El Acratógrafo

Enero, 1984.

Órgano de la Confederación Nacional del Trabajo nº74 (fragmento).

En mi barrio, de pequeños, jugábamos mucho a policías y ladrones, quizás por ese instinto natural que tenemos los humanos de separar el mundo en dos bloques, los buenos y los malos. Yo no sé por qué motivo, a mí siempre me tocaba jugar de ladrón, seguramente era debido a que los policías eran los chicos más fuertes y siempre terminaban ”convenciéndome”. El juego siempre consistía en pequeñas escaramuzas callejeras, algún asalto frustrado y espectaculares detenciones junto al farol que era la imaginaria oficina del sheriff, donde a veces un chico muy alto que era siempre el jefe, porque su padre era guardia urbano, nos ataba, y tras hábiles interrogatorios con alguna que otra retorcida de brazo, nos obligaba a rendirnos, y los ladrones quedábamos cabizbajos y como decía Paquito ”Jopé, algún día tenemos que ganar nosotros”.
Un buen día los ladrones decidimos imponer las reglas de juego y acordamos que había que invertir los papeles y serían los policías los que iban a pasarlas canutas. ¡Qué espectáculo!, los policías acostumbrados a ganar siempre no encontraban su papel, y a los ladrones nos hacía mucha gracia verlos allí agrupaditos.
Hace poco, volvimos a jugar a policías y ladrones, en la mismísima Puerta del Sol, y a las ocho de la tarde. Varios miles de policías, se congregaban a protestar por el incumplimiento por parte del Ministerio del Interior de las promesas de pago de atrasos, militarización del Cuerpo y un sinfín de slogans que como buenos chicos coreaban.
Yo estaba emocionado, otra vez los ladrones éramos los ciudadanos, los mismos que tantas veces habíamos corrido delante de ellos, ahora lo hacíamos detrás. Ellos circulaban pacíficamente desarmados, enarbolando pancartas y gritando, ¡Viva la Constitución! El personal no salía de su asombro, los descuideros, carteristas, timadores y chicas de vida fácil, ¿fácil?, que tanto abundan en la zona, sonreían incrédulos y se daban codazos de complicidad, un viejete muy simpático decía: ”cuidado con las carteras, que hay mucho policía”.
Un grupo de obreros del metal afectados por la Reconversión (que en contra de lo que creen algunos no es hacerse mahometano), y que días atrás habían sido protagonistas de otra manifestación que acabó como el rosario de la aurora, decidía en improvisada asamblea que deberían establecer un cordón de protección, y algún que otro pasota iba diciendo ”por favor, disuélvanse’, ”circule, no hagan grupos”.
Entre el gremio periodístico si que había coña, porque el que más y el que menos ha tenido a lo largo de su profesión ligeras ”discrepancias de pareceres” con los guardias del orden, sin ir más lejos, hace unos días un colega gráfico fue apaleado en el País Vasco. Eso sí, con la credencial en la boca. (Yo sigo convencido de que la credencial nos la ponen para saber a quién tienen que pegar).
Una cosa es cierta, los periodistas salvo algunas excepciones no son trigo limpio, algunos incluso, leen mucho. Y ya se sabe que la cultura no puede conducir a nada bueno. E incluso se permiten denunciar alegremente las estafas, injusticias, barbaridades y otras pequeñeces que los representantes del pueblo puedan cometer. Claro que luego tiene sus compensaciones, como nuestro amigo Vinader, que estará unos años de vacaciones en Londres. Y es que se quejan de vicio. Por eso a mí no me parece mal que los peguen, pero en la cabeza no que están estudiando.
Pues estos desalmados de la pluma y la Nikon, estaban todavía dudando de la sinceridad de estos guardianes de la paz, y el orden. No se podían creer que, unos chicos tan bien trajeados, pudieran ser capaces de interrogar a nadie ni de intervenir teléfonos ni de perseguir manifestantes y mucho menos de pegar tiros al aire.
Ese día jugamos todos a policías y ladrones.
Yo no quiero jugar más de ladrón, ni de policía, y la próxima vez que me intenten pegar, gritaré ¡Viva la Constitución! y así quizás como una voz repetida por el eco, llegará a los oídos de mi agresor el sonido de sus palabras en un extraño día.
Sr. Ministro. Hágales caso. Se pueden enfadar. La policía cuando pega es que pega de verdad, y a ninguno le interesa pegar por frivolidad.

Charlie T.




Breve historia de la persecución de las plantas medicinales

Para las mujeres, sanarnos a nosotras mismas es un acto político, es decir ‘no’ a la obsesión patriarcal por controlar y dirigir nuestros cuerpos. Curarnos unas a otras supone una reclamación de la capacidad que tenemos todas como seres vivientes de existir en armonía con la naturaleza y de realizar nuestro potencial como criaturas de este planeta.

The healing powers of women. Chellis Glendinning

Inseparables, de David Cronenberg. Canadá, 1989

Hace tres años me vi obligada a acudir al servicio de urgencias tras tener que interrumpir mi jornada laboral al sufrir una agresión por parte de uno de mis supervisores. El doctor que me atendió, me preguntó si había acudido acompañada, y al ser así, me entregó un diazepam de 5 mg junto con un vaso de agua mientras me explicaba, con cierto aire paternal, que tenía una cosa muy mala anotada en mi informe médico. Esa cosa, esta especie de advertencia entre colegas, era mi desobediencia reiterada al cumplimiento de los tratamientos prescritos por otra facultativa de atención primaria años atrás, basados en fármacos psiquiátricos. Y es cierto que, durante cuatro años (en los que se me silenció e infantilizó descaradamente), me negué a seguir ese tipo de tratamiento para unos síntomas que finalmente resultaron corresponder a una alteración de la tiroides, algo que no hubiera sido muy complicado de relacionar escuchándome activamente o atendiendo a un patrón familiar que dicha doctora conocía. En cualquier caso, mi negativa se fundamentaba en la escucha eficiente de no pocas amigas a las que nuestro sistema psiquiátrico sistemáticamente tortura (infantiliza, silencia, encierra, ata, viola y medica forzosamente).

Además de con la benzodiazepina salí del servicio de urgencias con una cita para mi nueva médica de cabecera, a la que vi dos días más tarde y a la que ni la exposición de la situación de acoso laboral, ni sus motivos (represión sindical), ni los hechos concretos recientes, ni la nula reacción de la empresa que me obligaba a seguir trabajando con mi atacante, ni el proceso de denuncia, ni mi estado de salud mental inducido le parecieron merecedores de una baja médica que me negó con increíble dureza y soberbia durante más de media hora alegando que: si no podía asumir la normalidad laboral, tendría que seguir un tratamiento, nuevamente basado en psicofármacos, para poder afrontarla. 

Así que, la normalidad es sumisión, tanto en el ámbito de trabajo como en nuestro sistema de salud, el cual es obvio que vela más por la vitalidad de la industria que por la del ser humano. De este modo, no es difícil de entender que en el año 2013, España se convirtiera en líder en Europa en el consumo de psicofármacos (antidepresivos, ansiolíticos, somníferos, hipnóticos, etc.) consolidándose como la tercera droga más consumida, por detrás del alcohol o el tabaco. Su dispendio pasó de 38,1 dosis por mil habitantes en 2000 a 56,3 en 2015, según los datos de la Oficina de Estadística de la OCDE. A pesar de ser considerados sus efectos la tercera causa de muerte, por detrás de las enfermedades cardiacas y el cáncer, en Inglaterra.

Hace 9 años, acudí a la consulta de mi médico de cabecera de entonces con una urticaria que me cubría todo el tronco. La facultativa, bien extrañada, llegó a afirmar que podía tratarse de escarlatina, así que, llamó al resto de compañeras de la planta que al observarme descartaron su propuesta con cierto estupor… pero sí me advirtieron de que podía tratarse de una reacción a la cantidad de piercing (2) y tatuajes (3) que portaba, sin conocer que estos llevaban en mi cuerpo más de siete años. A las licenciadas nunca se les ocurrió pensar, además de en sus propios prejuicios, que la reacción podía haber sido provocada por los dos meses de suministro de antibióticos (con los que continuaba en el momento) que, su colega, me había estado recetando para una simple afonía que persistía sin fiebre (pero por tema laboral: visita obligada a consulta) y a pesar de haberme hecho un cultivo días antes en el que se evidenciaba el desastre bacteriano que habían provocado, dichos antibióticos innecesarios, en mi flora (y en la de gran parte de la población -lo sepan o no). Algo que, todavía, la medicina ortodoxa, no me ha sabido resolver y que me lleva causando graves lesiones desde entonces, entre ellas, dicha intolerancia a los antibióticos. Lesiones que palio eficazmente con otras alternativas médicas y que las pruebas clínicas, que la institución me hace, confirma.        

Pero, sin embargo, sabemos que las infecciones más extendidas al comenzar la era industrial (tuberculosis, tisis, cólera, disentería, fiebre tifoidea, escarlatina, difteria, tos ferina, sarampión) disminuyeron independientemente del control médico. Cuando se dió con su etiología y tratamiento, ya había bajado el índice de mortalidad considerablemente, lo que puede explicarse por su coincidencia con el mejoramiento de la vivienda (también de la higiene) y, sobre todo, de la nutrición. El estudio de las tendencias patológicas nos enseña que es el ambiente el factor principalmente determinante en el estado de la salud general y esperanza de vida de cualquier población: alimentación, vivienda, condiciones de trabajo, grado de cohesión con el vecindario, etc. Y también sabemos que, los medicamentos, siempre han sido potencialmente tóxicos. Aún así, seguimos pensando que la ciencia actual es el paradigma de lo racional, la nueva iglesia establecida, y que la salud mejorará con más inversión económica en servicios médicos (más intervenciones, más medicamentos, más pruebas, más vacunas, más tecnología, etc.) mientras siguen yendo a la cárcel personas que son calificadas de charlatanas por el monopolio médico mientras mienten, ocultan y desprestigian sus resultados (bastantes más baratos, por otro lado, y con índices de eficacia más interesantes que la mayoría de los tratamientos legalizados). Esta idea refuerza el mito del heroico médico que lucha contra la muerte (que ya no es la renovación de la vida o el fin de un todo) y la ilusión del progreso en base a la cual, la enfermedad (e incluso la muerte) ya no es de la incumbencia del enfermo.  

Tras sufrir un accidente laboral, mi padre fue operado 8 veces de la muñeca y solo ante la proposición de una novena y ante nuestra preocupación por unos resultados pocos satisfactorios, el equipo médico reconoció no tener ni haber tenido ni idea de la patología en ninguna de las intervenciones y que el objetivo de estas, había sido únicamente abrir para mirar. Así que, con un dolor en la muñeca, fue derivado durante quince terroríficos años a la Unidad del Dolor donde consiguieron inducirlo, con todas sus drogas y experimentos, a un estado casi vegetativo. Cuando por un fallo respiratorio entró en ambulancia en el servicio de urgencias de otro hospital, los mismos facultativos quedaron perplejos del nivel grotesco de medicación suministrado al paciente, se la retiraron inmediatamente (para poder salvarlo, dijeron) y mi padre, recobró la conciencia. La explicación médica fue que el exceso de medicación, ‘en ocasiones’, provoca aún más dolor. Y falta de independencia. Y un montón de efectos secundarios que son peor que el propio dolor. 

