El ministro anarquista

Publicado en Memoria Histórica

garciaoliver01[1]

Juan García Oliver,  anarcosindicalista y Ministro de Justicia bajo el gobierno republicano de Largo Caballero (1936-1937)

Demostraría que ser anarquista y ministro no era incompatible, y que lo que sí resultaba incompatible era ser anarquista y burgués explotador de obreros, como había algunos por el mundo, rivalizando con muchos sedicentes comunistas. Sin dejar de ser anarcosindicalista convencido, partidario del comunismo libertario a realizar por la toma del poder por los sindicatos obreros, o por cualquier otro procedimiento, trataría de dejar constancia firme en la historia de las revoluciones del paso de un anarcosindicalista por un ministerio de Justicia, comúnmente tenido por ministerio de cadenas, rejas y prisiones, pero sin olvidar que también lo es de las fuentes del Derecho y que, a fin de cuentas, todas las altas concepciones del socialismo, sean anarquistas o marxistas, solamente pueden afirmarse por la vía del Derecho”.

[…]

“En el ministerio se esperaban Nebot y Carnero, así como los directores del Registro civil y del Registro de antecedentes penales. Este se me aproximó
para darme cuenta de que dos obuses que habían caído sobre el ministerio habían causado destrozos en el Registro de Antecedentes penales.

–¿Es muy grande el daño causado? –le pregunté.
–Por el momento, es incalculable. Algunos ficheros están totalmente destruidos.
–Pues que no se diga que unos tendrán antecedentes penales y otros no. Destruyan todo el Registro de antecedentes penales. ¡Toda revolución debe
dejar una larga estela de esperanza!

–¿No cree que otro ministro de Justicia puede ordenar la reconstrucción del archivo de antecedentes penales? –me preguntó el jefe del Registro civil.
–Cierto, puede hacerlo. Pero si un decreto ordena la cancelación de los antecedentes penales, ya no sería posible. Uno de mis primeros decretos será
el de cancelación de los antecedentes penales.

La decisión tomada de cancelar los antecedentes penales suponía la obra más insólita de un ministro de Justicia. A la vez, era la obra anarquista más
audaz acometida desde que se habló de anarquía. El anarquismo de los activistas españoles liberaba al movimiento libertario del pequeño sector de beatería anarcoide que en todas partes intentaba ahogar la marcha de los jóvenes del anarcosindicalismo. No importaría cuándo ni cómo terminaría nuestra lucha en España. Dejaríamos profundo impacto en todos los movimientos sindicalistas revolucionarios del mundo, que aman las realidades y las realizaciones tangibles y que hacía tiempo habían superado la beatería ideológica. Con el desarrollo del activismo anarcosindicalista, se aportaba al sindicalismo revolucionario un sentir proletario de reivindicaciones inmediatas en el orden de la justicia social, sin menoscabo de preservar, en todo lo posible y como elemento primordial, el respeto a la dignidad humana, principio de toda cultura y de toda civilización libre.

Salimos del Ministerio ya avanzada la noche. Nos fuimos al hotel. Yo, muy satisfecho. A todo lo largo de la calle Ancha de San Bernardo, así como en las
estrechas calles que la cruzaban, el silencio no era perturbado por las descargas de la quinta columna. De verdad que teníamos un Madrid nuevo. Madrid,
que por su grandeza moral, aun sin gobierno, continuaba siendo la capital de España.

El día siguiente, muy de mañana, nos fuimos al Ministerio. Había que quemar los miles de fichas del Archivo nacional de antecedentes penales, utilizando
todas las estufas del edificio”.

Extractos de “El eco de los pasos“, memorias de Juan García Oliver. Ed. Ruedo Ibérico

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