Sobre la violencia

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De modo demasiado apresurado se descartó el uso, e incluso la reflexión previa en torno a su función, de la violencia por quienes aglutinaron, hace ya más de un año, las muestras del malestar social. Esto, claro está, se produce como consecuencia de una anatemización de cierta forma de violencia, la de carácter directo o subjetivo, en términos de Slavoj Žižek [“Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales.”], que se ha ido construyendo en las democracias liberales durante las últimas décadas. Tal fenómeno ha calado paulatinamente en las mentalidades de manera tal, que sólo donde existe una certeza de haber traspasado el umbral del desastre, como en cierto sentido y al menos parcialmente sucede en Grecia, se contempla como una posibilidad. En paralelo ha venido operando una violencia sistemática y sistémica [Žižek], que en los últimos cinco años se ha agudizado hasta adoptar una fisonomía bélica, propia de un capitalismo de [y que juega con la] catástrofe. Esta violencia de tipo objetivo se ha construido sobre “[…] la hipocresía de aquellos que, combatiendo la violencia subjetiva, hacen uso de una violencia sistémica que genera los propios fenómenos que aborrecen.” [Žižek] En definitiva, tal como se señala, las causas de este impotente passage à l´acte habría que localizarlas en el corazón mismo del capitalismo.


¿Qué respuesta se puede dar, entonces, a la continua agresión sistémica a la que está sometida la población? ¿Existe la posibilidad de una negociación con un sistema anónimo que produce una violencia contra la mayoría? ¿Por qué mantener la violencia subjetiva en el territorio de la exclusión, mientras las consecuencias de la sistémica son cada día más numerosas e intensas, dejando como única salida, al menos aparentemente, su utilización con el fin de conseguir el cese de las hostilidades? Es ciertamente difícil contestar a estas preguntas, teniendo en cuenta que no parece que el camino de la violencia, y de sus consecuencias, tenga una aceptación ni mucho menos mayoritaria. De hecho probablemente, haciendo alusión a las palabras de Orwell, incluso “[…] los radicales invocan la necesidad de un cambio revolucionario como una especie de reclamo supersticioso que al final se alcanzará, pero evitará que el cambio ocurra realmente.” [Žižek]
A pesar de estas afirmaciones existen, sin embargo, razones sólidas para pensar en el uso de ciertas formas de violencia, una vez estamos seguros que no es posible negociar con un sistema que impone con violencia unas condiciones vitales radicalmente injustas.
Max Weber, de acuerdo con Trosky, sostenía que “[…] todo Estado está fundado en la violencia […]” [“La política como vocación”] y que ésta constituye su medio específico. Asimismo afirma que el “Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio [el «territorio» es un elemento distintivo], reclama [con éxito] para sí el monopolio de la violencia física legítima. Lo distintivo de nuestro tiempo es que a todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida en que el Estado lo permite. El Estado es la única fuente del «derecho» a la violencia.” [Weber]. Por tanto en el análisis de Weber, del que conviene recordar que se sintió tan atemorizado como fascinado por la militarización de la sociedad puesta en marcha en Alemania por Bismarck, se desprende la prohibición del uso de la violencia de los individuos contra el Estado, ya que éste se erige como única fuente legitima de administración de la violencia.
De manera análoga Benjamin [“Para una crítica de la violencia”], distingue entre diversos tipos de violencia, entre los que figuran dos que se vinculan al análisis weberiano. Estas son la violencia que funda el derecho [un poder] ―que sugiere podría ser asimilada a otra noción que propone bajo la denominación de violencia mítica― y la violencia que conserva el derecho. El primer caso se sitúa en el momento fundacional de un nuevo régimen, mientras que el segundo alude al entramado de control y disciplina, jurídico-policial, cuya función es la perpetuación del sistema, a riesgo seguro de traicionar los principios que alimentaron el fuego transformador original. ¿Qué sucede, entonces, cuando el Estado ejerce la violencia que conserva el derecho, legitimada históricamente, e irremediablemente se incurre en un abuso de poder? Se podría responder invocando, algo así como, un derecho de la población a la autodefensa. En este punto Benjamin, nos advierte que cualquier intento de fundar un nuevo sistema que adopte el recurso de la violencia que funda el derecho nace condenado, debido a su necesidad de acudir al ejercicio, posteriormente, de la violencia que conserva el derecho. En este sentido, escribe:
“La ley de estas oscilaciones se funda en el hecho de que toda violencia conservadora debilita a la larga indirectamente, mediante la represión de las fuerzas hostiles, la violencia creadora que se halla representada en ella […] Ello dura hasta el momento en el cual nuevas fuerzas, o aquellas antes oprimidas, predominan sobre la violencia que hasta entonces había fundado el derecho y fundan así un nuevo derecho destinado a una nueva decadencia.” [Benjamin]
Ese es, estrictamente, el problema asociado a gran parte de los acontecimientos derivados de los cambios de régimen que salpican la historia y un indicativo de la vía muerta que suponen estas formas de violencia, si lo que se desea es una transformación de carácter emancipadora. Y esto es así, además, por la necesidad que generan este tipo de dinámicas de establecer ciertas formas de autoridad donde se confunden ambos tipos de violencias, como ocurre en el caso de la institución policial, en un poder informe y brutal. Esto es:
“La policía es un poder que funda ―pues la función específica de éste último no es la de promulgar leyes, sino decretos emitidos con fuerza de ley― y es un poder que conserva el derecho, dado que se pone a disposición de aquellos fines […] la policía interviene «por razones de seguridad» en casos innumerables en los que no subsiste una clara situación jurídica cuando no acompaña al ciudadano, como una vejación brutal, sin relación alguna con fines jurídicos, a lo largo de una vida regulada por ordenanzas, o directamente no lo vigila […] su poder es informe así como su presencia es espectral, inaferrable y difusa por doquier, en la vida de los estados civilizados.” [Benjamin]
A pesar de que Benjamin rechazará abiertamente, a diferencia de Weber, las mencionas formas de violencia vinculadas al Estado ―”[…] es reprobable toda violencia mítica, que funda el derecho y que se puede llamar dominante. Y reprobable es también la violencia que conserva el derecho, la violencia administrada, que la sirve.”― y de su aceptación de la oposición por medios no violentos, propone, como repuesta a las otras dos, un tipo de violencia que no funda el derecho sino que lo destruye, que no exige sacrificios,y en cambio los acepta, denominandola violencia divina o pura. Esta es una violencia revolucionaria, difícilmente reconocible como tal y de carácter no intencional. Žižek ha querido ver un ejemplo contemporáneo de la misma en el saqueo e incendio de supermercados del área rica Río de Janeiro, a finales de los años noventa del pasado siglo, por parte de los habitantes de las favelas.
No parece, por tanto, que respecto de la violencia, ante el abuso de poder al que nos vemos sometidos, podamos establecer, según Benjamin, unas condiciones para su uso ya que en el momento en el cual se convierte en medio, irremediablemente entraría en la categoría de la que funda el derecho. La de estirpe divina nunca puede ser instrumento sino enseña y sello de la justicia divina. Pero quizás sí existan otras formas para violentar las estructuras dominantes. Podríamos recordar, en este punto, el llamamiento a la desobediencia civil que Henry D. Thoreau realizara ante los desmanes de la maquinaria gubernamental. Lo expresaba así:
“Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es decir, el derecho a negar su lealtad y a oponerse al gobierno cuando la tiranía o su ineficacia sean desmesurados e insoportables […] Toda máquina experimenta sus propios roces […] Pero cuando resulta que la fricción se convierte en su propio fin, y la opresión y el robo están organizados, yo digo: «hagamos desaparecer la máquina».” [“Desobediencia civil”]
¿Pero cómo propone Thoreau que eliminemos la máquina? Su postura en lo relativo al ¿Qué hacer? la resuelve de modo distinto en diversos momentos. Desde la insumisión fiscal ―asunto éste problemático a día de hoy, cuando se han planteado ciertas iniciativas en este sentido, debido a la falta de segmentación de los impuestos, recordemos que Thoreau se negó a pagar las tasas para sufragar la guerra imperial de los EEUU contra México pero que gustoso pagaba los impuestos para la construcción de caminos― pasando por el quebrantamiento de la ley o, en un momento posterior, apoyando acciones violentas como las del antiesclavista Capitán John Brown, figura ciertamente polémica, en su “Apología del Capitán John Brown.” En cualquier caso, sin la intención de fundar un nuevo régimen, el hecho de oponerse y desobedecer en los diversos modos que propone abre un espectro de posibilidades entre los que se podría incluir, a pesar de Benjamin, las tácticas de boicot y sabotaje. Estos medios han demostrado su eficacia en situaciones como la sudafricana del Apartheid, donde las juventudes de Congreso Nacional Africano [ANC] comenzaron, en la década de los cincuenta del siglo XX, una campaña de sabotajes contra intereses gubernamentales y empresariales, sin que se produjeran daños en persona alguna, que mostró ser más eficaz en la lucha contra este ignominioso sistema que la política pacífica de dicha organización durante las dos décadas anteriores. Lo cierto es que, como muestra de la importancia que podría tener esta táctica, podría señalarse la preocupación que ha llevado al Ministerio del Interior a endurecer, dándole un tratamiento de terrorismo, la legislación contra este tipo de actividad o la campaña de la Policía Nacional, en las redes así llamadas sociales, contra lo que denominan, bajo el nombre genérico de, “vandalismo”, aunque prácticamente todas las imágenes que ofrecen están vinculadas a hechos acaecidos en manifestaciones, con el fin de atraer a delatores de este tipo de comportamiento.
Tendremos, en el futuro inmediato, que estar atentos a las señales de la violencia divina pero valorando otros modos que puedan, al menos, hacer presente la disconformidad con las nuevas condiciones de juego que se tratan de imponer, en el escenario de una dominación global, y la disposición a no contribuir y sabotear, en la medida de lo posible, el despliegue de dichas condiciones. En definitiva, resulta meridianamente clara la legitimidad del uso de ciertos modos de violencia para enfrentarse a la violencia sistémica que nos amenaza.

3 respuestas a “Sobre la violencia

  1. Como distinguia Octavio Alberola, hay que distinguir la violencia contra las personas de la violencia contra las cosas. La primera parece justificable como medio de autodefensa en situaciones muy concretas como en la acción de ayer de rodear el Congreso: la segunda es un medio revolucionario cuando se utiliza para atacar los bienes que objetivizan la injusticia del sistema.

  2. Innegables las conclusiones que el texto de Daniel señala.
    Un comentario a lo expuesto por Agustin Iturralde;
    Considerando que los uniformes y equipo de blindajecorporal policiales indudablemente forman parte de la categoría de “(…)bienes que objetivizan la injusticia del sistema”, coincidirás conmigo en que ejercer la violencia, digamos contra los pantalones y protectores genitales de un antidisturbios con el objetivo de dañar esos objetos y no a la persona que los porta, constituye un claro ejemplo de acción revolucionaria.
    Dejar en pelotas a los miembros de seguridad del estado y quemar sus trapitos y cachivaches sería pues una acción eticamente saludable y, si se actúa de forma cooperativa, muy factible.

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