En nuestra sociedad actual, el aprendizaje autónomo, así como, el significado intrínseco del dolor ha desaparecido y, así también, la cuestión que plantea sobre nosotrxs mismxs y que resulta básica para una cura real. Cada vez hay más enfermedades crónicas, más lesiones clínicas, más gente sana transformada en paciente, más clientes… y el propio gremio perpetua ineficacia y privilegios imponiendo el modelo de una sola escuela de médicos sobre toda una sociedad. De este modo consiguen que cada vez encontremos menos recursos en nuestro entorno para responsabilizarnos, adaptarnos, afrontar y superar nuestro propio sufrimiento, e incapaces de adaptarnos a nuestro propio pesar, nos vemos obligados a depender de los servicios médicos para cualquier tipo de insignificancia. Esta pérdida de autonomía, esta súpermedicalización de la vida es solo un aspecto del dominio destructor de la industria sobre nuestra sociedad.

Toda enfermedad es una realidad creada socialmente. Lo que significa y la relación que evoca tiene una historia. El estudio de esa historia puede permitirnos entender el grado en que somos prisioneros de la ideología médica en que fuimos formados.

  Némesis Médica. La expropiación de la salud. Ivan Illich

Pudiera ser que el hombre del Paleolítico se dedicara a la caza y a la pesca y, la mujer, más en contacto con el mundo vegetal, fuera acumulando gradualmente en base a su observación y experiencia, múltiples saberes acerca de las plantas comestibles y medicinales transmitidas de madres a hijas a través de generaciones. Estas mujeres habrían desarrollado, entonces, las herramientas necesarias para recolectar, gestar y conservar los vegetales. 

Restos arqueológicos del Neandertal localizados en Irak muestran que en este periodo se utilizaban plantas curativas como el malvavisco, la milenrama y el senecio. Tablillas sumerias del tercer milenio a. de C. recogen diversas drogas vegetales y, entre ellas, la primera noticia escrita acerca de la adormidera, la cual también encontraremos en los cilindros babilónicos más antiguos junto con otra cantidad numerosa de hierbas que las mujeres babilónicas empleaban para tratar las enfermedades de su pueblo. Otras tablillas de la antigua Mesopotamia datadas del 1200 a. de C. mencionan a las primeras personas registradas dedicadas a la química, dos mujeres: Tapputi y Belatekallim; junto a más de doscientas plantas como el beleño, la adormidera, la mandrágora, el cáñamo, azafrán, tomillo, ajo, cebolla, regaliz, sen, asafétida y mirra.

Las primeras drogas surgen en plantas o partes de plantas como consecuencia de la evolución concertada entre reino animal y botánico, es decir, brotan como defensa química ante el apetito animal y, psicoactivas o no, son sustancias que en dosis muy pequeñas consiguen vencer al cuerpo provocando grandes cambios orgánicos y anímicos. De este modo, medicina, religión y magia son tres dimensiones inseparables en los comienzos, cuando la ingesta de estos principios, además de para sanar, tomados de forma colectiva y considerados formas sagradas capaces de abrir un puente entre lo ordinario y lo extraordinario, servían también para aprender y reafirmar la identidad cultural.

Los primeros restos de cáñamo se hallan en China y sus tratados médicos del siglo I afirman que ‘el cáñamo tomado en exceso hace ver monstruos, pero si se usa largo tiempo puede comunicar con los espíritus y aligerar el cuerpo’. El Atharva Veda, uno de los cuatro textos más antiguos de la literatura india, ‘considera que la planta brotó cuando cayeron del cielo gotas de ambrosía divina’ y describe otras tantas hierbas medicinales como la rauwolfia, empleada para tratar la epilepsia y cuyo principio activo es hoy utilizado por la industria farmacológica para la realización de medicamentos relacionados con la hipertensión. La tradición brahmánica estima que el cáñamo agiliza la mente, alarga la vida y potencia los deseos sexuales, el budismo lo utilizó para la meditación y desde antiguo ha sido aplicado en tratamientos médicos para la fiebre, el insomnio, la tos seca, la oftalmia y la disentería. Los egipcios, que tenían conocimiento de casi 800 drogas, lo utilizaron también como incienso ceremonial y lúdico (entre otras solanáceas) y ya en siglo VII a. de C. los celtas exportaban desde Marsella cuerdas y estopa de cáñamo a todo el Mediterráneo. Los jeroglíficos refieren al extracto obtenido de la cabeza de la adormidera, el opio, para uso analgésico aplicado en pomada, por vía rectal u oral. Y según el papiro Ebers, texto que describe las propiedades y aplicaciones terapéuticas de al menos 150 plantas, lo empleaban para evitar que los bebés griten fuerte. Homero, en la Odisea, lo describió como algo que hace olvidar cualquier pena. Y en tiempos de Hesíodo una ciudad entera tomaba el nombre de la planta, Mekone (adormidera), símbolo de Démeter, diosa de la fecundidad.  

Aristóxeno y Porfirio, dos filósofos griegos, dejaron testimonio de que Pitágoras tomó la mayoría de sus doctrinas de la sacerdotisa délfica, Temistoclea. En esta escuela, trataban a sus pacientes en relación a todas sus influencias externas, puesto que concebían la enfermedad y la cura como resultado de procesos naturales. Un diagnóstico correcto comenzaba con la evaluación completa de las influencias a las que estaba sometida la persona enferma para luego, así, poder atender el desarrollo y duración de la enfermedad y diagnosticar las hierbas medicinales oportunas, aunque principalmente se valían de la dieta para sanar. La ciencia pitagórica entendía la Naturaleza como un todo regido por un principio único, la armonía, la relación de energía entre la persona y el cosmos. Y del mismo modo las plantas, estaban influidas por los astros por lo que era fundamental un conocimiento astrológico amplio para determinar el momento de recogida con el fin de obtener la mayor capacidad terapéutica posible. La cosmología pitagórica fue la base de la filosofía natural en toda la Edad Media y su referente más conocido es Theano, nacida en Crotona, discípula y compañera de Pitágoras, profesora de su escuela y que, entre sus tratados sobre matemáticas, física y medicina, plantea que el cuerpo humano es una copia microscópica del macrocosmos, del Universo en su conjunto. 

Ya Hipócrates, del que se dice ser padre de la medicina moderna,  asesoraba ceder a la ebriedad una o dos veces, de vez en cuando, pues la relajación es terapeúrica en sí misma y los libros firmados por él mismo, llamados libros hipocráticos, son una recopilación de los conocimientos sobre hierbas medicinales que tenían las mujeres de su época en los que se mencionan más de trescientas variedades de plantas. Muchos de estos libros, tal y como plantea Kate Hurd-Mead, no han sido escritos por el Padre de la Medicina, probablemente ni el famoso ‘Juramento’. Muchas mujeres escribieron libros de medicina, sin ninguna duda, prácticamente cada siglo desde Hipócrates. Tampoco escribió los libros de ginecología para sus alumnos: llevan la marca de ser escritos femeninos que han sido copiados con su firma durante siglos, de la misma forma que Moschion copió el tratado de ginecología de Cleopatra; con el tiempo se convirtió en parte de su propio libro y fue identificado con su nombre. De cualquiera de las maneras, para la escuela hipocrática y según el Corpus Hippocraticum, las drogas son sustancias que actúan enfriando, calentando, secando, humedeciendo, contrayendo y relajando, o haciendo dormir y en su naturaleza está curar amenazando al organismo. Lo esencial será conocer la proporción exacta entre dosis activa o mortal.

Los romanos (y, sobre todo los árabes para el tránsito de la segunda a la tercera edad) emplearon opio puro en terapia agónica y como eutanásico. Decía Plinio el Viejo, de los bienes que la naturaleza concedió al hombre ninguno hay mejor que una muerte a tiempo, y lo óptimo es que cada cual pueda dársela a sí mismo. La demanda de esta droga para usos medicinales llegó a exceder la oferta provocando su adulteración pero, durante el Imperio, el opio fue un bien de precio controlado con el que no se podía especular. En el año 312, llegó a haber 793 tiendas dedicadas a la venta de opio en Roma y su volumen de negocio representaba el 15% de toda la recaudación fiscal, con todo, no hubo ningún problema de orden público o privado ni estigmatización social al respecto, era una costumbre socialmente aceptada y esta confianza en la naturaleza individual nos lleva a pensar en una tradición de automedicación muy arraigada y en una clara distinción entre derecho y moral, convicciones que concluyeron con la cristianización del Imperio romano. La euforia como fin en sí, los cultos orgiásticos, el hedonismo y la eutanasia empezaron a ser condenados legalmente a muerte. En el año 391, el obispo Teófilo ordena la quema de la biblioteca de Alejandría provocando la pérdida de incalculable saber pagano, especialmente el relativo a drogas por considerarlo infectado de brujería. Alrededor del siglo X, el uso de plantas diabólicas era traición a la fe cristiana y utilizarlas para fines terapéuticos era juzgado de herejía, así que, las drogueras, magas y, por tanto, herejes, fueron exterminadas y sus familias vendidas como esclavas, la magia estaba prohibida. Y Carlomagno pasaría a llamar al opio obra de Satanás.

La Edad Media guardó la cultura botánica adquirida por las mujeres en los monasterios donde las monjas se ocuparon de conservar los antiguos saberes, transcribiendo las obras clásicas. En estos lugares se crearon los primeros jardines de hierbas medicinales, donde se cultivaban plantas autóctonas o provenientes de peregrinaciones de países lejanos. De este modo, los monasterios abastecían su botica, siempre situada junto al hospital, donde se asistía a peregrinos y a personas de la zona. Hildegarda de Bingen (Alemania, 1098-1179), abadesa del convento de Disibodenberg y fundadora de otros monasterios como el de Bingen, en su Libro de medicina simple, establece una relación entre los productos de la naturaleza y los seres humanos, centrándose en los conocimientos que afectan específicamente a la mujer. Y clasificará los temperamentos de las plantas, como de las personas, según su cualidad caliente o fría, seca o húmeda. Este herbario, junto con el de Trótula de Salerno, tomaron gran impulso con el descubrimiento de la imprenta, así como otros de magia y brujería, que contaban acerca del beleño negro, el acónito, la belladona y la mandrágora.

Pero la extensión del poder estatal en Europa desde el principio del siglo XVI llegó al reconocimiento oficial de la medicina como disciplina universitaria y, por tanto, a la persecución de todo aquello que no fuera reconocido como medicina oficial. De este modo, se excluía a mujeres, moriscos, judíos y conversos del gremio, puesto que, la universidad y las organizaciones profesionales, eran lugares vetados para ellos. Comenzaba, entonces, la división sexual del trabajo que recluyó a las mujeres al trabajo meramente reproductivo con un altísimo control en todos sus aspectos y, así, el ‘arte de partear’, una actividad que había sido exclusivamente femenina, dejó de serlo, pues, la preocupación de la sociedad medieval por el control de la natalidad con sus numerosos métodos para ello no convenía a un incipiente sistema capitalista que lo que necesitaba principalmente era aumentar a toda costa el mercado de trabajo ante la escasez de trabajadores de finales del siglo XIV, algo que se consiguió no solo con la caza de brujas, sino también con el comercio de esclavos y la colonización de América. De este modo, la sodomía, el aborto y el infanticidio pasaron a ser crímenes reproductivos asociados con la herejía, una herejía popular que podemos entender como un movimiento anti-feudal con altísima participación femenina que consiguió realmente poner en crisis al sistema. Un sistema que lo que planteaba, entonces, con el control de la medicina, era una nueva forma de poder para el control de la sociedad. La nueva ciencia suponía una ruptura entre la botánica popular femenina y la medicina ‘oficial’ masculina, suponía la fragmentación del cuerpo y del ser, la separación de la práctica y la especulación, por lo que, su ineficacia continuaba cediendo cierto poder a la práctica empírica acumulada de las mujeres, por lo que la mujer se convirtió en la forma más clara de lo hereje. Comenzaba la lucha del poder político y religioso contra su práctica, contra la sabiduría popular, las señalaron como supersticiosas e ignorantes y las quemaron (por poseer poderes mágicos sobre la salud).

