), JACA Jornadas de Arte y Creatividad Anarquistas (Carabanchel), ACVIC Centre d’Arts Contemporànies (Vic) y próximamente se presentará en la Escola Massana de Barcelona.