En la sociedad occidental de hoy en día, esta visión dicotómica, ha continuado con gran prestigio en el ámbito sanitario. La moderna medicina masculina, materialista, mecanicista y mayoritariamente frecuentada por mujeres forzadas por el poder patriarcal a ser pacientes, sigue negando, ignorando y reprimiendo todos aquellos conocimientos. Sigue imponiendo su mirada parcial, convertida en única y gran Verdad, a la vez que persigue, para robustecer su credibilidad, todo aquello a lo que no alcanza su campo de visión. En este modelo, en este sistema de poder impuesto, la persona enferma, a la que se le impone una absoluta indefensión y pasividad porque rara vez es escuchada o informada correctamente, es apartada de su propio proceso de curación, el cual y por la misma razón, en un altísimo porcentaje es desconocido incluso por el propio facultativo. En un discurso donde conocimientos, métodos, contenido y lenguaje están empapados de androcentrismo, clasismo y colonialismo, se recetan fármacos que tratan síntomas y enmascaran causas: las condiciones políticas que minan la salud de la sociedad; se practican extirpaciones de órganos de sabida ineficacia (normalmente asociados a la sexualidad femenina) y se realizan operaciones quirúrgicas innecesarias de forma habitual; y con la misma habitualidad, se tortura en el campo de la obstetricia; se marea a pacientes con pruebas inútiles, de un especialista a otro, una y otra vez, sin más pretensión que el silencio y agotamiento del paciente. Se valora (o inventa) con excesiva celeridad trastornos mentales y se prescribe, con insistencia y asombrosa alegría, medicación psiquiátrica que, lejos de ser una opción de cura a juzgar por el porcentaje de éxito, tiene unos efectos secundarios tremendamente negativos e irreversibles para el sistema nervioso, un nivel de adictividad superior al de cualquier planta ilegalizada y, como hace la medicina institucionalizada en general, niegan la salud en tanto que destruyen nuestro potencial para afrontar nuestras propias vulnerabilidades y particularidades de una forma personal, libre y autónoma. De este modo, la medicina institucionalizada, induce y refuerza una sociedad enferma a la que mantiene industrialmente, a la vez que incrementa su número de clientes.       

El estereotipo de la bruja se fue creando a lo largo del siglo XIV y la autorización legal llegó en 1484 con la firma de la bula Summis Desiderantes affectibus por parte del Papa Inocencio VIII, lo que legitimó a los inquisidores alemanes Heinrich Kraemer y Jacob Sprenger a dar comienzo a la persecución de mujeres sospechosas de brujería. Dos años más tarde, estos dos últimos, elaboraron y publicaron lo que fue un éxito editorial de la época, el Malleus maleficarum o Martillo de brujas, un misógino manual de inquisidores que otorgaba el soporte teológico y el asesoramiento legal necesario para instruir dichas causas: La brujería constituye la más alta traición contra la voluntad de Dios. Por eso los acusados han de ser sometidos a tortura, a fin de que confiesen. Y al que se hallare culpable, aunque confiese su crimen, sométasele a tortura, pues puede ser castigado en proporción a su delito. La bruja, teóricamente, establecía un pacto con el diablo tras ser seducida por este, a través del cual, la mujer recibía algún tipo de poder terrenal a cambio de su alma. Tras este acuerdo, volaban invisiblemente a reuniones colectivas, secretas y nocturnas en lugares remotos subidas en el mango de una escoba. Y lo cierto es que la escoba les ayudaba a volar, pues el mango, además de dildo, untado con el ungüento diabólico y utilizado como aplicador, ayudaba a alcanzar las partes más profundas de la vagina, zona mucosa muy irrigada por el riego sanguíneo, que facilitaba la rapidísima absorción y los efectos casi inmediatos. De este modo, tal y como describían con todo lujo de detalles las mismas condenadas, volaban a lugares lejanos para asistir a orgías demoníacas. Al revisar el desván de la dama se encontró un ungüento con el que engrasaba un bastón, sobre el cual podía deambular y galopar a través de todos los obstáculos, describe un acta inquisitorial del año 1324. Las brujas confiesan que ciertas noches untan un palo para llegar a un lugar determinado, o bien se untan ellas mismas bajo los brazos y en otros lugares donde crece vello (diligencia de 1470). Las drogas de las brujas, como dice Escohotado, delatan el deseo de abrazar el más acá, opuesto al fervor por el más allá y sus ungüentos podían contener hachís, flores de cáñamo hembra, opio, solanáceas (mandrágora, beleño negro, belladona, etc.), piel de sapo (que contiene dimetiltriptamina o DMT), hongos y setas visionarias.

Se dice que La Voisin, adivina y envenenadora ejecutada en la hoguera el 22 de febrero de 1680, utilizó beleño en la misa negra convocada a favor de Madame de Montespan, amante real de Luis XIV. Pero ya lo usaban los galos untado en las flechas. Crece entre escombros, cuadras y estercoleros y tiene propiedades relajantes y sedantes, es un alucinógeno afrodisíaco capaz de hacer sentir la ingravidez. Y al despertar de su sueño, la droga se revela por un sentimiento ilimitado de bienestar que agudiza la memoria, la imaginación y la capacidad de expresión. Solo la inhalación del humo de las semillas provoca ya la sensación de ligereza y vuelo pero tan solo dos gramos de rizoma de esta planta son letales. Las brujas consumieron masivamente ciertos vegetales para provocarse fuertes alteraciones de conciencia. Sus preparados servían para extraer los principios activos y ayudar a su absorción por vía oral (infusiones, brebajes, pócimas), cutánea (ungüentos o pomadas) o respiratoria (fumigaciones). Eran expertas conocedoras de las plantas, las cuales eran recogidas al atardecer en cementerios para no ser vistas, y delatadas por sus vecinos, y para obtener la mayor concentración de sus principios activos en un suelo rico en nitratos y sales amoniacales donde los vegetales doblan la cantidad de alcaloides (compuestos químicos con actividad alucinógena). 

Sin embargo, los oficios terapéuticos no populares, es decir, con categoría universitaria, no eran perseguidos por la Inquisición y así, numerosos eclesiásticos provenientes de las cruzadas a Tierra Santa y, por tanto, conocedores de la medicina árabe rica en drogas psicoactivas como el opio y el cáñamo, utilizarán dichas plantas para consumo y cura de determinadas patologías entre la monarquía y la nobleza. En el siglo XII se encuentra la primera descripción de la esponja soporífera, un anestésico compuesto por opio, beleño y mandrágora. Cuatro siglos después, se fusionará alquimia y terapéutica con el impulso dado por Paracelso, que recogerá toda la sabiduría hechiceril para presentarla a la comunidad médica en forma de pastillas, jarabes y tinturas. Suyo es el exitoso y primer preparado realizado con opio, el láudano de Paracelso, y sus tres discípulos, Platter, Gessner y Hostium, serán conocidos como el ‘triunvirato del opio’ por considerar la sustancia, junto con el holandés J.B. van Helmont ‘Doctor Opiatus’ (fundador de la iatroquímica o farmacología científica), piedra filosofal de la terapéutica. Médicos y boticarios españoles viajaron a América para aprender de los herboristas nativos y fruto de ello fueron los 17 volúmenes de la ‘Historia natural de las indias’ con las más de 3000 plantas registradas en ellos. Pero también la Inquisición perseguirá a estas hierberas nativas hasta bien entrado el siglo XIX.

Con la Ilustración, Iglesia e Imperio se van alejando, y la idea de autoridad se va transformando llegando a cuestionar la usurpación por parte del Estado del juicio de cada cual por razones de conciencia. Las drogas del paganismo retornan legitimadas por el cuerpo científico también para su uso ceremonial y lúdico. El primer opiado barato y fuerte serán los polvos de Dover y le seguirán otros tantos para tratar el dolor en general, el insomnio, trastornos gástricos, etc. y será usado abiertamente por casas reales como la de Suecia, Dinamarca, Inglaterra, Austria, Rusia, Prusia y España. Pero también por Goethe, Novalis, Coleridge, Shelly, Byron, Wordsworth, Keats, Goya y Walter Scott sin provocar, su consumo, altercado alguno durante más de dos siglos en Europa y América.

A mediados del siglo XIX, el aislamiento de los principios activos consigue poner en el mercado unos 70.000 remedios de fórmula secreta que contienen drogas psicoactivas en América, Ásia y Europa (Tónico del Doctor X, Agua Milagrosa de Z, etc.). De este modo, llega la morfina (alcaloide del opio), el primer gran fármaco utilizado en la guerra civil americana y en la franco-prusiana de 1870; en 1898, F. Bayer comercializa la heroína (también como remedio para la adicción a la morfina) con un gran despliegue publicitario, lo  que junto con la aspirina, la convertirán en el gran gigante de la química mundial. Comercializada a gran escala y mucho más divulgada que la heroína fue la cocaína, como ‘forma inofensiva de curar la tristeza’. En 1858, Baudelaire publica la primera parte de Paraísos artificiales: Sobre el ideal artificial, el Haschish; fruto de su pertenencia al Club des Haschischiens donde, junto a Delacroix, Nerval, Verlaine, Rimbaud, Balzac, Hugo, etc., reivindica el cáñamo como objeto de estudio e investigación científica al considerar su uso favorable para el conocimiento de la mente. Y en 1894, los siete volúmenes de la Indian Hemp Drugs Commission, concluye: Considerando el tema de una forma general, cabe añadir que en la India el uso moderado de hachís y marihuana es la regla, y que el uso excesivo resulta excepcional. El uso moderado no produce prácticamente ningún efecto nocivo, y el trastorno que produce un uso excesivo se limita casi exclusivamente al mismo consumidor; el efecto sobre la sociedad es raras veces apreciable. Pero para finales de siglo, la enérgica reacción puritana a dicha autonomía junto con el progresivo intento de monopolio por parte de Estado, médicos y farmaceúticos; conseguirán el estigma social y una legislación cada vez más estrictamente prohibicionista para sustancias tanto naturales como sintéticas. Estas medidas, que rechazaban la razón apelada por Louis Lewin en Phantastica de que todo hombre tiene derecho a hacerse daño, trajeron consigo, tanto en América como una década después en el resto del mundo, tráfico (siempre cercano a instancias políticas y servicios secretos), adulteración y mayor consumo.

Sin embargo, mientras la prohibición del resto de sustancias se mantiene, en el siglo XX aparecen de venta libre las aminas (también los barbitúricos, los opiáceos sintéticos, etc.), suministradas masivamente a los soldados en la Segunda Guerra Mundial y en posguerra a toda una población achacada de congestión nasal, mareo, obesidad, depresión, aburrimiento y falta de motivación. Los laboratorios intentaban ofrecer alternativas legales a lo prohibido, sustituir una farmacopea por otra considerando que lo sintético (patentado) era mejor a lo natural (impatentable) pero que resultó en miles de víctimas y en la triplicación del consumo y la adictividad. El uso de ciertas drogas, así como, de ciertos métodos pasaba a ser un delito del mismo modo que la homosexualidad, la prostitución o la eutanasia, a pesar de que la adquisición de estos últimos bienes y servicios no deje de ser un intercambio bien solicitado y pactado entre personas adultas.

En el siglo XXI, y en plena pandemia, ya es obvio que avanzamos hacia un control farmacéutico total con la ayuda indiscutible de los estados y del cuerpo médico legitimado. 

Nueva York / Londres 7 JUN 2020 – 14:19


Bueno Rey, Mar. Historia de las hierbas mágicas y medicinales. Ediciones Nowtilus, 2008.

Gómez, Paloma. La rebotica de la Celestina. Ediciones Mairi Unipersonal, 2003.

Paracelso. Botánica oculta. Edicomunicación, 1999.

Escohotado, Antonio. Historia elemental de la drogas. Editorial Anagrama, 1996.

Escohotado, Antonio. La cuestión del cáñamo. Una propuesta constructiva sobre hachís y marihuana. Editorial Anagrama, 1997.

Illich, Ivan. Némesis médica. La expropiación de la salud. Barral, 1975. Libre descarga: https://www.ivanillich.org.mx/Nemesis.pdf

Juerga de clausura

Desechables – Fiebre

Los carniceros del norte – Invasores invisibles

Naughty Zombies – Quiero ser tu enfermera

Manolo Kabezabolo – Dando vueltas en la cama

Último Resorte – Hogar, dulce hogar

Núcleo Terco – Colapso social

Vulpes – Anarkia en TV

Maniática – ¿Y ahora qué?

Chroma – Cuerpos dóciles

Farmacia de Guardia – Paseando al perro

Raw Paw – Rutina asesina

Matando Gratix – Estado de sitio

Las Grasas Trans – ¿Dónde está la peluquera?

Parálisis permanente – Autosuficiencia

Penadas por la ley – Real Dekreto

Joy Division – Isolation

Elektroduendes – Trankilos y seguros

Cicatriz – Txota

Cocadictos Juan Pablo II – Suicidio colectivo

Basura – Masacre en la ONU

De espaldas al patriarcado – No oigo ná

Genderlexx – Engranajes

Daf – Der Mussolini

Matando Gratix – Sorpresas te da la vida

Eskorbuto – Ha llegado el momento (el fin)

Acoso laboral

Contra el miedo a la carencia, al sometimiento, a no poder negarse, a no poder escupir (rebelarse), y de la misma manera que haría un hámster, nuestras glándulas parótidas (conductos salivares), como en un gesto inconsciente de resistirse a tragar y, por tanto, de guardar ante la carencia, se obstruyen con adenomas (tumores benignos) y literalmente, no podemos comer. 

El hipotálamo, que es el regulador central de las funciones viscerales autónomas, endocrinas y nerviosas de nuestro cuerpo, desde el cerebro organiza conductas fundamentales tales como la liberación de hormonas de la hipófisis, la conservación de la temperatura corporal y la organización de conductas como la alimentación, ingesta de líquidos, apareamiento, agresión, etc. Ante una amenaza o riesgo, estamos diseñados para prepararnos para un ataque o una huída y, para tal fin, activamos y nos proporcionamos la mayor cantidad de energía posible. El hipotálamo, entonces, estimula una alarma que combina señales nerviosas y hormonales. Los circuitos nerviosos aumentan la sensación de alerta, enfocan la atención, reducen la sensación de dolor, controlan el hambre, el sueño, los deseos sexuales, etc. Las glándulas suprarrenales liberan cortisol y adrenalina. El cortisol, la hormona del estrés, agudiza el sistema inmunológico y aumenta la cantidad de combustible en la sangre (carbohidratos, glucosa y grasas) necesario para reaccionar al estrés. La adrenalina aumenta los latidos del corazón, eleva la presión de la sangre y aumenta la producción y utilización de energía. Cuando el cuerpo deja de percibir una amenaza, se regula automáticamente y la alarma se desactiva. Pero cuando el cuerpo está sistemáticamente enfrentado a situaciones estresantes (el acoso psicológico en el trabajo, o mobbing, es considerado un severo estresor psicosocial) la alarma permanece activa y el cuerpo funciona todo el tiempo en estado de alerta. Su activación nerviosa y hormonal constante deteriora el organismo generando diversos problemas psicosomáticos: úlceras gástricas, alteraciones en la tiroides, crisis cardiacas, dolores musculares, psoriasis, diabetes, ataques de pánico, mareos, dolor de extremidades, comportamientos compulsivos, alteraciones del sueño, irritabilidad, auto medicación, auto aislamiento, sensación de soledad y abandono, ansiedad, hipervigilancia, llanto incontrolado, depresión, trastornos alimenticios, dificultad para concentrarse, irritabilidad, apatía, indefensión, desesperanza, suicidio, etc.

Todas nuestras convicciones acerca de la invulnerabilidad e ilusión de control personal,  de visión de un mundo afectuoso, justo y con significado, nos proporcionan sensación de estabilidad y control y, este equilibrio, es necesario para nuestro sistema conceptual. Pero cuando nos encontramos expuestos a estrategias de acoso de forma sistemática, cuando sentimos atacada nuestra dignidad de manera sistemática, recibimos un tipo de información incompatible con los modelos mentales existentes de comprensión del mundo. Ese ataque a nuestras creencias básicas, puede derivar en una intensa crisis psicológica o en la desintegración de nuestra comprensión de la realidad y de nuestro mundo interior. Esta ruptura cognitiva contribuye a generar en nosotrxs un profundo estado de desesperanza e indefensión, ya que los esquemas válidos previos nos resultan ineficaces para interpretar la situación de acoso. En este punto, desarrollamos trastornos de estrés postraumático, o reconstruimos un nuevo mundo con un sistema de creencias más adecuado a la nueva situación.

Libre descarga: Guía básica de autodefensa

Imagen en Rayos X de hámster comiendo


Bayer: Globos de colores

Tengo que admitir que nuestro apoyo a las escuelas no es completamente altruista. Lo vemos como una inversión a largo plazo.

Thimo Schmitt-Lord

Fundación Ciencia y Educación de Bayer

Hace unos meses acudí a una consulta ginecológica y, tras una ecografía, la doctora me informó que, los dolores pélvicos que padecía, eran consecuencia de un quiste en uno de mis ovarios. Una bolsa de agua de no mucho más de 2 centímetros sin ninguna importancia -me explicó al mismo tiempo que me extendía una receta- tomando estas píldoras anticonceptivas en tres meses se te ha quitado, estate tranquila, son de Bayer, una marca de confianza. No me tomé el medicamento prescrito pero a los tres meses volví a la consulta y en la ecografía pudimos ver que, el citado quiste funcional, había desaparecido por sí solo sin necesidad de fármacos, como imagino que sabría mi doctora. De haberlos tomado, el folículo de origen hormonal, habría desaparecido de igual modo pero, entonces, habría que habérselo agradecido a la marca de confianza

Una marca que, por lo visto, parece inspirar seguridad por ser mundialmente conocida por la elaboración de su producto estrella, Aspirina®, lo que no es más que la fórmula sintética de algo que se llevaba utilizando desde la antigua Sumeria como analgésico, antipirético y antiinflamatorio: la corteza del árbol del sauce (hoy, los remedios con esta corteza siguen siendo una alternativa válida, y menos dañina, a la aspirina como analgésico natural). Y también aparece, junto con otras plantas ricas en salicilato, en papiros de farmacología faraónica egipcia pertenecientes al segundo milenio a.C. Estos medicamentos, por lo visto, formaron parte de la farmacopea de la medicina occidental en la antigüedad clásica y en la Edad Media y, sin embargo hoy, es un producto registrado por Bayer en más de 80 países de todo el mundo.

No mundialmente conocida, pero sí histórica, fue la irrupción de Gemma López y Angélica del Valle, dos afectadas por Essure, el 26 de abril de 2016 en la Junta de Accionistas de Bayer en el Recinto Ferial de Colonia (Alemania). Ante la directiva y el propio presidente de la Compañía, denunciaban que todos sus anticonceptivos elaborados con el principio activo de la drospirenona (y que, por el 2017, seguían comercializándose) estaban causando graves lesiones, e incluso la muerte por trombosis o embolias pulmonares, a miles de mujeres en todo el mundo. En el año 2013, Canadá denunció 23 muertes por la ingesta de los productos Yaz y Yasmin y, las autoridades sanitarias francesas, imputaron cuatro muertes al consumo del medicamento Diane 35. En Alemania, las primeras demandandas judiciales contra Bayer por sus fármacos anticonceptivos llegaron en el año 2015. Y en el 2018 en EEUU, prosperaban 16.000 demandas contra la compañía. Ese mismo año, la Asociación Española de Afectadas por Essure presentó una querella en la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional contra el laboratorio Bayer, la Agencia de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) y la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO), en la que se denunciaban lesiones por este método anticonceptivo, así como estafa o fraude científico. La jueza Carmen Lamela de la Audiencia Nacional rechazó la investigación por circunscribirse los hechos, únicamente, a España y por no encontrar indicios de organización criminal. 

La fille de Brest (Emmanuelle Bercot, 2015)

Sin embargo, Bayer, la gran industria armamentística química, médica y, ahora también, alimentaria, nunca ha estado muy lejos de serlo. Sabemos que se dedicó a la fabricación de explosivos durante la Primera Guerra Mundial y fue responsable, durante ese mismo período, del desarrollo y uso de las armas químicas que mataron a aproximadamente 70.000 personas. Durante la Segunda Guerra Mundial financió con 80 millones de marcos al partido nazi y fue el productor del gas Zyklon B, un insecticida a base de cianuro, utilizado como arma química por los alemanes en las cámaras de gas de los campos de concentración de Auschwitz y Majdanek. Campos de exterminio que la corporación financió para su construcción, y administración, y de los que sacó mano de obra esclava para su planta química IG Monowitz donde, alrededor de 120.000 prisioneros, fueron obligados a trabajar en condiciones pésimas hasta la muerte. Financió y participó en la experimentación científica, que supuso la tortura y muerte de 400.000 presos, para medicamentos posteriormente fabricados y comercializados. Pero solo 23 empleados de la IG Farben (Bayer) fueron juzgados por crímenes de guerra y de lesa humanidad ante el Tribunal de Nuremberg. Trece fueron absueltos y, entre los condenados, el director de producción, Fritz ter Meer, quien tras cumplir su pena por siete años, se convirtió en el nuevo presidente de la compañía en el año 1956. El resto de científicos nazis de Bayer, a partir del año 1945 y dentro de lo que llamaron Operación Paperclip, salieron con identidades falsas a América financiados por el servicio de Inteligencia y Militar de EEUU donde continuaron trabajando en los avances científicos y tecnológicos alcanzados por la Alemania nazi. Hoy en día y según la Coordinación Contra los Peligros de Bayer, el gigante europeo de la farmacia y la agroquímica que cerró el año pasado la compra de Monsanto por 53.373 millones, se declara insolvente ante la demanda de indemnización interpuesta por las víctimas sobrevivientes del Holocausto. 

Retomando el tema de la mano de obra esclava, Bayer debe sentir nostalgia de otros tiempos en sus instalaciones de Alcalá de Henares (Madrid) donde, desde el día 12 de mayo de 2014, el trabajador y delegado de la Sección Sindical de CNT en esta empresa, sigue esperando una indemnización tras sufrir un accidente (caída con fractura del radio del brazo izquierdo) dentro de su espacio laboral. La caída del trabajador fue ocasionada por el incumplimiento empresarial en materia de seguridad y prevención de riesgos laborales, tal y como constató Inspección de Trabajo al visitar las instalaciones tras ser denunciado el hecho. Un hecho que podría haber sido evitado, pues, durante los cinco meses antes del accidente en cuestión, el mismo trabajador afectado notificó, tanto a Recursos Humanos como a la dirección de la empresa, de la peligrosidad existente en el área de la fábrica donde finalmente se produjo el suceso. Pero la técnico de prevención de riesgos respondió, al segundo aviso, negando la inseguridad fundamentada por los operarios y, la empresa, amonestando al trabajador denunciante por las reiteradas quejas en materia de seguridad.

Con fecha 21 de septiembre de 2015, la Dirección General de Trabajo resuelve tipificando y calificando la infracción por parte de la empresa como grave e imponiendo una sanción en grado mínimo de 4.000 euros. Esta sentencia ha sido recurrida por Bayer en tres ocasiones, y desestimada por cada instancia superior hasta concluir, por término de la vía administrativa, con una denuncia al propio trabajador y al INSS que, también ha sido desestimado por el Juzgado de lo Social, pero nuevamente recurrido por la empresa, esta vez, ante la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia. Imaginamos que Bayer debe verse también insolvente ante la demanda de indemnización de otra víctima de su indolencia aunque no para asumir los gastos del litigio, que ya deben de haber ascendido a la cantidad con la que Inspección les sanciona por la deficiencia de sus medidas preventivas.

Ahora, en vez de asumir su responsabilidad, la representante del Comité de Seguridad y Salud de la empresa, que ha perseverado, instancia tras instancia, en la culpabilidad del propio trabajador por imprudencia y en la inexistencia de inseguridad laboral a pesar del hecho de haberse producido el accidente; insta a un acto de conciliación, previo a una interposición de Querella Criminal, el próximo 25 de septiembre a las 11:30 horas en el Juzgado de 1ª Instancia nº17 de Madrid (Calle del Poeta Joan Maragall, 66, Planta 3) para la indemnización de la compareciente por 12.000 euros, contra el propio trabajador lesionado y contra la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) por injurias, es decir, por una actividad sindical a la que no deben de estar acostumbrados. 

A pesar de todo, que no es solo esto, Bayer está enredada en graves imputaciones de todo tipo y por todo el mundo, la compañía invierte aproximadamente medio millón de euros en las escuelas cercanas a sus sucursales en Alemania. Ofrece días de formación para profesores y materiales educativos libres de gastos, en aspectos como la mortalidad de las abejas (Bayer está relacionada con la desaparición de las abejas) y la ingeniería genética (Bayer es líder en el mundo en alimentos transgénicos). La corporación sabe que la infancia y la adolescencia son sus clientes del futuro cercano, así que, preside también laboratorios dirigidos a esa franja de edad con el propósito de hacer las asignaturas más atractivas. Distribuye libros de propaganda de su marca en colegios públicos, como solía hacer su antigua filial Currenta (recientemente vendida por 3.500 millones de euros, incluidas deudas). Los libros representan el divertido ajetreo de una industria química: conductores de grúa, tanques, visitantes de todas partes del mundo, payasos y globos de colores.

Historia de Helbling

Me llamo Helbling y cuento aquí mi historia personal, pues de lo contrario es posible que nadie lo haga. Hoy en día, cuando la humanidad se ha vuelto refinada, no puede provocar especial curiosidad que alguien como yo se siente y comience a escribir su propia historia. Una historia breve, porque todavía soy joven, y no se escribirá hasta el final, pues previsiblemente viviré mucho tiempo aún. Lo más destacado es que soy una persona del todo corriente, hasta extremos inconcebibles. Soy uno más, y eso es precisamente lo que se me antoja extraño. Yo encuentro extraños a los más, y pienso siempre: “¿Qué hacen, a qué se dedican todos estos?”. Yo desaparezco prácticamente entre la masa de esos muchos. A mediodía, cuando dan las doce y me apresuro a dirigirme a casa desde el banco donde trabajo, todos se apresuran conmigo, uno intenta adelantar al otro, otros quieren dar pasos más largos que los demás, y sin embargo mientras tanto piensas: “Si todos van a casa”. De hecho todos van a casa, porque no hay entre ellos ninguna persona singular que no sea capaz de encontrar el camino a casa. Soy de estatura media, por lo que me alegro de no ser ni llamativamente bajo ni explosivamente alto. Tengo la altura justa, como se dice en alto alemán. Cuando estoy comiendo a mediodía, pienso siempre que en realidad podría comer igual de bien, o tal vez mejor, en otro lugar donde quizá reinara un ambiente más alegre a la mesa, y luego pienso dónde podría acontecer eso, dónde hallar la conversación más animada y una comida mejor. Recorro con la memoria todos los barrios y edificios que conozco para descubrir algo adecuado para mí. En general, tengo en alta estima mi persona, bueno, en realidad solo pienso en mí, y siempre procuro darme la mejor vida que cabe imaginar. Como soy de buena familia, mi padre es un respetado comerciante de provincias, encuentro con facilidad todo tipo de objeciones que hacer a las cosas que pretenden abordarme, y a las que debo enfrentarme, por ejemplo: todo me parece demasiado poco selecto. Siempre tengo la sensación de que hay algo en mí valioso, sensible y frágil que hay que tratar con cuidado, y no considero a los demás ni mucho menos tan valiosos y delicados. ¡Por qué sucederá eso! Es justo como si uno fuera demasiado refinado para esta vida. En cualquier caso, es una limitación que me impide destacar, porque cuando, por ejemplo, tengo que cumplir un cometido, siempre necesito meditar primero media hora, ¡a veces incluso una entera! Reflexiono y me entrego a mis ensoñaciones: “Pongo manos a la obra, o lo demoró”. Y entretanto, eso lo noto, algunos de mis colegas se habrán dado cuenta ya de que soy una persona indolente, mientras solo cabe considerarme demasiado sensible. Ay, qué mal lo juzgan a uno. Un cometido que siempre me asusta, me induce a pasar la palma de la mano de un lado a otro por la tapa del escritorio, hasta que descubro que me están observando con sorna, o me acaricio las mejillas con la mano, me toco por debajo de la barbilla, me paso la mano por los ojos, me froto la nariz y me aparto el cabello de la frente, como si mi trabajo estuviera allí, y no en el pliego de papel extendido ante mis ojos en el escritorio. A lo mejor me he equivocado de profesión, y, sin embargo, estoy seguro de que me sucedería lo mismo con cualquier otra, haría lo mismo y lo estropearía. Debido a mi supuesta indolencia, gozo de escasa consideración. Me llaman soñador y dormilón. ¡Oh, cuánto talento posee la gente para colgarle a uno títulos irrespetuosos! No obstante, es verdad: no me gusta mucho el trabajo, porque siempre me figuro que entretiene y apenas estimula mi inteligencia. Y aquí llegamos a otro punto crucial. No sé si tengo inteligencia, y me resisto a creerlo, porque ya me he convencido con frecuencia de que me hago el tonto siempre que me encargan algo que exija juicio y sagacidad. Esto, de hecho, me deja perplejo y me induce a preguntarme si no seré una de esas personas raras que solo son inteligentes cuando se lo figuran, y dejan de serlo en cuanto tienen que demostrar que lo son de verdad. Se me ocurre un sinnúmero de cosas inteligentes, hermosas, sutiles, pero tan pronto he de aplicarlas, me fallan y me abandonan, y yo quedo como un aprendiz torpe. Por eso no me gusta mi trabajo, porque por una parte se me antoja muy poco intelectual, y por otra me supera en cuanto adquiere visas de intelectual. Pienso siempre cuando no debo pensar, y cuando estaría obligado a hacerlo, no soy capaz. Por esta razón disonante también abandono siempre la sala de la oficina unos minutos antes de las doce y siempre llego unos minutos más tardes que los demás, lo que ya me ha acarreado una fama bastante mala. Pero me resulta indiferente, tan indeciblemente indiferente, lo que digan de mí. Por ejemplo, sé muy bien que me consideran un burro, pero siento que si tienen derecho a suponerlo, yo no puedo impedírselo. Además, lo cierto es que hay algo asnal en mi rostro, en mi conducta, en mis andares, en mi habla y en mi carácter. No hay duda, por mencionar algún ejemplo, de que tengo en los ojos una expresión algo estúpida que confunde con facilidad a la gente proporcionándole una pobre opinión de mi inteligencia. Mi carácter posee muchos rasgos de puerilidad amén de vanidad, mi voz tiene un sonido peculiar, como si ni yo mismo, el hablante, supiera que hablo cuando hablo. Tengo un no sé qué de somnoliento, de no-totalmente-despabilado, y ya he señalado que se nota. Siempre me aliso del todo el pelo sobre la cabeza, eso acaso aumente la impresión que doy de obstinada y desvalida mentecatez. Luego me quedo parado junto al escritorio, y puedo pasarme media hora mirando la sala o por la ventana. Sostengo en la mano inactiva la pluma con la que debería escribir. Parado, me apoyo ora en un pie, ora en otro, ya que no me está permitida una movilidad mayor, observo a mis colegas sin darme cuenta de que a sus ojos, que me miran de reojo, soy un vago deplorable carente de escrúpulos, sonrío cuando alguno me mira y sueño sin pensar. ¡Soñar! Ojalá pudiera hacerlo, no tengo ni idea de lo que es. ¡Ni la más mínima! Siempre pienso que si tuviera un montón de dinero no trabajaría, y me alegro como un niño de haber podido pensar eso cuando la idea ya está imaginada. El salario que percibo me parece demasiado parco, y no me pasa por las mientes decir que ni siquiera eso me gano con mi trabajo, a pesar de saber que no hago prácticamente nada. Curioso, no tengo talento para sentir un ligero sonrojo. Si alguien, un superior por ejemplo, me echa una reprimenda, me enfado sobremanera, pues me ofende que me reprendan. No lo soporto, a pesar de decirme que me he merecido la regañina. Creo que me resisto al reproche del superior para poder alargar un poco la conversación con él, quizá media hora, después ha transcurrido otra media hora en cuyo transcurso al menos no me he aburrido. Si mis colegas creen que me aburro, desde luego tienen razón, porque me aburro como una ostra. ¡No hay ni la menor distracción! Aburrirme y meditar sobre cómo podría frenar el aburrimiento: en eso consiste mi única ocupación. Rindo tan poco que me digo: “¡La verdad, no rindes nada!”. A menudo, tengo que bostezar, de manera totalmente involuntaria, abriendo la boca hacia el techo de la habitación, y después me paso la mano para tapar despacio la boca abierta. Luego me parece oportuno retorcerme el bigote con la punta de los dedos y quizá tamborilear sobre el escritorio con la superficie interna de uno de mis dedos, igual que en un sueño. A veces todo se me antoja un sueño incomprensible. Entonces siento lástima de mí mismo y me gustaría llorar. Pero cuando la ensoñación se disipa, querría tirarme al suelo cuan largo soy, desplomarme, hacerme mucho daño contra el borde de la mesa, para poder experimentar el divertido disfrute del dolor. Mi alma no está del todo libre de dolor por mi situación, porque a veces, si aguzo bien la oreja, percibo dentro un leve tono lastimero de reproche, parecido a la voz de mi madre aún viva, que siempre me ha considerado una persona recta, al contrario que mi padre, que posee principios mucho más rígidos que ella. Pero mi alma me parece demasiado oscura y carente de valor como para que yo aprecie lo que expresa. No estimo demasiado su tono. Pienso que solo por aburrimiento escucha uno el murmullo del alma. Cuando estoy en la oficina, mis miembros se convierten despacio en madera a la que uno desearía prender fuego para que se queme: mesa y hombre se hacen uno con el paso del tiempo. El tiempo, eso siempre me da qué pensar. Pasa deprisa, pero a pesar de la celeridad, parece encorvarse de pronto, romperse, y entonces es como si ya no existiera el tiempo. A veces se lo oye murmurar como una bandada de pájaros alzando el vuelo, o por ejemplo en el bosque: allí siempre oigo el murmullo del tiempo, y eso te reconforta mucho, porque entonces la persona ya no tiene que pensar. Pero casi siempre es diferente: ¡reina un silencio sepulcral! ¡Puede ser una vida humana que uno no perciba su avance, su proximidad al final! Hasta ese momento mi vida me parece bastante vacía, y la certeza es que seguirá siéndolo, transmite algo interminable. Algo que te ordena dormirte y hacer únicamente lo más indispensable. Así me comporto yo: solamente finjo que trabajo con ahínco cuando noto detrás de mí el aliento maloliente de mi jefe, que se acerca sigiloso para sorprenderme en la indolencia. El aire que exhala lo delata. El buen hombre siempre me procura una pequeña variación, por eso todavía siento un gran aprecio por él. ¿Pero qué me induce en realidad a respetar tan poco mis obligaciones y mis instrucciones? Soy un hombrecillo insignificante, pálido, tímido, débil, elegante, remilgado, lleno de sensiblerías inútiles para enfrentarse a la vida y, si alguna vez me fuera mal, no podría soportar la dureza de la existencia. ¿No puede infundirme temor alguno pensar que me despedirán de mi empleo si continuó así? Al parecer, no, más por otra parte, ¡sí! Me asusto un poco, y luego vuelvo a no asustarme. A lo mejor soy muy poco inteligente para asustarme, sí, casi me parece como si la terquedad pueril que empleo para vengarme de mis congéneres es una prueba de imbecilidad. Pero encaja de maravilla en mi carácter, que siempre me ordena comportarme de un modo extraordinario, aunque sea en perjuicio mío. Así por ejemplo llevo a la oficina, lo que tampoco está permitido, libros pequeños, que abro cortándolos, y los leo sin sentir auténtico placer por la lectura. Pero parece la refinada rebeldía de una persona culta, más que los otros desean ser. Porque yo siempre aspiro a más, tengo una tenacidad de perro de caza por sobresalir. Si estoy leyendo el libro y un colega se me acerca con la pregunta, que quizá sea totalmente oportuna, “¿Qué está leyendo, Helbling?”, me enfado, porque en este caso está indicado mostrar un carácter colérico que ahuyente a los preguntones que se arriman. Soy enormemente engreído cuando leo, miro a todas partes en busca de personas que se fijen en mí, en la inteligencia con la que formo mi mente y mi ingenio, corto con espléndida lentitud una página tras otra, ya ni leo, sino que me basta con haber adoptado la actitud de una persona enfrascada en la lectura. Así soy yo: farsante e interesado en hacer efecto. Soy vanidoso, pero la satisfacción de mi vanidad es singularmente barata. Mis ropas son de aspecto basto, pero me afano cambiando de traje, porque me complace demostrar a los colegas que poseo varios y que tengo cierto gusto en la elección de colores. Me gusta venir de verde, porque me recuerda al bosque, y también voy de amarillo en días ventosos, frescos, porque armoniza con el viento y el baile. Puede ser que me equivoque en esto, no lo dudo en absoluto, porque me reprochan bastante mis numerosas equivocaciones al día. Al fin y al cabo, uno mismo piensa que es un mentecato. Pero qué importa ser un necio o un hombre respetable, cuando la lluvia cae igual tanto sobre un burro como sobre una persona respetable. ¡Por no hablar del sol! Yo me siento feliz, cuando dan las doce, de poder ir a casa al sol, y cuando llueve abro mi amplio y panzudo paraguas sobre mi cabeza, para que no se me moje el sombrero que tanto aprecio. Trato a mi sombrero con mucha delicadeza, y siempre me parece que si puedo tocarlo con la delicadeza que acostumbro, sigo siendo una persona muy feliz. Lo que más me gusta es ponérmelo con cuidado sobre la coronilla cuando termina la jornada laboral. Eso siempre me indica la adorada terminación de la jornada. Porque mi vida se compone de meras pequeñeces, me repito una y otra vez, y me parece extraordinario. Nunca he creído oportuno entusiarmarme por los grandes ideales que conciernen a la humanidad, porque en el fondo soy más crítico que entusiasta, de lo que me felicito. Soy alguien que considera denigrante encontrarse a una persona ideal con pelo largo, sandalias en las piernas desnudas, mandil de cuero alrededor de las caderas y flores en el pelo. En semejantes ocasiones sonrío con timidez. Preferiría con creces reír a carcajadas, pero es imposible, en realidad también es más para enfadarse que para reír, vivir entre personas que no gustan de una coronilla lisa como la que lucía. Por eso me gusta enfadarme por eso me enfado siempre a la menor oportunidad. Suelo hacer comentarios maliciosos, y sin embargo apenas necesito descargar mi malicia sobre los demás, puesto que sé de sobra lo que significa padecer el sarcasmo ajeno. Pero de eso se trata: no hago el menor comentario, ni acepto lecciones, sigo procediendo igual que el día que salí de la escuela. Sigo teniendo muchas cosas de colegial, que a buen seguro me acompañarán durante toda la vida. Hay personas que carecen de aptitud para enmendarse y de talento para formarse con la conducta ajena. No, yo no me formo, pues me parece indigno de mí entregarme al afán de cultura. Además, ya he recibido la educación suficiente para llevar un bastón en la mano con cierta distinción y anudarme un lazo alrededor del cuello de la camisa y coger la cuchara con la mano derecha y decir, contestando a una pregunta pertinente: “Sí, gracias, la velada de ayer fue encantadora”. ¿Qué más podría sacar de mí la educación? Con la mano en el pecho: creo que la educación llegaría a la persona equivocada. ¡Yo ambiciono dinero y cómodas dignidades, ese es todo mi interés por la educación! Me siento muy superior a un peón, aunque él, si quisiera, podría arrojarme con el índice de su mano izquierda a un hoyo en la tierra, donde me ensuciaría. La fuerza y la belleza en personas pobres y de atuendo modesto no me impresionan. Cuando veo a una persona así, pienso siempre en la suerte que tiene la gente como yo con la superior posición en el mundo, comparado con uno de esos bobos cansado de trabajar, y ninguna compasión sobrecoge mi corazón. ¿Dónde tendría yo un corazón? He olvidado que lo tengo. Esto es sin duda triste, pero dónde me parecería indicado sentir tristeza. La tristeza solo se siente cuando uno sufre una pérdida económica, o no acaba de sentarle bien el sombrero nuevo, o cuando, de improviso, se desploman los valores de la Bolsa, y entonces todavía tiene que preguntarse si eso es tristeza o no, y bien mirado no lo es, sino un simple pesar pasajero que se disipa como el viento. Es algo, no, cómo podría expresarlo: es asombrosamente extraño carecer de sentimientos, no saber en absoluto lo que es sentir. Sentimientos sobre la propia persona los tiene cualquiera, y en el fondo se trata de sentimientos reprobables, insolentes para con la colectividad. ¿Pero sentimientos a todos? Acaso uno tenga a veces ganas de plantearse esa pregunta, note algo parecido a una ligera añoranza por convertirse en una persona buena, complaciente, pero ¿cuándo tendría tiempo de hacerlo? ¿A eso de las siete de la mañana o cuándo si no? Ya el viernes y después durante todo el sábado siguiente me pregunto qué podría hacer el domingo, porque en domingo siempre hay que hacer algo. Pocas veces salgo solo. Suelo unirme a un grupo de gente joven; como uno se une, es muy sencillo, uno se limita a acompañarlos, a pesar de saber que es un compañero bastante aburrido. Cruzo el lago en un vápor, por ejemplo, o paseo por el bosque, o viajo en tren a parajes preciosos más alejados. Con frecuencia acompaño a bailar a chicas jóvenes, y he vivido la experiencia de que gusto a las chicas. Tengo una cara pálida, manos bonitas, un elegante frac ondeante, guantes, anillos en los dedos, un bastón guarnecido de plata, zapatos bien lustrados y un carácter delicado, dominical, una voz muy singular y cierta desgana alrededor de la boca, algo para lo que yo mismo no tengo palabras, pero que parece gustar a las chicas jóvenes. Cuando hablo, parece como si hablase una personalidad. Lo presuntuoso gusta, de eso no hay duda. Por lo que se refiere al baile, bailo como alguien que acaba de recibir y aprovechar clases de baile: con garbo, sutileza, precisión, exactitud, pero con excesiva celeridad y rigidez. Mi baile es minucioso y ligero, pero sin donaire. ¡Cómo podría yo ser tan apto para el donaire! Sin embargo me encanta bailar. Cuando bailo, me olvido de que soy Helbling, porque entonces no soy más que una nube feliz. La oficina con sus diversos tormentos no me traería el menos recuerdo. A mi alrededor se ven rostros enrojecidos, perfume y esplendor de los vestidos de las chicas, ojos juveniles que me miran, y vuelo: ¿puede uno imaginar mayor felicidad? Ahora lo tengo: una vez a la semana puedo ser feliz. Una de las chicas a la que siempre acompaño es mi novia, pero me trata mal, peor que las demás. Además, como bien noto, tampoco me es fiel, casi no me quiere, y yo ¿la quiero? Tengo muchos defectos que he referido con franqueza, pero aquí creo que todos mis defectos y carencias se perdonan: la amo. Es mi sino amarla y desanimarme con frecuencia por su causa. En verano, me entrega sus guantes y su sombrilla de seda rosa para que se los lleve, y en invierno puedo trotar tras ella en la nieve honda para llevar sus patines de hielo. No comprendo el amor, pero lo percibo. El bien y el mal son inútiles contra el amor, que no conoce nada más que el amor. Cómo puedo decirlo: por indigno y vacío que soy siempre, no está todo perdido, pues soy realmente capaz de amar fielmente, a pesar de que he tenido sobradas ocasiones para la infidelidad. Navego con ella al sol, bajo el cielo azul, en un bote que hago avanzar remando por el lago, y le sonrío siempre, mientras ella parece aburrirse. Y es que también soy un tipo muy aburrido. Su madre tiene una taberna para obreros pequeña, miserable, con bastante mala fama, en la que paso los domingos sentado, callado, mirándola. A veces su rostro también se inclina hacia el mío, para dejar que estampe un beso en su boca. Tiene un rostro dulce, dulce. En su mejilla un antiguo rasguño cicatrizado deforma un poco su boca, pero para dulcificarla. Tiene ojos muy pequeños, con los que te mira entornándolos, como si quisiera decir: “¡Te voy a enseñar lo que es bueno!” A menudo se sienta a mi lado en el raído y sucio sofá de la taberna susurrándome al oído lo bueno que es estar prometidos. Yo rara vez sé qué decirle, porque siempre temo que sea inadecuado, así que me callo y, sin embargo, deseo vivamente contestar. Una vez acercó a mis labios su pequeña oreja perfumada: “¿No tendría nada que decirle que solo se pudiera musitar?” Contesté temblando que no, y entonces me propinó una bofetada mientras se reía, no con amabilidad, sino con frialdad. No se lleva bien con su madre y su hermana pequeña, por lo que no tolera que me muestre amable con su hermanita. Su madre, tiene una nariz colorada por la bebida, es una mujer menuda y vivaracha que gusta de sentarse a la mesa con los hombres. Mi novia también se sienta con los hombres. Una vez me dijo en voz baja: “Ya no soy casta”, con absoluta naturalidad, y no supe qué objetar. Qué habría podido decirle al respecto. Con otras chicas tengo cierto arrojo, incluso gracia verbal, pero con ella me quedo mudo y la miro y sigo con mis ojos cada uno de sus ademanes. Siempre me quedo allí sentado hasta que cierra la taberna, o todavía más, hasta que ella me manda a casa. Cuando la hija no está, su madre se sienta conmigo a la mesa e intenta difamar a la ausente. Yo me limito a rechazar con un gesto de la mano mientras sonrío. La madre odia a su hija y es palmario que ambas se odian porque son un obstáculo mutuo para sus respectivos propósitos. Ambas quieren tener un hombre, y ambas se envidian el hombre una a la otra. Cuando estoy por la noche sentado en el sofá, todo el mundo que frecuenta la taberna se da cuenta de que soy el novio, y todos desean dirigirme palabras amistosas, lo que me produce bastante indiferencia. La niña pequeña, que todavía va al colegio, lee sus libros a mi lado, o escribe en su cuaderno con letras grandes y largas y siempre me lo entrega para que revise lo escrito. Nunca he prestado atención a criaturas tan pequeñas, y ahora, de repente, me doy cuenta de lo interesante que es cualquier criaturita que está creciendo. De ellos tiene la culpa mi amor por la otra. Un amor sincero te vuelve mejor y más avispado. En invierno ella me dice: “Oye, qué bonito será en primavera pasear juntos por los senderos del jardín”. Y en primavera: “Me aburro contigo”. Quiere estar casada en una gran ciudad, porque desea disfrutar un poco de la vida. Los teatros y bailes de máscaras, vestidos bonitos, vino, conversación amena, personas alegres, acaloradas, le gustan, la entusiasman. En realidad, a mí también me entusiasman, pero ignoro cómo conseguir todo eso. “A lo mejor el próximo invierno pierdo mi empleo”, le conté. Ella me miró asombrada y me preguntó: “¿Por qué?” ¿Qué habría podido responderle? No puedo describirle todo mi carácter de un tirón. Ella me despreciaría. Hasta ahora cree que soy un hombre de ciertas prendas, un hombre, es verdad que algo ridículo y aburrido, pero que se ha labrado una posición en el mundo. Si ahora le dijera “Te equivocas, mi posición es extremadamente precaria”, ella no tendría motivo alguno para continuar deseando tener relaciones conmigo, ya que vería destruidas todas sus esperanzas relacionadas con mi persona. Yo lo dejo correr, soy un maestro en desentenderme de ciertos asuntos, como suele decirse. A lo mejor tendría suerte si fuera profesor de baile o propietario de un restaurante o director de cine, o tuviera cualquier otra profesión relacionada con la diversión de la gente, porque soy así, soy uno de esos seres bailoteantes, flotantes, pernivolteantes, frívolos, garbosos, callados, siempre reverenciosos y tiernos, que se sentiría afortunado de ser tabernero, bailarín, director de escena o algo parecido a sastre. Si tengo ocasión de hacer un cumplido, soy feliz. ¿No es revelador? Yo hasta hago reverencias, lo que no es nada común, o cuando solo lo hacen los obsequiosos y los tontos, tan enamorado estoy de ese asunto. Para un trabajo serio de hombre no tengo carácter, ni sentido común ni oído ni vista ni tacto. Es para mí lo más alejado que pudiera haber en el mundo. Quiero enriquecerme, pero solo ha de costarme un guiño de ojos, a lo sumo un perezoso extender la mano. Por lo general la aversión al trabajo no es del todo natural a los hombres, pero a mí me adorna, me va bien, aunque sea un vestido triste el que me sienta tan bien y aunque el corte sea lamentable; por qué no debía decir yo “Me sienta bien”, si todos los ojos ven que no me hace arrugas. ¡La aversión al trabajo! Ya no quiero añadir una palabra más al respecto. Dicho sea de paso, creo siempre que el clima, el aire húmedo del lago, tienen la culpa de que no empiece a trabajar y ahora, agobiado por esta certeza busco empleo en el sur, o en las montañas. Podría dirigir un hotel, o una fábrica, o administrar la caja de un banco pequeño. Un paisaje soleado, despejado, tendría que ser capaz de sacar a la luz talentos que hasta ahora han dormido en mi interior. Tampoco estaría nada mal una tienda de frutas tropicales. En cualquier caso, soy una persona que siempre cree ganar interiormente una barbaridad mediante los cambios externos. Otro clima también originaría otro almuerzo, y eso es quizá lo que me falta. ¿Estaré enfermo? Me faltan tantas cosas, en realidad carezco de todo. ¿Debería ser una persona infeliz? ¿Debería poseer predisposiciones extraordinarias? ¿Será una enfermedad plantearse continuamente tales preguntas? En cualquier caso, no es algo totalmente normal. Hoy he vuelto a llegar al banco diez minutos tarde. Ya no soy capaz de ser puntual, como otros. En realidad yo, Helbling, debería estar completamente solo en el mundo, sin ningún otro ser viviente. Ni sol ni cultura, yo desnudo sobre una roca alta, sin tempestades, ni siquiera una ola, sin agua, sin viento, sin calles, sin bancos, sin dinero, sin tiempo y sin aliento. En cualquier caso, entonces ya no tendría miedo. Sin miedo y sin preguntas, tampoco volvería ya a llegar tarde. Podría tener la idea de que yacía en la cama, durante toda la eternidad. ¡Eso quizá sería lo más delicioso!

(1913)

Robert Walser

Traducción del alemán de Rosa Pilar Blanco

Juerga electoral

Dead Hero – Ladrones

Chroma – Incuestionables

Antídoto – Romper España

Penadas por la ley – Poder de cerdos

Liposo + pá tu jeto – Politicastros

Decibelios – Piara Indecente

Maniática – Elecciones rosa

ManoloKabezabolo – Vota idiota

Drogas Guais – Baila al son del PSOE

Brigada del Vizio – Políticos de mierda

RIP – Antipolítica

Reincidentes – Vota Nadie

Herejía – Abstencionismo

Ardatxo – Abstención

Aleboziia – Abstencionismo

Terror y miseria – Voto Nulo

Epidemia Sin Rumbo – Abstención

Macarrada – Error genético

Ysteria – No votes

Pipe Díaz – No votes, ¡lucha!

Mentenguerra – Nuestros sueños no caben en sus urnas

Eskorbuto – Ya no quedan más cojones, Eskorbuto a las elecciones

Eskorbuto – Es un crimen

La Polla Records – Odio a los partidos

La Polla Records – El congreso de ratones

La Polla Records – El Alcalde

Banda Jachís – No llenas del todo

G.P. – Farsa electoral

Agua Bendita – Vótame

La Pestilencia – Vote por mí

Parásitos – Cerdos del gobierno

HHH – Vota

Banda Trapera del Río – Padre Nuestro

Desastre – Se abre la veda

Barricada – Sabes hablar bien

A Palo Seko – me kago en los populares

A Palo Seko – P.P. Pinocho

Envidia Kotxina – Karta a un presidente

El Coleta con Mueveloreina – Camaradas Cañeros

El Coleta con Jarfaiter – Antitodo 4life

Anarkotics – Cambio de disfraz

Anti-dogmatikss – Políticos

Subterranean kids – Víctimas

Ruído de Rabia – Partidos políticos

BAP!! – Palabras de engaño

Speed – El parlamento es un FC

Último gobierno – Basta ya


Maketa de Último Gobierno


Joderlo todo

La solución no es marginarse, sino joderlo todo. La mayoría de las mujeres ya están marginadas; de hecho, nunca estuvieron integradas. Marginarse significaría dar el control a los pocos que no se marginarán; sería hacer exactamente lo que los dirigentes del Sistema quieren; sería hacerle el juego al enemigo; reforzaría el sistema en vez de minarlo, ya que este se basa por completo en la no-participación, la pasividad, la apatía y la no implicación de la masa formada por las mujeres.

Valerie Solanas

El 23 de febrero y el 7 de marzo de 1983, un grupo de mujeres armado e ilegal llamado Rote Zora, prenden fuego al coche del ginecólogo Hans Joachim Lindemann, médico jefe del hospital Elisabeth de Hamburgo y destacado por practicar más de 700 esterilizaciones forzadas en todo el continente americano. El 8 de marzo de 1983, hacen arder el coche del traficante de mujeres Heinz Kirschner en Colonia y hacen estallar un explosivo en la embajada filipina en Bonn por el comercio con mujeres asiáticas. El 13 de abril de 1985, y como contribución al congreso ‘Mujeres contra la tecnología genética y reproductiva’, colocan un explosivo en el Parque Tecnológico de Heildelberg antes de su inauguración. El 5 de agosto de 1986, entran en el Instituto de Genética Humana de Münster para destruir, por medio del fuego, la mayor cantidad de archivos. Los días 21 de junio y 15 de agosto de 1987, y en solidaridad con la huelga de mujeres de la fábrica textil Flair Fashion en Corea del Sur, estallan bombas en las sedes de la empresa Adler en Haibach, Halstenbeck, Bremen, Oldenburg, Isernhagen, Kassel, Holzwickede, Neuss, Frankfurt y Aachen.

El 22 de noviembre de 1982, el colectivo de acción Wimmin’s Fire Brigade, asumía la responsabilidad de los cócteles molotov arrojados contra tres tiendas de la Red Hot Video  en Vancouver, franquicia especializada en la distribución de cintas con violaciones, torturas y humillaciones a mujeres. Después de un año, solo quedaba una de las 13 tiendas que habían proliferado antes del ataque incendiario.

El 1 de mayo de 1979, Action Directe, hizo irrupción en el paisaje francés con el ametrallamiento de la sede parisina del Consejo Nacional de la Patronal de Francia. La madrugada del 17 de noviembre de 1986 en el Bulevard Edgar-Quinet en París, Nathali Ménigon y Joëlle Aubron, a cara descubierta, tirotearon a Georges Besse, presidente director general desde 1985 de la empresa Regie Renault y responsable del despido de 21.000 trabajadorxs.

El 8 de marzo de 1976, el periódico local Seatle Post-Intelligence recibía en su redacción una bala de la misma pistola usada en el robo al Pacific National Bank of Washington en Tukwila e iniciado por Rita ‘Bo’ Brown vestida de hombre al extender una nota al cajero del banco que decía: ‘Esto es un atraco, tengo un arma. La Brigada George Jackson’.

A finales de los años 60 y coincidiendo con los profundos cambios en las sociedades occidentales posteriores a las movilizaciones feministas, los países industrializados comenzaron a enfrentarse a un movimiento crítico que reanudó la acción política organizada violenta con una altísima presencia de mujeres dentro de estas organizaciones revolucionarias clandestinas. Esta violencia, y ‘emancipación excesiva’ de las mujeres, siempre ha desorientado al patriarcado que, en primer lugar, consiste en la falsa división de las personas en dos categorías rígidas (hombre y mujer) que se afirman como naturales y morales e intenta destruir, social y físicamente mediante la violencia y la exclusión, a cualquiera que no encaje en sus roles o rechace este binarismo de género. El patriarcado coloca al hombre en una posición de poder y a la mujer en una posición sumisa, por lo que, otorga exclusivamente a los hombres la habilidad y el derecho al uso de la violencia. Considerando esta dicotomía tradicional femenino-masculino y la ideología esencialista que exige pensar a las mujeres como hechas para dar la vida y no para quitarla, las mujeres y las personas transgénero, receptoras primarias de la violencia dentro de la sociedad patriarcal, debemos defendernos pacíficamente frente a la opresión, lo que quiere decir teniendo en cuenta las realidades de la gente, ‘poner la otra mejilla’, ‘sufrir pacientemente la injusticia’, ‘dignificar el sufrimiento’, ‘feminizar la pasividad’, ser víctimas. Por tanto, la masculinización de la violencia (con su relación con la no-violencia), además de implicar una posición de privilegio (porque ignora que la violencia ya está aquí) y de fundamentarse en un olvido histórico, es sexista y, en su propósito de cambio, no aspira ni a la revolución ni a la aniquilación del estado ni del trabajo ni de las fronteras ni de todas aquellas estructuras necesarias a la existencia de la dominación. Porque, evidentemente, la lucha por la liberación completa, y no por una determinada reforma, supondrá el uso de una diversidad de tácticas (incluida la autodefensa y el contraataque) que se deberían de escoger en función de la situación particular y no a partir de un código moral preconcebido que destruye toda forma de conciencia autónoma expresada y que otorga al estado el derecho de determinar cuáles son los límites permitidos de la protesta.

Tratar lo real con honestidad siempre supone ejercer una violencia, hacia uno mismo y hacia lo existente, porque implica dejarse atravesar cuerpo y mente y porque supone entrar en escena para tomar posición y violentar. La radicalización de las prácticas militantes de las mujeres es una doble transgresión porque infringe la ley y la división sexual del trabajo. Combate la construcción social de la desigualdad de sexos y el monopolio simbólico de los hombres.

Rote Zora: La categorización de la resistencia en legal e ilegal no es nuestra, solo denomina lo que la clase dominante está dispuesta a permitir. Para nosotras está claro que la lucha de las mujeres no puede renunciar a la organización de la subversión y la contra-violencia pero la mayoría de nosotras tenemos dificultades a la hora de confrontar de manera directa y violenta -a nivel psíquico y físico- al enemigo. Las mujeres tienden a evitar una confrontación abierta con el Poder y la violencia, se quedan en el exilio mientras pueden. Una técnica de supervivencia, pero también una actitud victimista. Esta actitud de víctima lleva a sustraerse de la responsabilidad de la situación social y a convertirse en cómplice. La internalización del ser mujer como forma más eficaz de asegurar el poder masculino se lleva a cabo mediante mecanismos muy sutiles, como impedir el desarrollo de la autoestima a través de la educación, la moral y el amor, que determinan las normas y obligan a la asimilación. El poder se asegura mejor a través de mecanismos encubiertos, para que las mujeres se identifiquen con él sin la aplicación de la violencia explícita. Así se adaptan y sostienen su rol social. Así la situación de la mujer lleva más bien a la anulación de su identidad y a la autodestrucción que a la lucha contra su opresión. A las mujeres se las adiestra para sentirse cómodas con la impotencia y para disimular la destrucción psicológica que este sistema causa a su emocionalidad. La compasión hacia los oprimidos por parte de éstas se ha desarrollado fuertemente, lo que no se ha desarrollado es el odio hacia los opresores, los enemigos. El odio tiene que ver con la destrucción, y la destrucción les da miedo porque plantea una amenaza real para la clase dominante.

Ann Hansen y Juliet Belmas (Wimmin’s Fire Brigade y Direct Action): Durante siglos las autoridades han reaccionado violentamente contra todas las mujeres que les plantan cara; antes nos solían tildar de ‘brujas’ y nos quemaban, ahora nos etiquetan como ‘terroristas’ y así intentarán sepultarnos bajo sus lápidas de cemento. Durante muchos siglos y en la mayor parte de las sociedades el patriarcado nos ha separado a hermanas y hermanos. Las instituciones sociales han atrofiado y mutilado el potencial humano de las mujeres por retomar el control de sus propias vidas, mientras convertían a nuestros hermanos en nuestros gobernantes y violadores. A lo largo de sus vidas se ha privado a las mujeres de desarrollar las consideradas ‘cualidades masculinas’ de fortaleza, agresividad, poder, razón e intelecto; mientras tanto, los hombres nos enseñaban a despreciar las llamadas ‘cualidades femeninas’ de sensibilidad, espiritualidad, sensualidad y emotividad. No hay ninguna razón biológica por la que las ‘cualidades masculinas y femeninas’ no puedan vivir armónicamente en el mismo cuerpo. Pero a pesar de esto, la socialización patriarcal ha destrozado nuestros ricos y complejos seres por completo, dejándonos un patético disfraz de mujeres y hombres cuya única función es resultar rentable para el sistema capitalista.

Rote Zora: Cuando experimentamos y logramos cosas que nos hacen más capaces de obrar, cuando abrimos aquellas puertas que están cerradas para nosotras, nos proporciona una fuerza real. Es importante experimentar que las barreras son transgredibles, que ningún límite es tan definitivo que no pueda ser superado, ni el de nuestras capacidades ni el de la viabilidad de nuestros propósitos. La conciencia de que el Capital existe interiorizado en todos los aspectos de la vida y no solo en la producción, genera la necesidad y también la posibilidad de un proceso revolucionario profundo de todas las condiciones de vida. Esto es una oportunidad para nosotras, mujeres, de salir de las estructuras de roles preestablecidas, de actuar en toda la vida social e influir sobre su dirección. Y esto no solo en la imaginación, sino también en la acción y en la forma responsable de actuar. Esto significa el desarrollo de nuestra identidad y potencialidad (inesperadas).

Sylvia Rivera (S.T.A.R.): Estoy encantada de haber estado en los disturbios de Stonewall. Recuerdo que cuando alguien lanzó un cóctel Molotov, pensé: ¡Dios mío, la revolución finalmente está aquí!’ Siempre creí que tendríamos que defendernos. Estaba segura de que nos defenderíamos. Solo que no sabía que iba a ser esa noche. Estoy orgullosa de mí misma por haber estado allí aquella noche. Si me hubiera perdido ese momento, me habría sentido de algún modo dolida porque fue entonces cuando vi como cambiaba el mundo para mí y para mi gente.

Direct Action: La búsqueda de herramientas con las que emprender una guerra contra la sociedad es el elemento central de la lucha. La historia, la teoría, el análisis, la propaganda: todo es vital para la extensión o el aumento de la revuelta. Necesitamos la propagación del caos a todos los niveles de la sociedad, la subversión de nuestros roles e identidades, y la zozobra total de este mundo. El patriarcado no puede ser destruido mediante la integración paulatina de las mujeres dentro de las estructuras del capital y del estado. No puede destruirse a través de obtener un salario para las amas de casa, las agentes de policía, las espiritistas, las mujeres de negocios, o mediante un éxodo separatista. Esas reformas solo reforzarán el control al facilitar su difusión a través de toda la vida social y la colonización de nuestro ser. Cuando más ensanchamos la dominación para incluir a nuevos sujetos, más fuerte hacemos que sean nuestras cadenas.

Rote Zora: Es necesario que las mujeres radicales no les dejen el campo del discurso público a las reformistas, sino que propongan discusiones sobre estrategias revolucionarias y las hagan discutibles. El pacifismo solo vale para las que, en realidad, no quieren abolir el Sistema patriarcal sino ganarse un puesto como mujeres críticas pero conformes con el Sistema.

Juliet Belmas (Wimmin’s Fire Brigade y Direct Action): Tengo la firme creencia de que la acción habla por encima de las palabras, de que hay que desafiar y no intentar convencer y de que el enfado extremo es la verdadera fuerza que hay tras todo cambio social.

Rita ‘Bo’ Brown (Brigada George Jackson): Mi corazón rebosa rabia hacia el sistema capitalista-imperialista que nos atrapa y destruye desde que nacemos. Soy el enfado de la gente cual trueno que sigue a la lluvia que sanará la tierra.

Amor y rabia – Fuego y humo


Bibliografía

Como la no-violencia protege al estado. Peter Gelderloos (Crimental e Ignición): https://edicionescrimental.files.wordpress.com/2014/05/como-la-noviolencia-protege-al-estado2.pdf

La danza de Mili sobre el hielo. Rote Zora (Diaclasa): http://www.feministas.org/IMG/pdf/rote_zora_-_rote_zora.pdf

Cuando la militancia elige tomar las armas: Las mujeres de Action Directe y los medios de comunicación. Fanny Bugnon (Zanzara): https://distribuidorapeligrosidadsocial.files.wordpress.com/2011/11/cuando-la-militancia-elige-tomar-las-armas.pdf

Hacia un transfeminismo insurreccional (Peligrosidad social): https://distribuidorapeligrosidadsocial.files.wordpress.com/2011/11/hacia-un-transfeminismo-insurreccional.pdf

Guerra al patriarcado. Guerra a la tecnología asesina. Declaraciones, ensayos y comunicados de ‘Acción Directa’ y de la ‘Brigada de la Mujeres Incendiarias’ (Imperdible)

Fuego Queer. Historia de la ‘Brigada George Jackson’ y del colectivo gay anticarcelario ‘Hombres contra el sexismo’ Ed Mead y Rita ‘Bo’ Brown [1975-1978] (Imperdible)

Acción Travesti Callejera Revolucionaria. Supervivencia, revuelta y lucha trans antagonista. Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson (Imperdible)